miércoles, 17 de junio de 2015

Se fueron sin hacer ruido

Foto: Sandra Barrionuevo
Hace un par de años; un conocido -a punto de jubilarse- se negó amablemente a aparecer en un reportaje que consagraría su viejo negocio, a punto de extinguirse, en los anales de la intra-historia local. Su justificación fue tan simple como graciosa y elocuente: “a mi es que no me gusta salir en los periódicos”... y lo dijo con la rotundidad de quien está tan acostumbrado a aparecer en prensa que ya manifiesta un evidente hastío de ella. Pero no, el hombre es de esos millones cuyo nombre y obras no es conocido más allá de su entorno familiar o del bloque de pisos donde ha vivido siempre y, desde luego, jamás había aparecido ni aparecerá en ningún medio de provincias..
Es una persona del montón, de ese montón del que forman parte millones de ciudadanos anónimos.
Por otro lado, es demoledor comprobar que si a la existencia real unimos la existencia digital, se comprueba con cierto horror el hecho de que quienes no aparecen en el buscador de Google -aunque solo sea por una multa de tráfico vencida y publicada en el BOP-, simplemente parecen no haber dejado huella en este mundo. 
Triste, pero cierto.

A quienes navegamos, a diario, en medio de la cosa pública (entendida esta como trabajo en el ámbito de la comunicación) nos resulta de lo más normal ese protagonismo desmedido de muchos personajes que, en muchos casos, no atesoran más virtudes que las derivadas de un puesto o responsabilidad efímera. Pero, al margen de ellos y en paralelo a ellos, la vida sigue.
Recuerdo, en cierta ocasión, como a mi propio suegro le recogieron sus impresiones sobre su barrio para el periódico Ideal de Granada. Fue la única vez en su vida que su nombre aparecería publicado en un medio y gracias a la cual él tendría ese mal llamado “minuto de gloria” que, siempre, hemos dicho que todos los ciudadanos deberían tener.
Un solo minuto de gloria después de una vida entera construyendo, a destajo, el futuro de los suyos.

Pero, comentada con gracia la anécdota en familia, rápidamente me cuestioné muy en serio la frugalidad del hecho y me pregunté el ¿por qué? Las personas sencillas y honestas, aquellas que han sido capaces de dedicar su vida a sacar adelante una familia y a hacer posible un auténtico proyecto de vida de los suyos, a trabajar más allá de los límites naturales para que se cumplan los sueños de sus hijos, a querer sin más contraprestación que el cariño y el abrazo... a rubricar con la historia anónima el compromiso de la dignidad humana... ¿por qué su recuerdo y su constancia pasan de puntillas a la posteridad?.
Sería pura demagogia reivindicar el protagonismo mediático de millones de españolitos que, simplemente, aprobaron con sobresaliente la asignatura de la vida; pero que se quedaron sin aparecer en la orla de fin de promoción. No voy por ahí, sino más bien por romper una lanza y estrellarla contra la falsa escala de valores que preside nuestra percepción de la gente guapa, reconocida y pública. Enseñar, quizá, que el mejor de los méritos posibles es pasar por este mundo sin hacer ruido. Aquellos que hacen demasiado son como las grandes carcasas de los fuegos artificiales; los que cumplen con el destino en silencio son como un débil suspiro que se cuela dentro de quienes los rodean... a estos nunca les reservarán los primeros asientos en nada, ni les invitarán a grandes eventos o recepciones.
A diario veo muchos de esos “que no quieren salir en los periódicos”. Trabajando en el taller, repartiendo, dando clase, en la obra, vendiendo, barriendo en la calle, en el despacho... al término de sus días no habrán dado jamás ni un titular y ni siquiera un breve de página cuatro; pero su legado personal habrá servido para ejemplarizar a una sociedad que, si no se ha venido abajo ya, es precisamente por la existencia de personas como ellas en todas las épocas posibles y más en un mundo en el que, como el actual, solo premia a quienes no han hecho absolutamente nada.
Seguro que tú, amigo o amiga, estás reconociendo a tu propio padre; a tu hermano, a un familiar que murió hace años o a tu vecino. Esos mismos que comentan, se sorprenden o incluso se alegran o alegraron cuando leyeron en algún deportivo la proeza de algún futbolista, sin darse cuenta que el mérito de que nuestra actual generación esté donde está lo tienen precisamente ellos, porque nos dieron educación, comida y... sobre todo, mucho cariño. Ellos fueron y serán nuestros héroes cercanos.
Y si por un lado me entristece saber que es difícil, muy difícil, inculcarle esto a nuestros propios hijos, me consuela saber que a estos les llegará el momento en que lo comprenderán.


P.D. - Dedicado a todos vuestros seres anónimos que os dieron la llave de vuestra propia dignidad.