sábado, 5 de diciembre de 2015

Un gatito, tres lametones y una entrevista frustrada... o no



Fotos: F.A.
En pequeños encuentros se resume y condensa buena parte de la realidad que nos rodea. En ellos se refleja cuanto detestamos y a la vez nos sirven para tomar conciencia de que el reloj de la razón humana se detuvo, hace ya mucho tiempo, en la hora de lo incomprensible.
Durante semanas anduve con la intención, casi la tentación, de acercarme al animalillo. Pero sabía a ciencia cierta que de ese pequeño encuentro saldría muy mal parada la sensación que tengo con respecto a mis semejantes.
No se que pudo más, si la piedad, la curiosidad o la ternura. Pero al final me decidí a hacer una de las entrevistas más complicadas que he hecho en mi vida; aún a costa de despertar la burla de quien lea esto sin más sentido que la insolencia. Pero fui. Y no fue difícil simplemente por el dato absurdo de que ni el animal ni yo hablásemos el mismo idioma -eso es solo una cuestión formal-, sino porque tal vez comprendí demasiado bien lo que me contó después de haberme regalado tres o cuatro preciosos lametoncillos-rasposillos de un felino que, seguramente, ha vivido largo tiempo en compañía de humanos.
Lo suyo ha sido una historia de las que las películas americanas de serie B acostumbran a dibujar en momentos navideños. Pero nada de almíbar; para mí era a priori un gatito -o una gatita- que llevaba muchos días y noches viviendo, como si nada, en la calle. Pero no de golfeo gatuno, no, sino acomodado en una cajita de cartón provista de su mantita, del comedero y del recipiente de agua; junto a una transitada fachada donde -alguien me contó- algunas maravillosas manos infantiles habían tenido mucho que ver en la cariñosa instalación y disposición de la casita.
Hay muchos niños con alma.
Así ha estado semanas; sin separarse de su habitáculo, sin salir presa del espanto cada vez que un transeúnte o un perro se detuviesen ante el chalecillo a mirar o a olisquear (respectivamente). Mi primera impresión fue de temor, porque pronto intuí que en esa tesitura un gato manso y adiestrado apenas sobreviviría a la maldad innata de cualquier jovenzuelo sin corazón o de cualquier adulto pijorro de esos temen a las mascotas como si fueran leones. Pero no; a medida que pasaban los días me sorprendía a mí mismo cada mañana contemplando atónito que el gatito -o gatita- dormía en su efímero hogar.
Y precisamente una mañana me decidí a preguntarle de sus cosas; quizá pensando en el reportaje de mi vida... aunque siendo sincero conmigo mismo al reconocer que no hay reportaje perfecto cuando tus sentimientos afloran demasiado y le dan un tono tan subjetivo que desbaratan el propio hecho.
Suponiendo que él o ella se asustaría me mantuve a distancia, hasta que para mi sorpresa el animal salió de su lecho, vino hacia mí con andares juguetones y me dio tres o cuatro pasadas de ese sobeteo tran gracioso que caracteriza a los gatos empáticos.
Cuando me miró lo supe todo. ¡Me miró fijamente!. Hubo antes un hogar de verdad. Hubo cariños y caricias. Hubo paz. No pude evitar desde el principio el sentir la evidencia de ese paralelismo con la realidad al que aludía al principio. Un hogar de verdad, después la calle, luego la necesidad de la caridad ajena... la necesidad de que alguien te mire a los ojos y que no te haga sentir terrible y despiadadamente solo que expresan tus ojos.......¡ufffff!.
Nunca antes un gatito se me había acercado así, brindándome el gesto de su propia confianza en la bondad de un extraño que perfectamente podía haber ido con intenciones maliciosas (abundantes, por cierto, en este pueblo al que a muchos de sus vecinos les falta un hervor en su capacidad de amar a los seres vivos). Me senté el el suelo y me dejé querer mientras que quien un día fue mascota restregaba una y otra vez su cabecilla contra la palma de mi mano, buscando esas irresistibles cosquillas que necesitan todos los gatos como si fuera aire para respirar.
Seguramente le dije muchas de esas tonterías con voz aniñada que solemos gritar en tono bajo, casi inconscientemente, a nuestros animales de compañía. Pero al mismo tiempo fue como si una pequeña magia se extendiese entre ambos como un intento feliz de la propia naturaleza por tender puentes invisibles entre los mal llamados seres superiores y los inferiores.
Durante días vi su foto en las redes sociales. Y he de confesar que llegó un momento en que no quise indagar más sobre su historia, sino que quise construir mi historia con una gatita (o gatito) que me robó un suspirillo del alma. Le dieron por saco a la entrevista, porque lo que ambos nos contamos quedará en, eso, entre ambos.
Hace dos días, cuando amanecía y la mañana era húmeda de narices pasé con el coche junto a la que había sido el hogar callejero de mi amiguillo (o amiguilla). Pero solo había vacío sobre los adoquines rojos. Confieso que recibí una punzada de preocupación, porque yo hace tiempo que dejé de creer en la bondad de mis semejantes; pero también intento creer -desde hace dos días- en que alguien se ha apiadado de este ser cariñoso que no buscaba sobrevivir, sino que buscaba amorcillos pequeños y caricias estables. Algo que no cuesta dinero, sino bondad... y aunque nadie está sobrada de ello aún mantengo la esperanza de que esto tenga solución en un mundo en el que tiramos a la basura absolutamente todo, hasta la capacidad de amar.


Ojalá el final de esta historia haya sido el principio de una nueva historia para la gatita (o gatito) que tuvo el valor de hacernos mirar a todos en el espejo de nuestra propia indolencia.

miércoles, 17 de junio de 2015

Se fueron sin hacer ruido

Foto: Sandra Barrionuevo
Hace un par de años; un conocido -a punto de jubilarse- se negó amablemente a aparecer en un reportaje que consagraría su viejo negocio, a punto de extinguirse, en los anales de la intra-historia local. Su justificación fue tan simple como graciosa y elocuente: “a mi es que no me gusta salir en los periódicos”... y lo dijo con la rotundidad de quien está tan acostumbrado a aparecer en prensa que ya manifiesta un evidente hastío de ella. Pero no, el hombre es de esos millones cuyo nombre y obras no es conocido más allá de su entorno familiar o del bloque de pisos donde ha vivido siempre y, desde luego, jamás había aparecido ni aparecerá en ningún medio de provincias..
Es una persona del montón, de ese montón del que forman parte millones de ciudadanos anónimos.
Por otro lado, es demoledor comprobar que si a la existencia real unimos la existencia digital, se comprueba con cierto horror el hecho de que quienes no aparecen en el buscador de Google -aunque solo sea por una multa de tráfico vencida y publicada en el BOP-, simplemente parecen no haber dejado huella en este mundo. 
Triste, pero cierto.

A quienes navegamos, a diario, en medio de la cosa pública (entendida esta como trabajo en el ámbito de la comunicación) nos resulta de lo más normal ese protagonismo desmedido de muchos personajes que, en muchos casos, no atesoran más virtudes que las derivadas de un puesto o responsabilidad efímera. Pero, al margen de ellos y en paralelo a ellos, la vida sigue.
Recuerdo, en cierta ocasión, como a mi propio suegro le recogieron sus impresiones sobre su barrio para el periódico Ideal de Granada. Fue la única vez en su vida que su nombre aparecería publicado en un medio y gracias a la cual él tendría ese mal llamado “minuto de gloria” que, siempre, hemos dicho que todos los ciudadanos deberían tener.
Un solo minuto de gloria después de una vida entera construyendo, a destajo, el futuro de los suyos.

Pero, comentada con gracia la anécdota en familia, rápidamente me cuestioné muy en serio la frugalidad del hecho y me pregunté el ¿por qué? Las personas sencillas y honestas, aquellas que han sido capaces de dedicar su vida a sacar adelante una familia y a hacer posible un auténtico proyecto de vida de los suyos, a trabajar más allá de los límites naturales para que se cumplan los sueños de sus hijos, a querer sin más contraprestación que el cariño y el abrazo... a rubricar con la historia anónima el compromiso de la dignidad humana... ¿por qué su recuerdo y su constancia pasan de puntillas a la posteridad?.
Sería pura demagogia reivindicar el protagonismo mediático de millones de españolitos que, simplemente, aprobaron con sobresaliente la asignatura de la vida; pero que se quedaron sin aparecer en la orla de fin de promoción. No voy por ahí, sino más bien por romper una lanza y estrellarla contra la falsa escala de valores que preside nuestra percepción de la gente guapa, reconocida y pública. Enseñar, quizá, que el mejor de los méritos posibles es pasar por este mundo sin hacer ruido. Aquellos que hacen demasiado son como las grandes carcasas de los fuegos artificiales; los que cumplen con el destino en silencio son como un débil suspiro que se cuela dentro de quienes los rodean... a estos nunca les reservarán los primeros asientos en nada, ni les invitarán a grandes eventos o recepciones.
A diario veo muchos de esos “que no quieren salir en los periódicos”. Trabajando en el taller, repartiendo, dando clase, en la obra, vendiendo, barriendo en la calle, en el despacho... al término de sus días no habrán dado jamás ni un titular y ni siquiera un breve de página cuatro; pero su legado personal habrá servido para ejemplarizar a una sociedad que, si no se ha venido abajo ya, es precisamente por la existencia de personas como ellas en todas las épocas posibles y más en un mundo en el que, como el actual, solo premia a quienes no han hecho absolutamente nada.
Seguro que tú, amigo o amiga, estás reconociendo a tu propio padre; a tu hermano, a un familiar que murió hace años o a tu vecino. Esos mismos que comentan, se sorprenden o incluso se alegran o alegraron cuando leyeron en algún deportivo la proeza de algún futbolista, sin darse cuenta que el mérito de que nuestra actual generación esté donde está lo tienen precisamente ellos, porque nos dieron educación, comida y... sobre todo, mucho cariño. Ellos fueron y serán nuestros héroes cercanos.
Y si por un lado me entristece saber que es difícil, muy difícil, inculcarle esto a nuestros propios hijos, me consuela saber que a estos les llegará el momento en que lo comprenderán.


P.D. - Dedicado a todos vuestros seres anónimos que os dieron la llave de vuestra propia dignidad.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Un poco de lustre para la conciencia

¿Donde quedó la complicidad?
En este escenario se desata un conflicto de valores.
El hombre me dijo que no importaba que mis zapatos fuesen unos deportivos modernos... que los iba a dejar impecables. No me cupo la menor duda, pero me negué dando todos los circunloquios posibles a mi excusa para que mi negativa ni pareciese un desprecio ni un ninguneo a su digna profesión.
Es cierto que nada me hubiese reconfortado más que pagar los tres o cuatro euros del servicio; pero también lo es la poderosa razón que me lo impidió: jamás consentiré que nadie se agache ante mí para limpiarme los zapatos; por sucios que estos luzcan.
Debe ser desolador que, cada mañana, instales tu pequeño tinglado para ganarte la vida y que la gente pase y pase, sin que la caja crezca más allá de la gratitud de algún turista que entienda este viejo oficio como una singularidad turística de la Gran Vía madrileña.
La dignidad ensalza el oficio de limpiabotas y su añejo ritual de preparación. Pero jamás soporté la foto fija del directivo repeinado, hablando por el móvil y totalmente ajeno al frotado y abrillantado del honesto bruñidor del calzado ajeno. Atrás quedan, en el legado de los años, las conversaciones reposadas entre cliente y limpiabotas, que tan bien reflejan las películas en blanco y negro de la época.
Solo ha cambiado, en este tiempo, la actitud de quien se sienta en esta trona callejera. El cliente se ha vuelto distante y altivo. El cliente ha dejado de pensar en el limpiabotas como un trabajador humilde al que equipara, inconscientemente, con las máquinas abrillantadoras de los hoteles. Quizá piensen, los que necesitan lucir brillantes sus zapatos sobre las alfombras de su estatus, que no merece la pena dedicar más atención que la justa a quien se come los fríos y los calores de este Madrid ingrato “solo” para llevarse a casa el sustento.
Mi negativa es un jornalillo menos que sumar. Y puse esto en la balanza de mi propia conciencia. Pero ganó el no querer ver a un semejante limpiarme ni el empeine ni las suelas. Pudo más el no querer dejar entrever el más mínimo atisbo de condescendencia, a la que inevitablemente hubiera caído tratando de ser amable. Mi propia imagen no se elevará jamás por encima de la cabeza de quien da lustre a algo que para mí no es necesario; sobre todo si considero que, ese hombre, es mucho más digno que yo y merece más la dignidad que yo.

Y, claro, luego llega el pensamiento conciliador: “seguro que viene otro, y otro, y se limpia los zapatos”. Así me voy más tranquilo, esquivando alguna caca para no pisarla y sentir que llevo los zapatos tan limpios como mi sentido común. Pero va a ser que no.  

martes, 17 de febrero de 2015

Una buena ración de excusas

No es un atractivo turístico
Nadie lo reconoce, pero todos lo hemos pensado. El pobre de la puerta nos estropea la foto. Hay un pobre en la escalerilla de todas las iglesias y catedrales.
El de la imagen no os diré quien es (aunque, por estos lares, bien sabréis muchos donde está captada esta fotografía). No se trata de quien, sino de quienes. No se trata del lugar concreto, sino de todos los sitios a la vez.
Bajad la cámara cuando intentéis abarcar con ella una portada barroca o neoclásica. Quitaros de la cabeza el atroz deseo de que el pobre se quite de enmedio para no desbarataros la panorámica. Dejadlo y pensad, por un solo minuto, que quien pide es la puerta pudiera ser tu propio padre o cualquier otro ser querido.
Claro, rápidamente nos consuela el comentario del entendido de turno en asuntos sociales: "¡Sí, ese tío tiene una buena paga, pero le gusta pedir!". Nos lo creemos y seguimos mirando cornisas y columnas con la conciencia bien armada y feliz. La mentira nos encaja como anillo al dedo de nuestra manera de desentendernos y pasar de todo cuanto no sea fútbol, política, procesiones, chirigotas y cerveza; todo eso sí nos emociona y nos constriñe el alma: lloramos enternecidos al ver como se besan dos descerebrados en Gran Hermano. Nos emociona Ronaldo cantando en un cumpleaños de imbéciles y nos sobre el cerebro, durante dos días, la operación de cirugía estética de Uma Thurman; pero los pobres estos que piden con el vasillo nos la -como dice un buen amigo mío- "refunfanfimfla". 
Un día vi al hombre llorando en esa misma puerta. Llovía como si fuese el último día del mundo mundial. Otro día ríe. En ocasiones no dice nada. Pide a unos y otros. Cada pobre tiene su forma de pedir, su marketing y estrategia comercial. Hay también competencia de pobres y pequeños dominios de pobres en espacios urbanos... Esto lo decimos, lo pensamos y nos relativiza interiormente el problema. 
Pero, volved a pensarlo: imaginaos a vuestro propio padre así. 
De verdad, de verdad, pero de verdad: ¿No os da vergüenza que tengan que estar estas criaturas tan mayores pidiendo limosna en lo más visible de nuestras ciudades?. De verdad, pero de verdad: ¿No hay nadie que pueda hacer algo?. 
Claro, claro... el "tiillo" seguro que tiene una paga, que no tiene la cabeza 'buena', que tal y tal...
Yo lo siento, pero mi conciencia no está tranquila y además me siento profundamente dolido cada vez que veo un viejecico o una viejecica tienen que andar limosneando en las calles, como si llevaran un estigma pegado en la frente. 
Hace muchos años, cuando tenía la edad de mi hijo mayor, llevé a una abuelilla a un bar para que comiera algo caliente. Andaba la pobre sin saber ni en que mundo vivía, pero como los sentimientos no entienden de nada más que de sentimientos, me regaló un pedazo de sonrisa de tal calibre que pensé que me había sucedido algo maravilloso. Me cambió un bocadillo por una lección de amor. 
No voy a recrearme en la demagogia de la limosna como remedio de nuestra conciencia. Sería, además, imposible ir dejando una moneda en todos los vasillos de Granada (¡huy, perdón, se me ha escapado el sitio); esas personas, además de pobres, están solas y contra la soledad no valen las monedas, sino una sonrisa, unas palabras... Pero a mi me da que se os (nos) ha olvidado lo que es eso.

viernes, 30 de enero de 2015

En el alma solo tengo soledad

A "ella" pude fotografiarla, pero no quise hacerlo.
El ruido de la capital es un rugido de fondo sordo y anestésico. Te desplazas ajeno a ti mismo y, por un extraño resorte, es inevitable que te mimetices con en montón del gentes extrañas que se mueven en una marea de inercia más sorda aún. De personas que cruzan rápido los pasos de peatones, con la vista fija en sí mismos y todos a la vez creyendo que el resto del mundo es como un masa amorfa, vulgar e incluso infame que no nos interesa lo más mínimo.
Y en esa multitud que corre por los pasillos del metro se cruzan vidas preciosas y también cretinas; sueños y pequeñas tragedias; pero esa ciudad sin límite nos inmuniza para que las emociones no traicionen nuestra propia existencia que, a la vez, también es vulgar y anodina para quienes cruzan con nosotros -muy accidentalmente- una fugaz mirada, más bien un vistazo despechado e incómodo... puede que sucio.
Intentadlo. Buscad intencionadamente que se os cruce una mirada y esta se detenga en vuestros ojos al menos dos segundos. Todos te esquivan y tu esquivas a todos en este Madrid cuya soledad, incomprensiblemente, enamora y engancha.
Se te dan un empujón inevitable... te molesta. Si alguien te pregunta, más molesta. Si cualquiera sale a tu paso e intenta venderte algo, te encabrita. Si el viejecillo pide en la puerta del Bingo ni siquiera molesta, ya que nuestra conciencia nos ha enseñado a ver y entender las miserias en medio de la multitud como menos miseria, como menos responsabilidad alicuota nuestra (Hay más conciencias a repartirse este drama moral urbano... tocamos a menos cargo de 'idem').
Siento que Madrid me traiciona los principios y emborracha el sentido común de todos y de mí mismo.
Y he ahí que también me vuelvo masa, montón y autómata con la vista perdida a solo 10 centímetros de mis ojos y sin más horizonte que el Whatsapp.
En la estación de Tribunal la masa ya es hora furibunda en su propia hosquedad. Dos jóvenes se besan en las equina perdida de la indiferencia colectiva; antes, al menos, alguien sonreía a la vista del amor de los demás. Otro joven, pegado al móvil, estampa una carcajada en el encefalograma plano de todos los pasajeros del vagón, que casi reciben esta reacción natural y humana como si se tratase de un insulto a los alienados espectadores (para eso sí miraron, para el reproche sí...). No ha lugar a expresiones emocionadas en este escenario de fantasmas recauchutados.
Sube un tipo malvestido y por primera vez observo miradas de interés... el interés de comprobar que el prejuicio es compartido por una cómplice puesta en común de sentimientos de reproche: lo miran como si advirtieran en él una amenaza terrorista.
Y en tal apretadero, tampoco hay espacio ni para un simple "perdona", "¿me permite?"... aquí molesta todo y no digamos si una persona tose o estornuda. Sacrilegio.
El enjambre humano que ni siquiera emite zumbido nos va integrando y unificando a todos en una especie de Babel mudo, en el que el único lenguaje posible es el de la indiferencia.

Ni siquiera el siempre milagroso efecto dulcificador de una canción es capaz de romper el sortilegio del egoísmo cómplice de la multitud de viajeros urbanos.

Se subió en la estación de Nuevos Ministerios y, con una más que sufrida y cotizada habilidad, instaló su carrito del altavoz y comenzó a cantar. Todo ocurrió en décimas de segundo. Y su voz sonó a textura de una mano acariciando un tapiz de terciopelo. Y la canción tenía doble mensaje, porque entre líneas la letra hablaba de una resignación que se gritaba sin estridencia y en notas igualmente dulces e inalterables ante la bochornosa desatención de los viajeros.
De repente comprobé que todas las miradas la esquivaron y se volvieron hacia los ventanales ciegos, hacia la nada absurda de nuestra cómoda manera de ver la vida sin ver la de los demás. 

Todo se me antojó vacío y despreciable.

Pero, en el cenit de su dignidad, ella los miraba a todos con la sinceridad de quien convierte su espíritu de artista sobreviviente en una extraordinaria capacidad de emocionar al mundo. Pero aquel mundo no estaba hoy por más labor que reflejarse en la pantalla de los móviles.
La mujer, de unos treinta y tantos, abrigada hasta el extremo, emergía como un maravilloso sol de invierno en un páramo helado, yermo y desagradecido.
Me fijé en sus rasgos. Un sueño de mujer, de evocadores ojos y labios abiertos a la nostalgia. Cantaba y cantaba buscando a la vez una complicidad que se desvanecía  en un nada más vacía que un pozo oscuro. No había nada que interesase más a los pasajeros que las prisas por bajar en la próxima.
La sentí única e incomprensiblemente despreciada, ignorada y débil. Dos personas le dejaron unas monedas antes de apearse en el subsuelo de Gran Vía y fue entonces cuando escuché las dos únicas "gracias" al cabo de cuatro días de estancia en el Madrid de mis entretelas.

Recordé entonces que, el día de antes, unos músicos en la calle Preciados atraían -como un imán- a un público ajeno al arte y al verdadero valor de su trabajo; un público, eso sí, entregado al espectáculo callejero-barato que viene muy bien para la fotito del móvil (y ahí me incluyo yo).
Pero el metro no. Un espacio tan reducido parapeta a la gente contra sí misma por un inexplicable miedo a la convivencia espontánea, al simple trato social, al roce, a una pequeña y fugaz conversación,,, siempre damos por sentado que cualquier intento de acercamiento esconde una vis maliciosa.

Y la mujer seguía cantando.

No consigo saber el motivo de que las canciones de los espontáneos del metro (y de los pasillos del metro), sean siempre tan tristes.. que la música te cale los huesos hasta el tuétano y que al mismo tiempo sientas que tu mundo pierde líquido de frenos...

Ella ha sido hoy mi inspiración. O, mejor dicho, mi particular examen de conciencia. Su voz fue hoy el arranque y el motivo de una reflexión contenida en mitad de una prisa sin sentido.
Ya en el andén la iba escuchando cada vez más lejana, hasta que las puertas del metro se cerraron. Pero su último estribillo sí que me llegó:

"En mi alma solo tengo soledad......................"

Creo que en ese instante me di cuenta de que no era ella sola, sino que todos, absolutamente todos, estamos jodidamente solos.