martes, 29 de enero de 2013

Infinitamente pequeños

Idealizamos a los personajes que marcaron nuestra existencia, sobre todo si nos gustó su obra y si fallecieron años atrás. Es el caso de Carl Sagan, a quien tras ya algunas décadas de haber saboreado hasta el dulce empacho su serie 'Cosmos' no veo el día de ponerme a visionar, de nuevo, esa colección de cd's que atesoro como un gran legado cultural. Quizá me entra el temor de enfrentarme a mi propia adolescencia, en la que la visión infinita, las preguntas más infinitas aún, el miedo aún más certero a lo desconocido mezclado con la fascinación absoluta por la profundidad cósmica... Carl Sagan fue mi maestro de las horas tranquilas, el que me enseñó a mirar al cielo cada noche de verano o de invierno hasta sentirme tan irresistiblemente cautivado por el firmamento que me fastidia que muchas personas pasen por este mundo sin mirar nunca hacia arriba, desperdiciando suspiros eternos y miradas que perforan todo lo conocido y desconocido. Con Carl Sagan aprendí a soñar en el ruido del Cosmos, en el sonido de todas las generaciones y las historias posibles sucedidas y por venir; en los mensajes lanzados a la profundidad estelar en naves espaciales ya primitivas; en los ecos de las ondas de radio adelantándonos en el vacío y llevando nuestra voz a otras épocas pasadas o presentes, por mor de los agujeros de gusano, de incomprensibles bilocaciones espacio-temporales. De caprichos del Big.Band. 
Cada vez que Sagan sonreía y se preguntaba de manera cadenciosa ¿a donde vamos?, ¿de donde venimos?, ¿estamos solos?.... yo guardaba silencio y me recreaba en su fantástico navío recreado por efectos especiales que hoy provocarían cierta hilaridad, pero que como decía anoche Iker Jiménez era tanta la grandeza y la sapiencia de Sagan, su manera de conectar con todos nosotros que todo eso se supera y su obra, su reflexión sobre todo lo visible o invisible permanecerá inalterada durante muchas generaciones.
Por eso, cada vez que mi memoria me devuelve aquella preciosa música celestial, mientras retumbaba cadenciosa la voz traductora diciendo aquello de... "en la orilla de un océano cósmico", siento un escalofrío y siento una necesidad imperiosa de irme a la playa en una noche fría de invierno o pegajosa de verano -como tantas veces hago- simplemente por ver como la espiral de la Vía Láctea cruza todo el cénit hasta sumergirse en el horizonte, haciendo mucho más increíble su potencial evocador. 
Hay cosas que se graban en la primera parte de tu vida. En la mía, por fortuna, hizo escala un navío espacial comandado no por un científico, sino por un clarividente de la existencia humana y de su infinita pequeñez ante lo más grandioso, lo más inexplicable y lo más emocionante que los seres humanos podremos contemplar jamás: el espacio... y este suena muy bien en nuestros pensamientos.