miércoles, 24 de abril de 2013

Morir de amor


Es imposible no cerrar los ojos durante unos segundos una vez se ha leído o escuchado la terrible noticia. Terrible por muerte y terrible por ser secuela de otra muerte. Se puede discernir o especular con las causas pues nuestra sociedad actúa en estos casos como espectadora cotilla, como sucia vecina chismosa... pero yo me quedo con el pensamiento puro y limpio de la muerte por amor. ¿Acaso no se concibe hachazo más profundo y doloroso que la muerte de un hijo?. Es imposible que el ser humano, valiente y capaz de resurgir una y mil veces de las cenizas de todas sus desgracias, no sucumba ante la tragedia de sus seres más cercanos, de aquellos que son de su propa sangre, de aquellos a los que un día susurraron cancioncillas para dormir, a los que estrujaron una y mil veces comiéndoselos a besos, a los que llevaron de la manita al cole y a los que tantas veces dijeron “buenas noches, mi amor” antes de apagar la luz...
La luz se apagó para el pequeño un día de mucha luz, risas y magia. El vacío siguiente fue primero desolador y, después, pasó a ser un abismo sin salientes donde agarrarse para salir a respirar. El silencio, la pequeña y a la vez inmensa ausencia, el eco de sus gritos de crío juguetón y feliz; el olor de su ropita, la sillita vacía, el cuaderno pintorreado y sucio de manos de chocolate. Los besos pequeños y nerviosos que ya no son ni serán...
Su madre habrá soportado lo que su propio cuerpo haya soportado; pues estoy seguro que el alma se le fue el mismo día, el mismo instante en que la sonrisilla despareció para siempre. Hoy esta mujer ha muerto, posiblemente agotada de tristeza. Extinguida cualquier esperanza de volver a abrazar al pequeño.
En nuestros días, en nuestro increíble e insensible modo de trivializar la muerte de los demás, esta me ha sorprendido profundamente, me ha dolido y me ha hecho reflexionar en torno a la fuerza del amor.. y a pesar de lo sucedido, estoy plenamente convencido de que ni la muerte, ni la oscuridad, podrán jamás luchar ni vencer a un amor pleno que desde hace unas horas juega, se abraza y se ríe a carcajadas en el prado inmenso y feliz de la eternidad.


LA NOTICIA (Ideal): http://www.ideal.es/granada/rc/20130424/sociedad/madre-cabalgata-nino-201304241128.html

miércoles, 10 de abril de 2013

Ondas en el corazón

Contaba un amigo una anécdota que, por complicada, puede resultar increíble; pero dejo a la imaginación del lector el discernir sobre la veracidad (preciosa, por cierto) del relato: navegaba, mar adentro y muy alejado de tierra, una fragata de la marina española con toda la marinería -de reemplazo- a bordo. Entre ellos un joven motrileño. Alguien advirtió al joven que tras el horizonte se ocultaba su hogar y todo ilusionado intentaron sintonizar la emisora local que ya entonces (principios de los ochenta) emitía desde el 102.0 de la FM. Radio Motril - Cadena Ser. A pesar de la lejanía, de las brumas y de los destellos marinos en aquel receptor del barco entró la señal como un cañón, justo en el instante en que una voz femenina (la de una extraordinaria mujer, Mari Pepa Gómez, de la que otro día hablaré largo y tendido) daba lectura a algo que dejó atónita y perpleja a toda la pléyade de marinos... "ha fallecido en Motril, a la edad de ochenta y un años D. Fulano de Copas.. más conocido como Pepico el de la Moscarda...". Hace tantos años que me lo contaron que efectivamente se ha desdibujado en mi memoria la historia, pero si fue tal cual daría lo que fuese por ver la cara del joven motrileño y la de la carcajada que tuvo que dar la guarnición en pleno. Pero la anécdota (en la que me he inventado el nombre y el apodo, pero tan cierta la necrológica como la vida misma) no diluye la magia de esta situación, en la que en la lejanía alguien busca de manera consciente encontrar el dial que le conecte con lo suyo, con su gente, con su ciudad, con lo cercano. La radio de andar por casa y la que siempre cautivó al oyente. 
Precisamente, recordé en estos días otro relato tan precioso como evocador. Se publicó en un libro de las fiestas hace tropecientos mil años y en él el periodista José Martín González, que posteriormente fue nombrado cronista oficial de Motril, recogió un episodio acaecido seguramente entre el final de los años 50 y comienzos de la década siguiente del pasado siglo. Por un extraño prodigio temporal, climático, terráqueo o... mágico, un pequeño mercante que navegaba en aguas del Caribe consiguió sintonizar, como un eco de otro tiempo, una emisión de la extinta Radio Juventud de Motril, a miles de kilómetros de distancia. Pepe Martín me dejó literalmente embebido en esa historia que para muchos puede resultar poco creíble, pero que yo si creo como cierta. La radio es una ráfaga que no conoce ni fronteras ni límites temporales o geográficos. De hecho, en mi niñez, una noche de verano oscura como boca de lobo y en el fresco de una casita de playa junto a Poniente, un receptor multibanda nos sorprendió como un confidente misterioso cuando lanzó -a más de la una de la madrugada- su llamada al orden: "sintonizan Radio San Sebastián". Yo no se cuantos kilómetros mediaban entre la pequeña ciudad del sur de Granada y la Bella Easo, pero a mi me pareció escuchar una voz del otro mundo... Mi padre dijo que las nubes rebotaban la señal desde la otra punta de la Península y yo, claro, acepté esa sencilla y evasiva explicación. Otra vez fue Radio París y su diario hablado en español o Moscú.... Ahora, internet nos ha puesto en la mano la inmensa posibilidad de bucear en las ondas desde el teclado del portátil; yo mismo me sorprendí sonriendo una noche en Berlín mientras escuchaba a Iker Jiménez en directo desde España; es cierto que todo es inmensamente fácil ahora,  y me encanta que así sea, pero no por ello muchos de los que hemos tenido la suerte de ir viviendo en primera línea esa transición tecnológica vamos a olvidar que la radio ha sido más que un medio de difusión, una especie de varita mágica que podía sorprenderte en cualquier momento, atraparte y engancharte de por vida. Cuando movías la rueda que cambiaba de dial y la lejanía te metía interferencias impertinentes, agudizabas el oído con una ansiedad en la que yo mismo me reflejo ahora cuando tenía diez o doce años. Y que me digan lo que quieran, pero me enseñaron más mis viejos aparatos de radio, el compacto posterior o la mini-cadena chorizaca que me compré (antes de dar paso al ordenador) me enseñaron más y me aportaron más que todos los libros que he estudiado en mi vida y que han sido unos cuantos.