martes, 17 de febrero de 2015

Una buena ración de excusas

No es un atractivo turístico
Nadie lo reconoce, pero todos lo hemos pensado. El pobre de la puerta nos estropea la foto. Hay un pobre en la escalerilla de todas las iglesias y catedrales.
El de la imagen no os diré quien es (aunque, por estos lares, bien sabréis muchos donde está captada esta fotografía). No se trata de quien, sino de quienes. No se trata del lugar concreto, sino de todos los sitios a la vez.
Bajad la cámara cuando intentéis abarcar con ella una portada barroca o neoclásica. Quitaros de la cabeza el atroz deseo de que el pobre se quite de enmedio para no desbarataros la panorámica. Dejadlo y pensad, por un solo minuto, que quien pide es la puerta pudiera ser tu propio padre o cualquier otro ser querido.
Claro, rápidamente nos consuela el comentario del entendido de turno en asuntos sociales: "¡Sí, ese tío tiene una buena paga, pero le gusta pedir!". Nos lo creemos y seguimos mirando cornisas y columnas con la conciencia bien armada y feliz. La mentira nos encaja como anillo al dedo de nuestra manera de desentendernos y pasar de todo cuanto no sea fútbol, política, procesiones, chirigotas y cerveza; todo eso sí nos emociona y nos constriñe el alma: lloramos enternecidos al ver como se besan dos descerebrados en Gran Hermano. Nos emociona Ronaldo cantando en un cumpleaños de imbéciles y nos sobre el cerebro, durante dos días, la operación de cirugía estética de Uma Thurman; pero los pobres estos que piden con el vasillo nos la -como dice un buen amigo mío- "refunfanfimfla". 
Un día vi al hombre llorando en esa misma puerta. Llovía como si fuese el último día del mundo mundial. Otro día ríe. En ocasiones no dice nada. Pide a unos y otros. Cada pobre tiene su forma de pedir, su marketing y estrategia comercial. Hay también competencia de pobres y pequeños dominios de pobres en espacios urbanos... Esto lo decimos, lo pensamos y nos relativiza interiormente el problema. 
Pero, volved a pensarlo: imaginaos a vuestro propio padre así. 
De verdad, de verdad, pero de verdad: ¿No os da vergüenza que tengan que estar estas criaturas tan mayores pidiendo limosna en lo más visible de nuestras ciudades?. De verdad, pero de verdad: ¿No hay nadie que pueda hacer algo?. 
Claro, claro... el "tiillo" seguro que tiene una paga, que no tiene la cabeza 'buena', que tal y tal...
Yo lo siento, pero mi conciencia no está tranquila y además me siento profundamente dolido cada vez que veo un viejecico o una viejecica tienen que andar limosneando en las calles, como si llevaran un estigma pegado en la frente. 
Hace muchos años, cuando tenía la edad de mi hijo mayor, llevé a una abuelilla a un bar para que comiera algo caliente. Andaba la pobre sin saber ni en que mundo vivía, pero como los sentimientos no entienden de nada más que de sentimientos, me regaló un pedazo de sonrisa de tal calibre que pensé que me había sucedido algo maravilloso. Me cambió un bocadillo por una lección de amor. 
No voy a recrearme en la demagogia de la limosna como remedio de nuestra conciencia. Sería, además, imposible ir dejando una moneda en todos los vasillos de Granada (¡huy, perdón, se me ha escapado el sitio); esas personas, además de pobres, están solas y contra la soledad no valen las monedas, sino una sonrisa, unas palabras... Pero a mi me da que se os (nos) ha olvidado lo que es eso.