miércoles, 17 de julio de 2013

Pídeme la Luna


Tuvo que ser el día 16 de julio y debe ser, quizá, que aquellas fechas en las que nos es dado a todos la oportunidad de evocar sensaciones -en este caso ancestrales, de mares profundos y lejanos-, son más propicias que ningunas para que desde nuestro interior aflore lo bueno y lo malo, como un manantial subterráneo que sale a superficie a empellones.
Ayer me ocurrió lo uno y lo otro.
Por la mañana me cuentan el último y más desagradable episodio de un auto-calificado “político” de la zona, un ejemplar rara-avis cuya mejor carta de presentación parece ser la escasa capacidad para discernir lo que es moral de lo escatológico y fue entonces cuando mi interior se rebeló. Ayer, por la mañana, estaba convencido de que nuestro mundo (también el cercano) se hunde irremisiblemente en la miseria provocada por quienes nos gobiernan y por quienes aspiran a gobernarnos; sentí ganas de vomitar por ellos y también por nosotros... nos vamos a pique sin un capitán valiente y humano que sea capaz de, al menos, indicarnos el camino a los botes salvavidas.
Pero no.
No nos fuimos a pique. Quiso el día que tuviese la suerte de respirar profundo junto al Carmen de Motril en un barco de arrastre capitaneado por un capitán de verdad, de los que velan por los suyos. Un capitán que se trajo a bordo a un grupo de chavalines que en tan solo diez minutos me cambió por completo el esquema, el razonamiento, la convicción, el entendimiento y hasta la percepción que yo tenía esa mañana sobre la asquerosa condición del ser humano.
Los niños decían “Pídeme la Luna”.
Y la luna obró el milagro durante una travesía mágica, de horizontes de playa y luces cuajados de estrellas, fuegos artificiales y leyendas de sirenas. Una noche de vítores, aplausos, risas, música de a saber que tiempo y lágrimas tan sinceras como el grito de “¡Viva la Virgen del Carmen, me cago en Dios!”.
Todo se me hizo increíblemente cercano, brillante, grandioso y también un punto doloroso. Varias enfermeras de la unidad de Oncología del Hospital Infantil de Jaén me regalaron la certeza de la existencia de la autenticidad de los corazones entregados, voluntariosos y ansiosos por regalarle un poquito de magia a quienes más lo piden, aún sin pedirlo. En este caso diez niños que durante unos días han permanecido en la Costa de Granada, buscando el beneficio anímico y vital de la playa, la luz y la alegría.
El Patrón del barco se los trajo a todos. Y la travesía fue de ellos. Soñaron, se rieron, emocionaron, vibraron y no daban crédito al aluvión de sensaciones de una noche de mar de plata y estallidos en el cielo. Unidos en un lema, identificados con su camiseta roja, esos niños y sus enfermeras me hicieron ver durante esas cortas horas en que el mundo merece la pena a pesar de la mala casta de gentuza que nos tiene en sus manos; que merece la pena ayudar y regalar a manos llenas pese a que por otro lado quien no tiene corazón nos pisotee.
Ayer negué por la noche lo que afirmé por la mañana. Creo en todo lo posible e imposible. Y se que esos niños fueron inmensamente felices durante el embarque y la travesía. Aún los veo con sus bengalitas, aún los veo comiendo nubes dulces, aún los veo embebidos cuando izaron a bordo a la Estrella Sublime de los Mares eternos.
Y toda esta maravilla humana sucede en este estercolero de mundo que nos ha tocado vivir.
Solo espero que en adelante haya muchas más personas como esas enfermeras de Jaén, capaces de dar tanto amor y corazón. Solo espero que haya tantos patrones como Antonio, el capitán del 'Maruja y Antonio' y que a tantos como niegan lo humano y se retuercen en el barro de su propia corrupción que se hundan para siempre en un océano de odio.

Ayer fue, de verdad, muy de verdad, un 16 de julio.

lunes, 15 de julio de 2013

La estela que se perdió en los mares

‘Safe to Sea’, un sistema de seguridad para marineros que caen por la borda

Se trata de un dispositivo de localización GPS integrado en el chaleco salvavidas que alerta a los barcos cercanos. Costará, de media, 3.300 euros a cada embarcación (IDEAL . 13 de noviembre 2012)

Leo la noticia y no puedo evitar lanzar una larga y profunda mirada al horizonte de un mar más negro que ningún otro mar. Una noche muy negra en torno a la cual, ya durante un par de profundas y silenciosas décadas, una familia entera se habrá preguntado miles de veces donde y cómo Juani se perdió para siempre. Yo lo recuerdo, pues tendría ahora mi misma edad. Me contaron que cayó al mar y en aquel momento una punzada terrible pensando en la soledad última del joven, en las soledades de años de ausencia sin tumba para los suyos, en la crueldad de un destino incomprensible que no tuvo piedad. El fue uno de tantos que dejaron su estela perdida en los mares; pero no mereció quedarse allí, sino gastarse a manos llenas su derecho a contemplar cientos de atardeceres faenando, pero con la certeza cumplida de volver a casa para dar un beso a su madre.
Este verano recordé el suceso del que no pudo darse más explicación que un doloroso interrogante. Se ahogó en el mar. Ya está. Terrible. No quiero imaginar cuantos llantos y gritos se escucharon en las orillas de El Varadero tras la llegada de la silenciosa noticia. No se como fue, ni quise saberlo. Solo he pensado durante mucho tiempo en qué y cómo fueron los años siguientes cada vez que el cielo pintaba rojo en la caida del sol, cada vez que una luna profunda hacía inevitable una oración mirando hacia un horizonte nebuloso o cada vez que una flor navegaba solitaria, flotando entre suspiros para llegar hasta el alma de aquel joven que un buen día, sin más, se fue.
Me decía mi amigo Juan  "cuantos años han pasado, ya. Cuantos..." y dejaba caer los puntos suspensivos como advertencia cabal de que no deberíamos bucear en dolores que se perdieron como un eco allende el océano. Y llevaba razón, aunque ambos sabemos que las cosas de la mar, de la gente de la mar, se clavan con una fuerza extraordinaria en el corazón de quienes cada día y cada larga madrugada se juegan cartas de muerte en una extraña e irresistible baraja, pues para ellos el mar es la mar, es la hermana; la amiga, la madre, la esposa...
Hoy, al leer la noticia de un invento que a buen seguro evitará tragedias innecearias, evitará años de soledades y lágrimas contenidas cada 16 de julio, evitará que madres y esposas se pasen media vida mirando al horizonte con la vista perdida... Al leer eso me he acordado de aquel joven al que muchas veces vi reir de manera limpia y diáfana; y también he pensado en una familia que siempre ha llevado su recuerdo grabado en el corazón.
Hoy, mi reflexión va por Juani. 

jueves, 11 de julio de 2013

Miguel Angel

Nunca te conocí, ni supe de tu existencia más que los retazos a empellones que nos servían a bocajarro las noticias, primero y los estremecedores directos que fueron entrándonos a todos en el alma como si nos disparasen con metralla a corazón abierto. 
No queríamos escuchar -sí, escuchar y no oír- los informativos. Conocí el miedo por primera vez pero necesitaba estar pendiente cada segundo de aquellos dos infames días... solo por si al final se abría paso, también a empujones, la esperanza. 
Era para mí un año feliz. Un verano feliz. Pero nunca olvidaré una noche en la que todos los fantasmas nos susurraron cosas terribles a tantos millones de seres humanos que lo único que hemos querido es vivir en este País y vivir en Paz.
No escogí España para nacer, pero aquí estoy. Pero no quiero la España ni de los dos odios ni de ningún odio. No me alineé jamás con nada ni con nadie, pero he sufrido cuando me ha tocado sufrir por los que sufren. 
Lo que le ocurrió a Miguel Angel nos atravesó a todos a la vez. Sentí desde mis adentros tanta impotencia que no tuve ni siquiera deseos de condenar con insultos a sus asesinos; creí hasta el último instante que aparecería maniatado y vivo en algún bosque de la tierra por la que luchó y a la que al final regó con su propia sangre. Sentí que su liberación, sano y salvo, abriría un camino de entendimientos, de perdones difíciles, pero perdones. Creí que llegaría el momento de ir pasando páginas de entrañas arrancadas y sudores de muerte para que España recobrarse su pulso. 
Pero no.
Como tantos otros millones de personas; esa noche no supe que hacer, ni que decir, ni que pensar. Recuerdo que no pude evitar apagar las luces de casa y en la penumbra cálida de una noche triste de verano  encendí una vela y la coloqué en la parte más visible de mi terraza. 
Nunca había rezado por nadie ajeno a mi vida. Pero esa noche lo hice con tanta o más fuerza que si se tratase de mi mejor amigo.
Esa luz, como tantas otras apagadas a destiempo y con la fuerza de todos los males arraigados en lo más profundo de quienes defienden causas inexplicables e incomprensibles para todos los seres humanos, se apagó como un quejido hondo, trágico, insondable, injustificable... absurdo.
Fui, fuimos, incapaces de escuchar más... pues desde ese momento empezamos a oír. Ausente la esperanza anidó en todos nosotros el vacío, ni siquiera la desesperación... el vacío.
Nunca ví a tanta gente llorar sin llorar. Pues el llanto no había sido invitado nunca para acabar esta historia que se nos clavó como un punzón de acero y que cada año, cuando llega este día, se revuelve en los adentros de este país para recordarnos lo vulnerables que somos, la poca altura que hemos tenido en muchos momentos históricos, la fuerza que nos falta para aplastar a quienes siempre han pretendido acobardarnos con el miedo y la muerte... Sin embargo, eso sí, esa larga e interminable noche tuve plena consciencia de que por unas horas todos, todos, todos, habíamos sido hermanos y como hermanos luchábamos en silencio para recuperar a Miguel Angel Blanco. 
Nunca te conocí. Ni supe antes de tu existencia. Pero ahora espero que por muchos años que pasen nada ni nadie nos haga olvidar tu nombre. 
Allá donde estés, gracias por tu valor y por hacernos pensar que no todo está perdido.
Hasta siempre.