viernes, 30 de enero de 2015

En el alma solo tengo soledad

A "ella" pude fotografiarla, pero no quise hacerlo.
El ruido de la capital es un rugido de fondo sordo y anestésico. Te desplazas ajeno a ti mismo y, por un extraño resorte, es inevitable que te mimetices con en montón del gentes extrañas que se mueven en una marea de inercia más sorda aún. De personas que cruzan rápido los pasos de peatones, con la vista fija en sí mismos y todos a la vez creyendo que el resto del mundo es como un masa amorfa, vulgar e incluso infame que no nos interesa lo más mínimo.
Y en esa multitud que corre por los pasillos del metro se cruzan vidas preciosas y también cretinas; sueños y pequeñas tragedias; pero esa ciudad sin límite nos inmuniza para que las emociones no traicionen nuestra propia existencia que, a la vez, también es vulgar y anodina para quienes cruzan con nosotros -muy accidentalmente- una fugaz mirada, más bien un vistazo despechado e incómodo... puede que sucio.
Intentadlo. Buscad intencionadamente que se os cruce una mirada y esta se detenga en vuestros ojos al menos dos segundos. Todos te esquivan y tu esquivas a todos en este Madrid cuya soledad, incomprensiblemente, enamora y engancha.
Se te dan un empujón inevitable... te molesta. Si alguien te pregunta, más molesta. Si cualquiera sale a tu paso e intenta venderte algo, te encabrita. Si el viejecillo pide en la puerta del Bingo ni siquiera molesta, ya que nuestra conciencia nos ha enseñado a ver y entender las miserias en medio de la multitud como menos miseria, como menos responsabilidad alicuota nuestra (Hay más conciencias a repartirse este drama moral urbano... tocamos a menos cargo de 'idem').
Siento que Madrid me traiciona los principios y emborracha el sentido común de todos y de mí mismo.
Y he ahí que también me vuelvo masa, montón y autómata con la vista perdida a solo 10 centímetros de mis ojos y sin más horizonte que el Whatsapp.
En la estación de Tribunal la masa ya es hora furibunda en su propia hosquedad. Dos jóvenes se besan en las equina perdida de la indiferencia colectiva; antes, al menos, alguien sonreía a la vista del amor de los demás. Otro joven, pegado al móvil, estampa una carcajada en el encefalograma plano de todos los pasajeros del vagón, que casi reciben esta reacción natural y humana como si se tratase de un insulto a los alienados espectadores (para eso sí miraron, para el reproche sí...). No ha lugar a expresiones emocionadas en este escenario de fantasmas recauchutados.
Sube un tipo malvestido y por primera vez observo miradas de interés... el interés de comprobar que el prejuicio es compartido por una cómplice puesta en común de sentimientos de reproche: lo miran como si advirtieran en él una amenaza terrorista.
Y en tal apretadero, tampoco hay espacio ni para un simple "perdona", "¿me permite?"... aquí molesta todo y no digamos si una persona tose o estornuda. Sacrilegio.
El enjambre humano que ni siquiera emite zumbido nos va integrando y unificando a todos en una especie de Babel mudo, en el que el único lenguaje posible es el de la indiferencia.

Ni siquiera el siempre milagroso efecto dulcificador de una canción es capaz de romper el sortilegio del egoísmo cómplice de la multitud de viajeros urbanos.

Se subió en la estación de Nuevos Ministerios y, con una más que sufrida y cotizada habilidad, instaló su carrito del altavoz y comenzó a cantar. Todo ocurrió en décimas de segundo. Y su voz sonó a textura de una mano acariciando un tapiz de terciopelo. Y la canción tenía doble mensaje, porque entre líneas la letra hablaba de una resignación que se gritaba sin estridencia y en notas igualmente dulces e inalterables ante la bochornosa desatención de los viajeros.
De repente comprobé que todas las miradas la esquivaron y se volvieron hacia los ventanales ciegos, hacia la nada absurda de nuestra cómoda manera de ver la vida sin ver la de los demás. 

Todo se me antojó vacío y despreciable.

Pero, en el cenit de su dignidad, ella los miraba a todos con la sinceridad de quien convierte su espíritu de artista sobreviviente en una extraordinaria capacidad de emocionar al mundo. Pero aquel mundo no estaba hoy por más labor que reflejarse en la pantalla de los móviles.
La mujer, de unos treinta y tantos, abrigada hasta el extremo, emergía como un maravilloso sol de invierno en un páramo helado, yermo y desagradecido.
Me fijé en sus rasgos. Un sueño de mujer, de evocadores ojos y labios abiertos a la nostalgia. Cantaba y cantaba buscando a la vez una complicidad que se desvanecía  en un nada más vacía que un pozo oscuro. No había nada que interesase más a los pasajeros que las prisas por bajar en la próxima.
La sentí única e incomprensiblemente despreciada, ignorada y débil. Dos personas le dejaron unas monedas antes de apearse en el subsuelo de Gran Vía y fue entonces cuando escuché las dos únicas "gracias" al cabo de cuatro días de estancia en el Madrid de mis entretelas.

Recordé entonces que, el día de antes, unos músicos en la calle Preciados atraían -como un imán- a un público ajeno al arte y al verdadero valor de su trabajo; un público, eso sí, entregado al espectáculo callejero-barato que viene muy bien para la fotito del móvil (y ahí me incluyo yo).
Pero el metro no. Un espacio tan reducido parapeta a la gente contra sí misma por un inexplicable miedo a la convivencia espontánea, al simple trato social, al roce, a una pequeña y fugaz conversación,,, siempre damos por sentado que cualquier intento de acercamiento esconde una vis maliciosa.

Y la mujer seguía cantando.

No consigo saber el motivo de que las canciones de los espontáneos del metro (y de los pasillos del metro), sean siempre tan tristes.. que la música te cale los huesos hasta el tuétano y que al mismo tiempo sientas que tu mundo pierde líquido de frenos...

Ella ha sido hoy mi inspiración. O, mejor dicho, mi particular examen de conciencia. Su voz fue hoy el arranque y el motivo de una reflexión contenida en mitad de una prisa sin sentido.
Ya en el andén la iba escuchando cada vez más lejana, hasta que las puertas del metro se cerraron. Pero su último estribillo sí que me llegó:

"En mi alma solo tengo soledad......................"

Creo que en ese instante me di cuenta de que no era ella sola, sino que todos, absolutamente todos, estamos jodidamente solos.