miércoles, 11 de junio de 2014

La luz de tus cinco sentidos


Detrás de la puerta hay una habitación amplia donde reina una paz absoluta. Unas manitas mecen los flecos de luz de un precioso cortinaje que cambia de color continuamente, como un suave bamboleo de fantasía que provoca la risa del pequeño, su balbuceo ininteligible y a la vez conmovedor.
Nos explicó la fisioterapeuta que ese precioso espacio es la "sala multi-sensorial" donde se estimula a los niños a través de la comunicación universal de los sentidos, a través de ese nexo primario y humano que no necesita de más lenguaje que el soplo de una sensación envolvente, cálida, cariñosa y sorprendente. 
En medio de la bulliciosa visita que esa mañana recorrió las instalaciones del centro de atención a personas con discapacidad me sentí extrañamente sólo de repente, como si un extraño resorte me hubiese despojado de mi interés informativo y me hubiese puesto un impactante ejemplo de entrega humana para que me olvidase del motivo que me había llevado allí.
La fisio hablaba despacio y suave -como el movimiento de las luces- a un niño de casi nueve años que contemplaba su propio mundo, tumbado, desde el colchoncillo.
Me pregunté en ese momento cual podía ser el motivo para que la sociedad, o mejor dicho todos nosotros- no reparemos nunca en esa corriente fuerte y poderosa que impulsa la calidad de vida de tantos niños como este; que no sepamos nada de nada del trabajo de los miles de profesionales que cada día ayudan a otros tantos miles de niños, adultos y ancianos, a poder sentirse más libres en un mundo que les puso poderosas barreras en el mismo instante de nacer.
Aquel pequeño sonreía y su sonrisa sonaba a la felicidad de sentirse luchador, en  un entorno donde gracias a personas como esa "fisio" cada día se vencen diminutas batallas; cada mañana hay un motivo más para ganarle enteros a la vida y de paso golear en la propia puerta de quienes aún mantienen incomprensibles tabús y prejuicios.
Y he ahí que conocí la historia de una madre. Sí, de una madre. Aquella que hace casi cuarenta años se negó a que el destino venciera su causa y defendió el futuro de su hija, la autonomía de su hija, la oportunidad para ser feliz de su hija... y contribuyó a poner en marcha aquel centro que en ese día tan especial celebraba su jornada de puertas abiertas. Aquel impulso de esa madre generó expectativas nunca soñadas en la existencia de su entonces niña, pero también hizo posible que muchos años despues tantos y tantos como el pequeñín de las luces puedan emprender un viaje difícil, sí, pero ilusionante porque sea cual sea su forma de entender, de sentir, de expresarse y hasta de amar... sea cual sea nos necesitan y es nuestra obligación, como personas, apoyar y construir en torno a ellos y jamás responder con la necedad, la condescendencia o el encogimiento de hombros... podrían ser nuestros propios hijos.
Y aunque solo se que no se nada, ni soy quien para evaluar el trabajo de los fisioterapeutas, de los educadores, de los monitores... sí puedo asegurar que gracias a ellos este mundo es mejor de lo que parece. Me bastó la risita del chiquitín para darme cuenta de la de cosas grandiosas que nos perdemos cada día solo por el hecho de ser tan imbéciles como somos.