jueves, 6 de febrero de 2014

Si los azulejos hablasen... Stop Madrid




Con lo grande que es Madrid y al final resulta que uno termina por escoger un reducido círculo de santuarios urbanos donde buscar refugio en esas noches prolongadas que, siempre... siempre, parecen de fin de semana. Este es uno de los míos (lo es también de muchos más, por supuesto), pero Eva y yo hemos terminado por acogerlo como un pequeño refugio donde hacer la última parada. 
Desde luego, si los azulejos hablasen estos contarían tantas historias que nos duraría el embobamiento una semana entera. Reza en sus paredes el año de su fundación, 1929, siendo una de las tabernas más antiguas de la capital y ya existente en tiempos del reinado de Alfonso XIII. Es más, ese lánguido remanente histórico le confiere un halo especial a este lugar abigarrado, apretado, exquisito en su decadencia y dulce en cuanto a su aroma de letargo. 
Y en ese Madrid raro y multi-todo te juntas allí con grupitos bulliciosos de estudiantes, parejas que esconden su arrumaco entre toneles gastados, solitarios que se sientan y saborean una copa de vino denso y viejo mientras leen un periódico en francés o amigos que conversan mientras discuten si pedir una torta del Casar o Camembert de lomo en orza... Si no hay asiento, tranquilos. Ahí está los bidones metálicos para complementar mientras que las cristaleras nos exhiben una Chueca pintoresca y viva aunque sean las y pico mil de la madrugada de un día cualquiera. 
Stop Madrid es un lugar de conversación animada y de silencio contemplativo que se desliza por las altas paredes, por la bodega tentadora que se exhibe hasta el techo y hasta por la solería que bien podría ser la de la casa de mi abuela.
Me encanta, nos encanta y os lo recomiendo. Podría decir aquello tan gracioso de que se encuentra según se entra en Madrid a mano derecha... pero como aquello es muy grande con que os situéis en Gran Vía, llegar hasta la calle de Hortaleza número 11 es un plis plas atendiendo a las dimensiones y tiempos capitalinos.