viernes, 1 de septiembre de 2017

¿Quien quiere una canción?


Foto: F.Anguita
(Nota del autor: hoy me he acordado de ella. Y he buscado el artículo que publiqué en el diario IDEAL el día 09/02/2009. Me impresionó su historia).

Si más de un niñato de los que se burlan de ella se sentasen solo cinco minutos al lado de esta mujer, la mirasen a los ojos y le regalasen un poco de atención, seguro que nunca más volverían a reírse de ella cuando la sorprenden en la calle cantando, aparentemente, sin ton ni son.
Pero aquí no hay apariencias. Francisca, Paquita o 'Paca' como la nombra otra mujer al saludarla en una fría noche de febrero, frente a las Explanadas, es una de esas almas que parecen errantes en la vida, pero en cuya existencia es tremendamente feliz. Porque Francisca ríe continuamente. Y si la risa se le escapa casi a borbotones, el canto se le arranca del corazón en cuanto alguien pasa por su lado. «Yo sé muy bien cantar, niño. Mi padre me hizo para que cantase». Y sin saber leer ni escribir esta mujer entona saetas, una detrás de otra, aunque aún falte mucho para las procesiones.
Pocos hay en Motril que no la conozcan, y muchos la apodan 'la Simona', pero ella se enfada al escuchar ese nombre: «No me gusta, y quien me diga eso le suelto todas las maldiciones... Yo no tengo apodo, esa gente me hace burla».
La burla es, para esta mujer, un puñal que no mata pero que hiere profundamente a fuerza de soportar una puñalada tras otra; muchas en el mismo día. Heridas sumadas a una vida de heridas.
«¿Qué si me he sentido sola?... Síiii, pero yo estoy muy alegre. ¿Quieres otra saeta, niño? ¿Te canto algo? Yo le canto a quien me lo pida».
Francisca mira de frente a quienes se quedan mirándola mientras se pasa casi tres horas sentada frente a las Explanadas. Cae la noche y ella te cuenta la confidencia con una pizca de picardía. «Un día estaba yo aquí cantando y se me paró un señor delante, y después de estar un rato mirándome me soltó: ¡Y no dar yo con una mujer como esta!». Y vuelta a reír al tiempo que un joven que dice venir de El Ejido nos pregunta donde pueden darle una cama para pasar la noche. Paca se pone seria y le habla de Jesús Abandonado. «Estuve comiendo allí cuatro años seguidos. He sufrido mucho, niño».
Y más cante y risas mientras sondea su memoria para escarbar en muchos días, años, en la calle. Llevando sus cantos por las plazas y por las procesiones, su cestillo en la mano, su pelo encrespado, lavándose las manos en las fuentes y el vocerío que desencadena cuando alguien se mete con ella. «¡Mal dolor le de al verdugoooo!», dice. Pero no se está refiriendo a los niñatos que le hacen burla; ella lleva en su interior otro dolor más profundo, un dolor de décadas y la paciencia de ser una mujer que ha sufrido como tantísimas solo por el hecho de serlo.
«Yo a mi madre la quería con locura. Mi madre. Lo mismo que a mis hijos y mis nietos; con la alegría que les da que les lleve palmerillas y jamón york, para mis niños... Y que me digan ¡hola, abuelica!».
Golpes en la cabeza
Se atusa su pelo blanco con mimo y tiento, porque Francisca siempre ha tenido mucho miedo de los golpes en la cabeza. Ella cuenta que una vez sufrió uno terrible y que tuvo que ir a un sitio, quitarse el vestido y los anillos para que la pasasen «por la pantalla». El origen de tanto quebranto está en ese punto, «me decían que tenía 'jaleillos' en la cabeza. Me da mucho miedo que me la toquen, me decían que la tenía hecha 'peazos'. Don Josete me dijo de mandarme pastillas, pero yo le dije ¡aaay, Don Josete, pastillas nooo!».
Paca ha trabajado mucho en su vida. En el campo, con las habichuelas, papas, tomates y almendras; siempre cantando porque su padre la animó a cantar y porque ella asegura que si cantas los demás se divierten en el trabajo, pero si les hablas se distraen. Buena filosofía.
Casó joven, como tantas, y tuvo muchos hijos que le dieron nietos y biznietos. «Mi marido hizo el servicio, habló conmigo y nos casamos. Hizo un cuartillo en el Cerrillo y allí estuvimos hasta que nos dieron el piso», dice bajando la voz.
Hoy, al filo de las ochenta primaveras, Francisca rememora únicamente lo bueno de una vida que se nos antoja insólita y casi increíble. «¡Ahora solo miro por mis hijos!». Y tanto debe ser así porque hasta se emociona al hablar de ellos con esos ojillos pequeños y cansados, pero que transmiten verdades dentro de la aparente irrealidad de su vida. Y de vez en cuando cambia el gesto y reconoce que «nunca hubo un solo día bueno». Ella sabe porqué lo dice. Las arrugas de su rostro y de su cuello hablan cuando ella silencia.
«¿Los hombres? -y pone el gesto serio- el otro día, en la placeta de la rambla había una gente haciendo algo y decían que era para enseñar a que no hay que pegar a las mujeres. «¡Vaya 'roiiiina'!, ¡vaya hombre, si sabré yo lo que son los casamientos!».
Ella canta saetas desde pequeña. A ella una vez vinieron unos médicos y se la llevaron.
«¡Ayayay, de las alas de un mosquito bordó la Virgen su manto. Y lo bordó tan bonito, que lo estrenó el Viernes Santo. En el entierro de Cristoooo!. Yo, niño, canto en 'toas' las procesiones». Y así es.
Ella lo hace a su manera, pero nadie le puede negar ni quitar que lo hace con todo el corazón de quien ha sufrido en la vida y encima tiene entereza como para seguir riendo y ser feliz. Nadie puede negar que, con independencia de su nombre, de su aspecto o de su forma de ser, que sea una persona que también tiene su corazón.
Y vuelta a cantar, esta vez con la 'escalera que sube al madero'. Aún no es Semana Santa. Pero no hace falta que haya penitentes; para ella su vida ha sido una auténtica pasión.
Pero ahora ya es tarde y se acuerda de las palmerillas, de sus nietos. Deja atrás el lugar donde se pasó la tarde sentada. Se marcha, entonces, sonriendo. Y cantando.