viernes, 1 de septiembre de 2017

¿Quien quiere una canción?


Foto: F.Anguita
(Nota del autor: hoy me he acordado de ella. Y he buscado el artículo que publiqué en el diario IDEAL el día 09/02/2009. Me impresionó su historia).

Si más de un niñato de los que se burlan de ella se sentasen solo cinco minutos al lado de esta mujer, la mirasen a los ojos y le regalasen un poco de atención, seguro que nunca más volverían a reírse de ella cuando la sorprenden en la calle cantando, aparentemente, sin ton ni son.
Pero aquí no hay apariencias. Francisca, Paquita o 'Paca' como la nombra otra mujer al saludarla en una fría noche de febrero, frente a las Explanadas, es una de esas almas que parecen errantes en la vida, pero en cuya existencia es tremendamente feliz. Porque Francisca ríe continuamente. Y si la risa se le escapa casi a borbotones, el canto se le arranca del corazón en cuanto alguien pasa por su lado. «Yo sé muy bien cantar, niño. Mi padre me hizo para que cantase». Y sin saber leer ni escribir esta mujer entona saetas, una detrás de otra, aunque aún falte mucho para las procesiones.
Pocos hay en Motril que no la conozcan, y muchos la apodan 'la Simona', pero ella se enfada al escuchar ese nombre: «No me gusta, y quien me diga eso le suelto todas las maldiciones... Yo no tengo apodo, esa gente me hace burla».
La burla es, para esta mujer, un puñal que no mata pero que hiere profundamente a fuerza de soportar una puñalada tras otra; muchas en el mismo día. Heridas sumadas a una vida de heridas.
«¿Qué si me he sentido sola?... Síiii, pero yo estoy muy alegre. ¿Quieres otra saeta, niño? ¿Te canto algo? Yo le canto a quien me lo pida».
Francisca mira de frente a quienes se quedan mirándola mientras se pasa casi tres horas sentada frente a las Explanadas. Cae la noche y ella te cuenta la confidencia con una pizca de picardía. «Un día estaba yo aquí cantando y se me paró un señor delante, y después de estar un rato mirándome me soltó: ¡Y no dar yo con una mujer como esta!». Y vuelta a reír al tiempo que un joven que dice venir de El Ejido nos pregunta donde pueden darle una cama para pasar la noche. Paca se pone seria y le habla de Jesús Abandonado. «Estuve comiendo allí cuatro años seguidos. He sufrido mucho, niño».
Y más cante y risas mientras sondea su memoria para escarbar en muchos días, años, en la calle. Llevando sus cantos por las plazas y por las procesiones, su cestillo en la mano, su pelo encrespado, lavándose las manos en las fuentes y el vocerío que desencadena cuando alguien se mete con ella. «¡Mal dolor le de al verdugoooo!», dice. Pero no se está refiriendo a los niñatos que le hacen burla; ella lleva en su interior otro dolor más profundo, un dolor de décadas y la paciencia de ser una mujer que ha sufrido como tantísimas solo por el hecho de serlo.
«Yo a mi madre la quería con locura. Mi madre. Lo mismo que a mis hijos y mis nietos; con la alegría que les da que les lleve palmerillas y jamón york, para mis niños... Y que me digan ¡hola, abuelica!».
Golpes en la cabeza
Se atusa su pelo blanco con mimo y tiento, porque Francisca siempre ha tenido mucho miedo de los golpes en la cabeza. Ella cuenta que una vez sufrió uno terrible y que tuvo que ir a un sitio, quitarse el vestido y los anillos para que la pasasen «por la pantalla». El origen de tanto quebranto está en ese punto, «me decían que tenía 'jaleillos' en la cabeza. Me da mucho miedo que me la toquen, me decían que la tenía hecha 'peazos'. Don Josete me dijo de mandarme pastillas, pero yo le dije ¡aaay, Don Josete, pastillas nooo!».
Paca ha trabajado mucho en su vida. En el campo, con las habichuelas, papas, tomates y almendras; siempre cantando porque su padre la animó a cantar y porque ella asegura que si cantas los demás se divierten en el trabajo, pero si les hablas se distraen. Buena filosofía.
Casó joven, como tantas, y tuvo muchos hijos que le dieron nietos y biznietos. «Mi marido hizo el servicio, habló conmigo y nos casamos. Hizo un cuartillo en el Cerrillo y allí estuvimos hasta que nos dieron el piso», dice bajando la voz.
Hoy, al filo de las ochenta primaveras, Francisca rememora únicamente lo bueno de una vida que se nos antoja insólita y casi increíble. «¡Ahora solo miro por mis hijos!». Y tanto debe ser así porque hasta se emociona al hablar de ellos con esos ojillos pequeños y cansados, pero que transmiten verdades dentro de la aparente irrealidad de su vida. Y de vez en cuando cambia el gesto y reconoce que «nunca hubo un solo día bueno». Ella sabe porqué lo dice. Las arrugas de su rostro y de su cuello hablan cuando ella silencia.
«¿Los hombres? -y pone el gesto serio- el otro día, en la placeta de la rambla había una gente haciendo algo y decían que era para enseñar a que no hay que pegar a las mujeres. «¡Vaya 'roiiiina'!, ¡vaya hombre, si sabré yo lo que son los casamientos!».
Ella canta saetas desde pequeña. A ella una vez vinieron unos médicos y se la llevaron.
«¡Ayayay, de las alas de un mosquito bordó la Virgen su manto. Y lo bordó tan bonito, que lo estrenó el Viernes Santo. En el entierro de Cristoooo!. Yo, niño, canto en 'toas' las procesiones». Y así es.
Ella lo hace a su manera, pero nadie le puede negar ni quitar que lo hace con todo el corazón de quien ha sufrido en la vida y encima tiene entereza como para seguir riendo y ser feliz. Nadie puede negar que, con independencia de su nombre, de su aspecto o de su forma de ser, que sea una persona que también tiene su corazón.
Y vuelta a cantar, esta vez con la 'escalera que sube al madero'. Aún no es Semana Santa. Pero no hace falta que haya penitentes; para ella su vida ha sido una auténtica pasión.
Pero ahora ya es tarde y se acuerda de las palmerillas, de sus nietos. Deja atrás el lugar donde se pasó la tarde sentada. Se marcha, entonces, sonriendo. Y cantando.

miércoles, 26 de julio de 2017

Esta perra vida


Utilizar una frase hecha en el titular, como reclamo para el artículo, no deja de ser una simpleza o un acto de comodidad; pero no quiero que esta reflexión pase de puntillas por las redes sociales, sino que mi público objetivo (me enorgullece que gran parte de mis asiduos sois gente sensible) tenga un argumento más para echarle a la cara a toda esa turba de incultos y animales que aún perviven en este pueblo, en este país.
No obstante, creo que poco voy (vamos) a remover las conciencias de los machos-patrios y de los incultos que eructan a diario su orgullo de ser maltratadores en do mayor. Lo hacen en su casa, con sus familias, y evidentemente lo trasladan al resto de los seres vivos.
Creo que me voy por las ramas.
He levantado mi voz siempre, siempre, por los niños, por los desamparados y por los masacrados. También lo hago, con frecuencia, por los animales.
Pero hoy mi pequeña historia es agri-dulce. Pinky es una preciosa perra que, un buen día, unió su destino al que ahora es su propietario, un alemán de nombre complicado; atento y haciendo lo imposible por hacerse entender. Su situación se ha hecho viral en Facebook, porque desde hace muchos días atiende a la decena de cachorrillos de la camada de la perrita, en plena calle y en las puertas de un supermercado de Motril (Granada). 
Nuestro amigo alemán vigila a diario que los pequeños se alimenten bien, porque aún no están destetados. Pide alguna ayuda para la familia numerosa, aunque ya se muestra ciertamente optimista porque los perritos, a muy buen seguro, van a tener hogar.
Sin embargo, yo decía que la historia era agridulce porque, una vez más, este historión que estamos viendo en la calle dice más de lo que parece ser: hay una fisura cada vez mayor entre nuestra sociedad y el resto de los seres vivos  a los que hemos convertido en vasallos de baja estofa. La perrita mamá, con su silencio y miradas esquivas, nos está diciendo con una claridad meridiana que en este país hace falta algo más que legislación (e incluso un pacto de estado) para acabar con el desprecio ciudadano hacia los animales.
Pinky va a tener suerte, pero esa percepción de "su suerte" enfatiza, precisamente, que hay un 90% (y soy generoso) de situaciones de abandono, muerte, torturas, etc... que son socialmente aceptadas y hasta aplaudidas porque, sinceramente, el cerebro de gran parte de la ciudadanía no da para más. 
Como podéis comprender, un sistema que consiente que se maten a palos a los niños, que consiente que su justicia entregue a menores a padres maltratadores, que las mujeres se tengan que esconder como delincuentes para salvar su vida, que se dejen miles de caballos y yeguas abandonados hasta pudrirse... un sistema que da su beneplácito y bendición a todo esto, ¿como pretendemos que se nos ablande el alma con la historia de Pinky?. 
Siento cierta ternura ante el cuadro perruno que nos está ofreciendo Motril estos días; pero a la vez un temor certero de que, por cada hombre o mujer que cuida de una camada, hay diez machos de pelo en pecho que no dudarían en reventarlos con una escopeta, como si fuesen trofeos de una caseta de feria. Y eso me preocupa mucho, muchísimo.
Estoy convencido de que, alguna vez, los animales (los de verdad, no nosotros) volverán a tomar las riendas de este planeta. Y, de verdad, ojalá que así sea.

lunes, 19 de junio de 2017

Antonio Bueno: a las duras y a las maduras

Foto: ArteantonioBueno Eclepticar (Facebook)
Va siempre con las verdades por delante, incluso en la conversación más trivial. Y eso es muy de agradecer en un escenario social donde raya los oídos la hipocresía más absoluta. Pero como da la casualidad de que (de hipocresía) él está ya más que curado, no sólo no la utiliza jamás, sino que ha preferido siempre ser más claro que el agua hasta en sus momentos más cotidianos.
Ahí es, precisamente, donde luce el don especial que Antonio Bueno tiene hacia los suyos y que los suyos aprecian como un valor añadido a una personalidad hilarante, desbordante y... sobre todo, generosa.
Ya que tiene que ser complicado encajar su vida profesional, en un entorno tan encasillado y caduco, cuando su forma de pensar va dos puntos por delante de la mayoría y cuando, ¡Dios mío!, jalea las conciencias de sus conocidos con pensamientos y valoraciones de la vida real que a los oídos más finos y delicados les provoca una diarrea mental que únicamente podría curarse si, como dice el bueno de Antonio Bueno, cada uno nos dedicásemos a lo nuestro y no metiésemos el hocico en la vida de los demás (deporte local por excelencia).
Yo, como otros muchos que tienen la suerte de conversar con él en el fondo (y muy pocas veces en las formas), creo que necesitamos muchas bocanadas de aire fresco como la que él nos trajo el día en que, definitivamente, echó en ancla en esta tierra tan ingrata que ensalza a los memos y que hace la vista gorda ante quien es capaz de aportar una enorme dosis de originalidad, imaginación y alegría. Esto último se llama "ostracismo", algo que él ha conseguido superar a base de una genialidad intrínseca y tan humilde que jamás ha sido exhibida. Los que lo aprecian, de verdad, lo han hecho por él porque él lo merece.
Esa condición le acarrea no pocos quebraderos de cabeza. Yo diría, más aún, sufrimiento e indignación. Le pierden las causas perdidas y su capacidad de empatizar con los problemas de otros le genera una visible ansiedad. Eso es malo o bueno según se mire. Porque yo, como otros muchos de sus amigos, saben que es una cualidad en vías de extinción y severamente castigada por un pequeño pero consolidado sector del casposerío patrio y local.
Y ahí, precisamente, quería ir yo: en su entorno más personal gravita un fiel grupo de amigos a los que está vinculado desde hace muchos, muchos años. Sus historias coinciden en lo esencial: la naturalidad de las personas, el espíritu artístico en estado puro, la autenticidad y la diversión sin corsés. En una órbita algo más alejada podríamos situar a esa curiosa categoría denominada "happy pandy", que ha querido entender siempre la relación con Antonio como un algo colorista, simpático y superficial que no necesita más afeites que el "ji-ji-ja-ja"... y en esa estrategia se equivocan de plano.
Me consta que a los suyos les ha respondido siempre, en las duras y en las maduras. Y, al mismo tiempo, siempre tiene muy presente quien estuvo cuando tuvo que estar. Al resto les sigue la corriente con educación, pero sin la pasión que le caracteriza.
Su particular prueba de fuego la tuvo al lanzarse al ruedo artístico. Su obra es cómo su propia personalidad: dispar y a la vez única, osada y al mismo tiempo ingenua. Eso sí, valiente como él mismo. Ya me lo decía "a ver, que ya se que no soy Van Gogh...". Ni falta que le hace, porque ya quisiera Van Gogh liar el follón que armó con la inauguración de su primera muestra (la verdad es que no esperábamos menos) y que automáticamente lo puso en el punto de mira del pelotón de fusilamiento del envidioseo local. Aquí, ya se sabe, el que saca la pata está condenado de por vida, si bien tengo la ligera sospecha de que a él, eso, le trae al fresco. ¡Y yo que me alegro!.
El pequeño escaparate de su peluquería ya adelanta, al profano, que ni él es igual ni aquello en lo que trabaja o hace es igual. Pero, afortunadamente, es lo que hay. ¡Y menos mal, porque un simple corte de pelo lleva el añadido de una master class de filosofía existencial clarita y sin dobleces!. Y eso es escandalosamente barato, creo...

viernes, 24 de marzo de 2017

¡Ahora me ves!

¿Quien se anima?
Mi amigo @RojasLahoz, que es un lince, me dijo una vez: “cuando está meando, el hombre es el ser más indefenso del mundo”. Es cierto, sonados crímenes de la historia de la humanidad se han producido en ese momento. De hecho, la reacción natural de un hombre, en plena larga y cálida meada, es la de proteger instantáneamente su miembro, dejando totalmente vulnerable la espalda y el resto del cuerpo. Es el instinto de protección de la especie.
Me vino el asunto a la cabeza durante los dos o tres minutos que pasé deliberando si utilizaba o no los extraños cubículos de la fotografía. No sería por ganas, que las había (y muchas, después de unas cuantas horas de mesas redondas) sino porque me quedé, literalmente, pasmado.
Mi primera reacción fue el sonrojo. Si el autor de tamaña obra mingitoria probó antes las medidas, colocando los meaderos a una altura lógica, he de entender o bien que el hombre “calza” 50 centímetros de rabete o que su altura total no pasa del metro veinte; porque descarto que fuese un niño el que diseñase e instalase los evacuadores masculinos.
Solventado el problema de la altitud, uno piensa que orinando con cierta puntería desde mi altura más o menos normal (1,76) la cosa está resuelta; pero no. Quedaba la cuestión de la pudorosa compostura que uno debe mantener mientras suelta el chorrillo. No es para menos, los urinarios no solo son extrañamente bajos, sino que su moderno diseño los ha dejado desnudos de orejeras “tapa vistas”, con lo que al riesgo de la salpicaduras desde la posición elevada se une el del espectáculo gratuito que me vería obligado a ofrecer al resto de inoportunos usuarios del servicio.
Ciertamente, cuando cualquiera de nosotros utiliza uno de estos adosados, se siente seguro y fuera de miradas de quienes, a lado y lado, hacen exactamente lo mismo. Pero sin protección visual confieso que me entró el pánico escénico y ya imaginaba un hipotético momento en el que, en plena faena, entrasen dos o tres ponentes encorbatados y me pillasen con todo el pantalón abierto, los ojos cerrados y apretados e intentando que no se me cortase la meada por culpa de la vergüenza. Y, encima, luego viene el espinoso asunto de las comparaciones... ¡yaaa!... digáis lo que digáis aunque sea sin querer todo el mundo mira, porque es imposible volverte ciego en un váter público.
No es lo mismo, no. Ponerte en bolas en las duchas, en el gimnasio, en la playa nudista. Eso da igual, pero que te observen (aunque sea de soslayo) meando es como una afrenta a nuestra dignidad. ¿O no?. El último reducto de la intimidad masculina no puede verse mancillado porque a quien diseñó este wc se le antojase más mono poner los urinarios tan bajos y sin al menos unas cortinillas para separalos.
Abrí bien los oídos y al no escuchar pasos en el pasillo pensé en arriesgarme. Total, dos cafés y un zumo darían para un minutillo y recomponerme rápidamente bragueta de cinco botones, cinturón y camisa. ¿Pero y si llegaba alguien corriendo? ¡Ojú!
Me acordé entonces de aquella cámara indiscreta en un urinario público de Madrid, donde metieron un león de verdad y me di cuenta de que mear en público, a pelo, es como un poquillo complicado. También me acordé de que en la feria de Granada tuve que entrar en los servicios de la caseta municipal, en plena madrugada, y me encontré una pared lisa con un canalillo de agua corriendo por abajo (como en los cuarteles) y allí sí que había que mear a pito descubierto y escoltado por otros quince o veinte caños provenientes de barrigas hartas de copas. Pero a esas horas todo daba igual.
Para más colmo, inmerso en un evento repleto de personalidades, me entró el temor de que a mi vera llegase algún concejal de la zona, nos viésemos los dos en tan poca glamurosa acción, y terminase el asunto en un comentario mal gracioso en Facebook. No me fuera a pasar como aquel que meaba, también en un servicio público de Madrid, y se le colocó al lado el mismísimo alcalde Tierno Galván... ¡y le entró en conversación!.
También es cierto que llegué a dudar de mi razonamiento y pensar que aquello eran lavamanos, y que los meaderos estaban en otra sala del moderno edificio. Pero no.
Confieso que, en un arrebato jurídico, me planteé consultar si esto estaría contraviniendo la Ley de Protección de Datos... pero dudo mucho que el aparato masculino entre en la consideración legad de "dato".
Total, que descarté esa especie de hornacinas siderales y entré en uno de los cuartillos aunque dejando la puerta abierta; para que si entrase alguien se diese perfecta cuenta de que uno no tiene por costumbre ir enseñando la minga a diestro y siniestro. ¡Faltaría más!.
Eso sí, lo más cruel de todo esto es que muchos hemos pasado por este lugar y luego nos callamos como zorros y no lo comentamos... o a ver si es que son imaginaciones mías, pero estoy seguro que no. Por eso hice la foto.

¡Ah!. La ristra de inmaculados y porcelánicos mingitorios está en los servicios de la primera planta del Centro de Desarrollo Turístico de Motril (Granada), por si vais, los utilizáis y de camino os ven.

martes, 7 de febrero de 2017

Becas: de la legalidad a la inmoralidad


De antemano, no voy a enumerar la inexplicable e injustificable maraña administrativa que, año tras año, perjudica de manera muy dolorosa a los estudiantes becarios y a sus familias. Si tuviese que relatar una mínima parte de lo que uno lee en las redes sociales, en su inmensa mayoría casos de absoluta indignación y desesperación, necesitaría publicar un memorándum que pondría rojo de vergüenza al Estado Español ante el resto de una Europa que nos aventaja siglos en materia de educación y apoyo a sus ciudadanos.
Pero aquí no. Bien al contrario. En pleno mes de febrero, MEC y Junta de Andalucía, tanto monta monta tanto (cito Andalucía porque es la que a algunos nos ha tocado sufrir, pero esto lo podemos extrapolar a otros muchos territorios, porque lo que están haciendo con Cataluña parece un castigo en toda regla) llevan años envueltos en un peloteo de incompetencias que, en el presente curso, ha alcanzado la categoría de esperpento del que, una vez más (y van mil) solo hay unos claros perjudicados: nuestros hijos.
¿Cómo se puede consentir que a estas alturas de curso aún no se tenga ni la más remota idea de qué va a ocurrir con las becas del presente curso? ¿Son conscientes en el Ministerio y en la Junta qué la inmensa mayoría de las familias solo disponen de ese recurso para que sus hijos puedan cursar estudios superiores? ¿Hasta cuándo van a seguir dando la espalda a la terrible situación económica de cientos, cientos y cientos de hogares andaluces?
La incertidumbre y, lo que es peor, la angustia de miles de familias ante las respuestas ambiguas, las dilaciones y el pamplineo de una administración insensible comienzan a tener el efecto que, parece, quieren nuestros políticos: que a los estudiantes desplazados a las capitales para cursar sus estudios universitarios se les comiencen a acumular los pagos del alquiler y tengan que sacar sus asignaturas sabiendo (y sufriendo) que sus padres o no pueden estirar más los ingresos familiares o carecen totalmente de recursos, a la vez que están manteniendo a sus hijos fuera a base de pedir dinero prestado.
Además, algo que nos hierve el alma es que un privilegiado sector de la población parezca estar negando el derecho de los becarios a solicitar la ayuda estatal-autonómica para estudiar. Esto, que en cualquier parte del mundo civilizado es una condición general del sistema educativo, en España se intenta al máximo que parezca una limosna, una dádiva del papá Estado ante el que hay que aguantarse el tiempo que sea en su demora, en su resolución y en su concesión. No me entra en la cabeza que el Estado y las Comunidades Autónomas nos terminen haciendo creer que la concesión de becas es un acto de caridad condescendiente, cuando lo único cierto es que la carrera universitaria o los estudios en general de un joven no solo le beneficiarán a él, a futuro, sino que revertirán en su propio país, en su comunidad, a la que aportarán su conocimiento, profesión y (¡no lo olviden!) cotización. Con la concesión de las becas, el Estado y las CCAA están realizando una increíble inversión a medio y largo plazo que ahora, por mor de una clase política sin la más mínima empatía social ni capacidad previsora, le están renqueando y escatimando a toda una generación.
Mientras, una legión de familias echan cuentas en febrero y se les coge un nudo en el estómago porque saben que los trescientos, cuatrocientos euros (o lo que sea) que son necesarios cada mes para la manutención, alojamiento y coste elevadísimo (que esa es otra) de los estudios en España, han consumido ya el escaso ahorro del hogar y que a partir de marzo tendrá que pagar el Ángel de la Guarda.  Porque este país es tan gracioso que las becas en general y las más necesarias para las familias sin recursos en particular, se pagan a final de curso. Todo muy, muy legal, sí…. Pero una indecencia como una catedral.
¿A qué os hace gracia?
De las becas para niños con necesidades especiales ni os cuento; los desfases en este último caso son demenciales, las exigencias de documentación poco menos que kafkianas y el asunto roza la inmoralidad más absoluta pese a que, como he dicho antes, tenemos que aguantarnos ya que todo es “legal”, absolutamente “legal”. ¡Faltaría más!. Pero la legalidad, en lo que estamos hablando aquí, no significa necesariamente ni ético, ni moral, ni…. humano.
Hace unos días leí algo desgarrador. Una joven, angustiada, pedía consejo en las redes sociales. Hija de una madre soltera en paro y sin la más mínima posibilidad de seguir pagando el piso en alquiler donde vive, con lo justo y con lo mínimo, para estudiar una carrera fuera de su pueblo, lanzaba una petición de ayuda. Así, con su nombre, dando la cara y a la vez una lección de dignidad que bien deberían aprender quienes gestionan la cosa pública y que no se sonrojan aunque haya padres que estén totalmente desmoralizados, por no decir humillados ante lo que tendrán que decirles a los estudiantes cuando no haya un euro más. No hacía falta ser muy listo para entender que la joven tiene que estar metida entre libros con esa preocupación terrible e injusta sobre sus hombros. ¡Ah!, ¿Qué por ser pobre no tiene derecho a estudiar? Lo reitero, estamos hablando de un DERECHO no de un capricho de las clases normales y corrientes, aquellas que el aparato estatal y autonómico, mal conducido políticamente, están destruyendo desde hace varios años, sin misericordia ni el más mínimo sonrojo. ¿De verdad pretenden situar a este país en cabeza y vanguardia de Europa tratando a los estudiantes como miserables y apesebrados?
Recuerdo algo que leí en mi pueblo. Cuando en los años 60 del siglo XX se anunció la puesta en marcha del Instituto Laboral, los “señoricos” de la zona se levantaron casi en armas y amenazaron con boicotear las nuevas enseñanzas. “Si estos burros analfabetos van al instituto y estudian, ¿quién nos va a labrar los campos a nosotros?”. Pues eso mismo creo yo que se deben estar preguntando el MEC, la Junta y la madre que los mal ampara a los dos.

¿Aburrir?
Lo que no podemos pretender, es que la clase política inepta (totalmente de espaldas al pueblo) que nos gobierna a nivel central y autonómico, bajo distintos signos políticos y con el incomprensible silencio cómplice de toda la oposición en bloque, entienda el temor, la inquietud, el miedo y la impotencia de las familias. Nunca nos van a entender ni a comprender. Quienes no se han visto nunca un solo mes sin un puto duro para pagar lo más elemental de su hogar, de sus vidas, de sus hijos, jamás entenderán que haya familias en este país, en esta Andalucía del “tú y tú y tú” que no haya noche que no se sienten y se pregunten: ¿qué podemos hacer más? Créanme señorías, hay padres que se han llegado a plantear lo que ninguno de ustedes se podrá imaginar jamás para estirar el presupuesto familiar… pero ni imaginar, pero que ni imaginar….
Aburrir a los estudiantes presentes y futuros, a sus familias y a la sociedad en general garantiza la pervivencia de las masas incultas, dóciles y manejables. Verán como los hijos ministros, consejeros, etc, etc.  no tienen el problema que está hirviendo las entrañas de buena parte de la sociedad española y andaluza, que está permanentemente obligada a pasar el día rebanándose los sesos para ver cómo pagar las facturas de los gastos más elementales. Luego van algunos políticos andaluces (sí, quienes están pensando ustedes) y, seguro, que se molestan porque una chirigota del carnaval le cante las cuarenta… tiene suerte de que muchos, muchísimos padres y madres no se tiren a la calle y hagan que todo esto reviente de mala manera. Porque, lo peor, es que todos seguimos creyendo en el sistema, ya que a nuestra generación nos enseñaron a vivir y creer en la democracia, a respetar, a conseguir las cosas por la vía del diálogo y a no tener que tirarnos a la calle para lo más elemental, incluso para reivindicar los derechos más básicos,  lógicos y que debieran llegar por sí solos, sin tener que tirarnos meses peleándonos con el aparato sordo de la burocracia española en general y andaluza, en particular. ¡Qué ilusos somos!

Y, como padres, nos vamos a seguir negando con fuerza y dignidad a que intenten arrebatar a nuestros hijos el futuro que se merecen en un país, en una comunidad autónoma, donde sus padres se han dejado, literalmente, los cuernos trabajando.

domingo, 8 de enero de 2017

Los niños del culo "zuzio"

Foto: Fermín Anguita Pérez. Motril.
Con la esperanza de que varias generaciones de niños encontrasen el futuro que Motril les debía.

(Nota del autor: Todo cuanto aquí se relata es real. La falla ortográfica es intencionada, con la intención de enfatizar el titular, si bien se ha basado en uno de los hechos relatados en el texto. La fotografía es una reproducción de la diapositiva realizada por Fermín Anguita Pérez posiblemente a finales de la década de los 60 ó 70 del pasado siglo).

Esta tarde llueve de manera persistente y al atravesar, con el coche, un charco de la playa de Poniente (que más bien parece una poza) me ha llegado, como una punzada, el reflejo oscuro de otros charcos inmensos y vergonzoso, en los que hoy chapotean los recuerdos de mi niñez.
Pero vamos a los antecedentes. Sigo manteniendo la convicción de que incluso hoy en día Motril no ha sido capaz de borrar de sus genes la miseria y la cuasi esclavitud que arrastraron siglos de monocultivo; es más, nos recreamos en un legado edulcorado, una cruel mentira que ha lastrado, para siempre, la capacidad emprendedora y de generar riqueza de este pueblo; convirtiendo el vasallaje y el servilismo en una de sus señas de identidad, acrecentadas por un déficit cultural que ha subsistido a lo largo del tiempo, para convertirse en un endemismo que incomprensiblemente muchos exhiben orgullosamente.
La caña de azúcar edificó su propia leyenda de soles sobre campos peinados por el aire de levante; de tardes de primavera teñidas de pavesas… pero nos olvidamos de los cientos y cientos de desgraciados cuyos brazos engullían los imparables molinos pre-industriales, las jornadas de trabajo de quince horas diarias, la brutal deforestación de la zona, el reinado secular de una oligarquía cañera que sembró Motril de mansiones a costa de una legión incalculable e inabarcable de esclavos costeros y alpujarreños, dibujando un emporio de señoricos que, incluso en nuestros días, continua pasándole factura a la sociedad local.
El charco refleja las caras ajadas y las manos rajadas por el filo de la navaja verde y tropical. “Modernamente” inventamos los aperos, que eran campos de refugiados donde yacían, apilados, los cuerpos sudorosos y malolientes de los “temporeros” de la caña y sus familias. Motril, hoy, los esconde y los tapa bajo la alfombra de su propia vergüenza; la historia local pasa tan de puntillas por ellos que las nuevas generaciones desconocen la existencia de aquellos lugares que fueron el hogar efímero de miles de infelices. Pero los hubo y muchos, repartidos por la ciudad y los, actualmente, anejos del pueblo matriz. Preferimos crearnos y creernos una imagen idílica y bucólica de lo que no fue más que un escarnio de varios siglos contra las personas humildes.
Recientemente se ha podido ver uno en el barrio de las Angustias, pero una tapia blanca oculta cómo las personas eran tratadas como ganado porcuno. Y eso que ese apero era, poco menos, que un cinco estrellas, comparado con otros recintos que nos dimos mucha prisa en borrar de la faz de nuestra ciudad tropical.
A medida que a mediados del siglo XX iban desapareciendo las remesas de criaturas que venían a ganarse algo, algo, de futuro; los aperos languidecían en su continente, pero no en su contenido. Los desgraciados monderos fueron sustituidos por los chaboleros, que encontraron en esos lugares un pesebre donde arribar con sus familias y edificar allí su hogar. En los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo, de hecho, Motril tuvo el honor de elevar a la categoría de inframundo uno de estos enclaves que, para ironizar en clave humorístico-inhumano, denominó “Aperi-Park”, en los extramuros de la zona portuaria… el mayor icono de la miseria motrileña incluso en los años dorados de la movida nacional. En este pueblo tenemos gracejo suficiente hasta para darle nombre simpático a los escenarios de la vergüenza… hoy, una escondida calle del barrio lo recuerda, con su nombre.
Todos rememoraréis, si manejáis cierta edad, aquellas estampas. El original Laperipar fue uno de los peores escaparates sociales que ha lucido este pueblo. Medio derruido e invadido por un lodazal infecto, cubierto permanentemente de agua sucia y sin ningún tipo de saneamiento, se convirtió en el habitáculo de varias familias sin ningún tipo de recursos. Por aquellos años, y hasta bien entrados los ochenta, la visión de los niños literalmente “comidos de mierda”, en pelota viva y con los pelos estropajosos, metidos en el agua fuese verano o invierno, se convirtió en un auténtico escándalo que merecería, de verdad, que algún cartel o hito recordase in-situ (las paredes de Laperipar aún siguen en pie, anunciando una promoción inmobiliaria que nunca llegó), que aquel enclave fue el mejor ejemplo de que esta ciudad siempre coqueteó a lo bestia con la miseria, la consintió y a sus protagonistas los terminó tratando como chusma…
¡Qué pena, de verdad!. ¡Qué pena!.
Pero tal vez lo peor no fue la existencia de esa miseria, sino la capacidad de la sociedad local para institucionalizarla, digerirla y asimilarla como un algo normal y hasta turístico. Solo así puede explicarse que, en aquellas Alsinas atestadas de bañistas y que tenían una parada justo delante de Laperipar, la gente se arremolinase en las ventanas para contemplar como los niños del culo “zuzio” (como así canturreaban, con malicia, los gamberretes que disfrutaban viendo esa escena) se revolcaban en los charcos negros como si fueran perros y que, a algunos, les pareciera divertido, sobre todo al público autóctono. Alguna vez escuché decir a un turista que a Motril se le debería caer la cara al suelo por consentir tamaña atrocidad. Yo, os confieso, hubo muchas veces que sentí ganas de llorar. Imaginaos las navidades de aquellos niños.
Siempre hubo un “simpático” y socarrón motrileño que decía que los niños del Puerto eran todos rubios, que aquello debía tener una explicación casi sobrenatural… ¡hay que joderse!.
El hecho de que yo pasase una buena parte de mi infancia y juventud en el cercano barrio de Santa Adela, a diez minutos a pie del puerto y junto a la rambla de las Brujas, me puso bien joven en antecedentes de la pobreza real que afectaba a un centenar largo de familias motrileñas. Fijaos bien, porque a muchos de vosotros os habrán dicho aquello de “¡báñate sin miedo en la rambla, que el agua está calentica. No te pasará nada… ¿es que no has visto a los niños de Laperipar, que nunca se ponen malos?.
Porque, a pocos metros de mi casa y a menos de medio kilómetro de Laperipar, se situaba otra de las bolsas de pobreza de un Motril que ya lucía el campo de golf de Playa Granada como emblema del desarrollo turístico, a pesar de que durante treinta años su acceso fue un camino de cabras. Se ubicaba donde hoy existe el campo de deportes de Santa Adela y a los críos que vivían en las chabolas les llamaban “choceros”. Los “choceros” siempre estaban alegres; muchos de esos niños se mostraban siempre totalmente desnudos, con las gurrinas al aire y el culo también zuzio, mientras que las niñas se conformaban con los eternos vestidillos de tirantes, totalmente descoloridos pero tan dignos como aquellas inolvidables y limpias miradas que hacen brillar el alma de las personas pobres. Eran pobres. Pero pobres, pobres, muy pobres.
Allí vivían, en condiciones que seguramente pensaríais que me las estoy inventando si os las contase, familias de la mar. Gente trabajadora, pero tan humilde que no tenían ni para comer. Gente que tuvo que lidiar con el horror de vivir madrugadas de invierno en el que un mar tenebroso y embravecido avanzaba cien o doscientos metros y se metía literalmente bajo los camastros. Ese espanto aparece muy bien reflejado en el relato del autor Joaquín Pérez Prados (Dos huelgas para el recuerdo), publicado en 1990 con motivo del XXV aniversario del instituto Julio Rodríguez de Motril. Contaba el autor, con un conmovedor preciosismo, como los bachilleres motrileños protagonizaron una sonada huelga estudiantil para protestar por las condiciones denigrantes de los chabolistas, que esperaban unas viviendas sociales que se eternizaban año tras año. Motril sí se reveló, pero a través de sus jóvenes; aunque las viviendas no conseguirían erradicar la totalidad de la miseria que hubo de esperar una década muy larga más...
Y así, los ochenta trajeron consigo la desaparición física –solo física- del chabolismo en Motril. No voy a entrar en los resultados de la solución que se dio a ello (y que merecería un debate social), pero sí en que nunca más volví a ver a los críos en cueros retozando por los charcos pestosos, con las mocarreras verdes llegándoles hasta la boca, las caritas negras de churretes y encastrados de piojos; pero no me quiero engañar, porque insisto en que llevamos la miseria prendida en nuestra propia historia y alguna vez el futuro nos pedirá explicaciones sobre la indolencia que es la verdadera, la auténtica y la inimitable “denominación de origen” de este pueblo. Y al que le de coraje que se fastidie.