domingo, 8 de diciembre de 2013

El hombre del gato

Plaza de Callao. Madrid. Son las ocho de la tarde y el frío es, por decirlo de alguna forma, demoniaco. Enmedio de la misma se alza un impresionante abeto iluminado. Las fachadas se desbordan de irresistibles reclamos de las grandes marcas y huele demasiado bien a Navidad. Tal vez demasiado. 
El hombre del gato se mal cobija junto a un escaparate que exuda burbujitas doradas. "Tengo 40 años.............................". Seguro que cualquiera de ustedes puede poner texto sobre esos puntos suspensivos. El hombre tiene la vista baja, pero el gatito mira de frente con la ausencia de expresividad que caracteriza a los felinos, lo mismo que su miedo crónico a los extraños; pero este gato también pide limosna, como su dueño. No huye ni rehuye, cumple su papel y yo apostaría incluso a que el animal es conocedor de la sensación de ternura que inspira. 
Siempre hubo pobres con perro. Pero ahora también los gatos apoyan, dan calor, protestan, se indignan y solo les falta decir aquello de ¡Dios te lo pague!, como a mí de pequeño me decía la 'agüelilla' que extendía su arrugadilla mano en el callejón del Valle de Motril. 
Los ojos del gato hablan y mucho. Me revuelven las entrañas las personas que cuando observan a un pobre con mascota expresan, con su gesto, un extraño rechazo basado en el convencimiento de que el pobre, además de pobre, es 'teatrero' y utiliza al animal para ablandarnos el corazón.
Pero os aseguro que no es así. Plantado en medio de una ciudad inmensa, a cinco grados bajo cero, con un cartel que confiesa públicamente tu miseria y un cajoncillo para recoger eso... una poca miseria más... ¿de verdad alguien cree lícito enjuciar al pobre hombre solo por el hecho de que se lleve al gato a pedir limosna?. ¿Qué haríais alguno de vosotros si a los vuestros les faltase, un buen día, el desayuno en la mesa...?. ¿Eh?. Como se que nadie va a responder a esta pregunta, os ayudaré diciendo lo que yo haría: robar, exhibirme en pelotas en la calle, gritar en público, llorar, suplicar.... y por supuesto llevarme a mi gato a pedir limosna. No me sonrojaría lo más mínimo. Luchar por los tuyos y por tí mismo es algo que no debería obligar a nadie a sentir -encima, encima...- vergüenza.
Es curioso y a la vez repugnante la facilidad con que el viandante vierte sobre el mendigo su propia escala de valores... Es infame contemplar el desfile de gentes sin alma delante del pobre que lleva con el culo puesto sobre la acera desde primera hora de la mañana. Pasan de largo, sin mirar, las señoronas del abrigo de zorritos; el tío con cara empanada del abrigo gris que parece ir hablando solo por la calle y la joven aspirante a modelo sin cerebro; pero conmueve la mirada dulce del adolescente con la palestina al cuello, la casi misericordiosa del abuelo que camina lento, que seguramente cobra una mierda a final de mes y que a pesar de ello echa su moneda o de los pequeños que no vacilan ni un instante en acariciar al gatito y de paso obligar a papá a retratar su conciencia frente al pobre (siempre sin mirarle demasiado de frente) mientras expresan en voz baja la tristeza que les provoca la incomprensible visión de un pobre tirado en la calle... con su gato al lado. 
Volví a pasar frente al pobre una hora después. El gatito dormía enroscado como si con él no fuese la fiesta... seguramente porque con él no iba ni esa ni ninguna fiesta, salvo su propia supervivencia. Yo si estoy seguro que el pobre era pobre y un par de días después, cuando la tele ofreció las imágenes de la primera nevada sobre Madrid pensé en el pobre del gato, en la plaza cubierta de hielo y en la putas 'fiestas' (perdón por la expresión) que esperan a este hombre, a estos hombres y mujeres que se han convertido en parte del decorado urbano de nuestras ciudades y pueblos. Nos hemos acostumbrado tanto a esta realidad cotidiana que se nos ha olvidado, sencillamente, que esas personas también tienen corazón... ¿Y el vuestro, sigue ahí?.