miércoles, 26 de julio de 2017

Esta perra vida


Utilizar una frase hecha en el titular, como reclamo para el artículo, no deja de ser una simpleza o un acto de comodidad; pero no quiero que esta reflexión pase de puntillas por las redes sociales, sino que mi público objetivo (me enorgullece que gran parte de mis asiduos sois gente sensible) tenga un argumento más para echarle a la cara a toda esa turba de incultos y animales que aún perviven en este pueblo, en este país.
No obstante, creo que poco voy (vamos) a remover las conciencias de los machos-patrios y de los incultos que eructan a diario su orgullo de ser maltratadores en do mayor. Lo hacen en su casa, con sus familias, y evidentemente lo trasladan al resto de los seres vivos.
Creo que me voy por las ramas.
He levantado mi voz siempre, siempre, por los niños, por los desamparados y por los masacrados. También lo hago, con frecuencia, por los animales.
Pero hoy mi pequeña historia es agri-dulce. Pinky es una preciosa perra que, un buen día, unió su destino al que ahora es su propietario, un alemán de nombre complicado; atento y haciendo lo imposible por hacerse entender. Su situación se ha hecho viral en Facebook, porque desde hace muchos días atiende a la decena de cachorrillos de la camada de la perrita, en plena calle y en las puertas de un supermercado de Motril (Granada). 
Nuestro amigo alemán vigila a diario que los pequeños se alimenten bien, porque aún no están destetados. Pide alguna ayuda para la familia numerosa, aunque ya se muestra ciertamente optimista porque los perritos, a muy buen seguro, van a tener hogar.
Sin embargo, yo decía que la historia era agridulce porque, una vez más, este historión que estamos viendo en la calle dice más de lo que parece ser: hay una fisura cada vez mayor entre nuestra sociedad y el resto de los seres vivos  a los que hemos convertido en vasallos de baja estofa. La perrita mamá, con su silencio y miradas esquivas, nos está diciendo con una claridad meridiana que en este país hace falta algo más que legislación (e incluso un pacto de estado) para acabar con el desprecio ciudadano hacia los animales.
Pinky va a tener suerte, pero esa percepción de "su suerte" enfatiza, precisamente, que hay un 90% (y soy generoso) de situaciones de abandono, muerte, torturas, etc... que son socialmente aceptadas y hasta aplaudidas porque, sinceramente, el cerebro de gran parte de la ciudadanía no da para más. 
Como podéis comprender, un sistema que consiente que se maten a palos a los niños, que consiente que su justicia entregue a menores a padres maltratadores, que las mujeres se tengan que esconder como delincuentes para salvar su vida, que se dejen miles de caballos y yeguas abandonados hasta pudrirse... un sistema que da su beneplácito y bendición a todo esto, ¿como pretendemos que se nos ablande el alma con la historia de Pinky?. 
Siento cierta ternura ante el cuadro perruno que nos está ofreciendo Motril estos días; pero a la vez un temor certero de que, por cada hombre o mujer que cuida de una camada, hay diez machos de pelo en pecho que no dudarían en reventarlos con una escopeta, como si fuesen trofeos de una caseta de feria. Y eso me preocupa mucho, muchísimo.
Estoy convencido de que, alguna vez, los animales (los de verdad, no nosotros) volverán a tomar las riendas de este planeta. Y, de verdad, ojalá que así sea.

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