domingo, 8 de diciembre de 2013

El hombre del gato

Plaza de Callao. Madrid. Son las ocho de la tarde y el frío es, por decirlo de alguna forma, demoniaco. Enmedio de la misma se alza un impresionante abeto iluminado. Las fachadas se desbordan de irresistibles reclamos de las grandes marcas y huele demasiado bien a Navidad. Tal vez demasiado. 
El hombre del gato se mal cobija junto a un escaparate que exuda burbujitas doradas. "Tengo 40 años.............................". Seguro que cualquiera de ustedes puede poner texto sobre esos puntos suspensivos. El hombre tiene la vista baja, pero el gatito mira de frente con la ausencia de expresividad que caracteriza a los felinos, lo mismo que su miedo crónico a los extraños; pero este gato también pide limosna, como su dueño. No huye ni rehuye, cumple su papel y yo apostaría incluso a que el animal es conocedor de la sensación de ternura que inspira. 
Siempre hubo pobres con perro. Pero ahora también los gatos apoyan, dan calor, protestan, se indignan y solo les falta decir aquello de ¡Dios te lo pague!, como a mí de pequeño me decía la 'agüelilla' que extendía su arrugadilla mano en el callejón del Valle de Motril. 
Los ojos del gato hablan y mucho. Me revuelven las entrañas las personas que cuando observan a un pobre con mascota expresan, con su gesto, un extraño rechazo basado en el convencimiento de que el pobre, además de pobre, es 'teatrero' y utiliza al animal para ablandarnos el corazón.
Pero os aseguro que no es así. Plantado en medio de una ciudad inmensa, a cinco grados bajo cero, con un cartel que confiesa públicamente tu miseria y un cajoncillo para recoger eso... una poca miseria más... ¿de verdad alguien cree lícito enjuciar al pobre hombre solo por el hecho de que se lleve al gato a pedir limosna?. ¿Qué haríais alguno de vosotros si a los vuestros les faltase, un buen día, el desayuno en la mesa...?. ¿Eh?. Como se que nadie va a responder a esta pregunta, os ayudaré diciendo lo que yo haría: robar, exhibirme en pelotas en la calle, gritar en público, llorar, suplicar.... y por supuesto llevarme a mi gato a pedir limosna. No me sonrojaría lo más mínimo. Luchar por los tuyos y por tí mismo es algo que no debería obligar a nadie a sentir -encima, encima...- vergüenza.
Es curioso y a la vez repugnante la facilidad con que el viandante vierte sobre el mendigo su propia escala de valores... Es infame contemplar el desfile de gentes sin alma delante del pobre que lleva con el culo puesto sobre la acera desde primera hora de la mañana. Pasan de largo, sin mirar, las señoronas del abrigo de zorritos; el tío con cara empanada del abrigo gris que parece ir hablando solo por la calle y la joven aspirante a modelo sin cerebro; pero conmueve la mirada dulce del adolescente con la palestina al cuello, la casi misericordiosa del abuelo que camina lento, que seguramente cobra una mierda a final de mes y que a pesar de ello echa su moneda o de los pequeños que no vacilan ni un instante en acariciar al gatito y de paso obligar a papá a retratar su conciencia frente al pobre (siempre sin mirarle demasiado de frente) mientras expresan en voz baja la tristeza que les provoca la incomprensible visión de un pobre tirado en la calle... con su gato al lado. 
Volví a pasar frente al pobre una hora después. El gatito dormía enroscado como si con él no fuese la fiesta... seguramente porque con él no iba ni esa ni ninguna fiesta, salvo su propia supervivencia. Yo si estoy seguro que el pobre era pobre y un par de días después, cuando la tele ofreció las imágenes de la primera nevada sobre Madrid pensé en el pobre del gato, en la plaza cubierta de hielo y en la putas 'fiestas' (perdón por la expresión) que esperan a este hombre, a estos hombres y mujeres que se han convertido en parte del decorado urbano de nuestras ciudades y pueblos. Nos hemos acostumbrado tanto a esta realidad cotidiana que se nos ha olvidado, sencillamente, que esas personas también tienen corazón... ¿Y el vuestro, sigue ahí?.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Cecilia


Este doble LP forma parte de mi vida. Me refiero a sus canciones. Debe ser así, vinilo y pinchado cada vez que uno anda corto de ánimos y el acucia el deseo de refrescar los recuerdos. Mucho después de su muerte su voz entró en mi memoria y allí se quedó a vivir, como una dulce e incomprensible banda sonora. A veces es muy difícil describir o justificar un resorte; ni siquiera se como me dejé cautivar por canciones que ni siquiera entendía en sus adentros, sino en su aparente y superficial poesía. Después supe que fue valiente, que arriesgó y que amaba su trabajo por encima de todo. Lo que yo no se es si imaginaría la propia Cecilia que su leyenda la sobrepasaría en décadas de admiración.
Hace muchos años, Beatriz Palomo le dedicó un programa monográfico en la inolvidable Radio Ceuta de la Cadena Ser, donde en las primeras horas de una noche tranquila nos sirvió a través de la no menos inolvidable onda media diez o doce temas también inolvidables (redundo a posta, ¡eh!), que entrarían en mi álbum personal e intransferible de sentiminientos. Ese programa afianzó mi devoción por Cecilia y la dejó ahí, subyacente y sobreviviendo a etapas vitales, fases.... hasta el punto de que cada tema o cada frase la puedo asociar de inmediato a momentos o personas que han ido dejando su pequeña-gran huella en mi recuerdo.
Así andamos, y justo cuando llevas un tiempo sin acordarte del ramito de violetas o de la dama absurda y respingada de la canción se activa otra vez el interruptor de la nostalgia y vuelve Cecilia. Y ojalá vuelva siempre, pues mientras provoque sensaciones difíciles de explicar será la señal inequívoca de que en nuestro interior sigue fuerte y muy viva la capacidad de emocionarnos.

lunes, 7 de octubre de 2013

Amanece color negro

Lampedusa se repite una y otra vez en todas las costas. Incluso frente a la playa donde todos nosotros nos bañamos felices en verano. El mar se llena de muertos pero todo el mundo mira hacia otro lado. Todo el mundo menos aquellos a los que se les revuelven las tripas y el alma al contemplar esta interminable tragedia. El Mediterráneo amanece muchas mañanas pintado de negro, sin horizonte y sin esperanza. Este reportaje (IDEAL) tiene tres años; pero como podéis comprobar nada, nada, nada ha cambiado. 


viernes, 2 de agosto de 2013

La voz del mako

Creía que ya no existían revistas impresas al modo en como lo hacíamos en tiempos de instituto: a tinta negra, de apariencia cuasi fotocopiada, de maqueta más propia de un programa básico de tratamiento de textos... Lo creía hasta que cayó en mis manos 'La voz del mako'. El mako es la cárcel, en el argot normalmente desconocido para el ciudadano de a pie. Más bien no cayó en mis manos, sino que hice ver a uno de los reclusos del centro penitenciario de Albolote que yo quería tener un ejemplar, atraído no solo por la iniciativa -que yo desconocía y que también se plasma en un blog- sino por el contenido que, estimo, un gran sector de la sociedad debería conocer en profundidad y darse cuenta, con ello, que los muros carecen de sentido si lo que se pretende es apartar de la sociedad, 'penar' en el sentido en que se mantuvo este concepto hasta el siglo XVIII o negar la evidencia de que este país debería, de vez en cuando, echar un vistazo a lo que se cuece en el interior de las cárceles.
Y he ahí que yo mismo, como otros muchos compañeros, nos llevamos la gran sorpresa. Es cierto que existe una realidad penitenciaria dura, difícil, sórdida y tremenda, sí. Pero también es preciso advertir que en el actual sistema que rige la vida diaria de nuestras cárceles existe un creciente movimiento que lucha de manera fuerte y valiente por conseguir un mayor grado de integración de la población reclusa, un esfuerzo por trabajar al unísono con esta para que los internos puedan reincorporarse a una vida civil a la que renunciaron o se vieron obligados a renunciar. Por eso mismo llama la atención la creciente implantación de los "módulos de respeto" que proliferan en los centros penitenciarios y que obliga a que internos (presos) y funcionarios a adoptar un rol totalmente distinto al que hemos conocido como la habitual convivencia carcelaria. 
La vida en estos "módulos de respeto" se basa en esto, en el respeto mutuo y en crear un marco permanente de relación normalizada que se aleja y bastante de los estereotipos conocidos y que se adivina como -esperemos que así sea- la tendencia a seguir en un futuro no muy lejano por la totalidad de los centros de España. También es verdad que muchos presos se niegan, de motu propio, a integrarse en estos módulos, pero es innegable que crece exponencialmente la población reclusa que asume una amplia carta de deberes y se adhiere a ese modelo distinto de convivencia señalado.
Pero, en todo este contexto, "La voz del Mako" distrayó mis pensamientos. La revista me pareció, en su apabullante sencillez, lo más sincero que he visto y leído en años. El ansia de libertad se expresa con un intento estremecedor por recuperar el tiempo perdido, resarcir daños y dolores ajenos, la esperanza por una nueva vida... por una nueva oportunidad; y es en esto último donde creo que existe quizá la mejor justificación de la revista: la creencia firme, por parte del recluso, de que la sociedad exterior está dispuesta a dar esa nueva oportunidad a quienes la piden a voces incluso en silencio. 
Pienso entonces en todo ese esfuerzo en los módulos de respeto, o fuera de ellos en la soledad de la celda, en el esfuerzo del recluso que quiere olvidar, resarcir, ponerse en paz con los demás y consigo mismo... pero esto no sirve si la misma sociedad no está dispuesta a abrir mínimamente los brazos. Estamos de acuerdo en que hay miles de casos irrecuperables, tremendos y alejados de cualquier intento ni de auto-compasión ni de compasión exterior; pero también en que miles de personas que hoy sueñan cada noche, tras los muros de la penitenciaría, con la libertad que un día dejaron volar a saber por cuales tristes designios.
La revisión del sistema penitenciario no está solo en manos del legislador, ni dentro de las paredes alambradas de la cárcel, sino en el conjunto de la mentalidad de un país que es capaz de perdonar la actitud criminal y delincuente de cientos de auténticos sinvergüenzas que nos sonríen cada noche en los informativos, o en los platós de TV, a los que 'perdonamos' con condescendencia, mientras que no somos capaces de reconocer que en el mako ven pasar la vida otros tantos miles de personas normales y corrientes que una vez se equivocaron en su vida y a los que condenamos sin ni siquiera pararnos a saber más nada de nada.
También podríamos hablar de la insultante insuficiencia de personal de la administración penitenciaria, de funcionarios, de psicólogos, de educadores, de sanitarios... de una escandalosa necesidad de ese personal en centros masificados y atendidos por una plantilla que hace años ya era escasa (de manera inaudita) y que contempla con espanto la nula convocatoria ni de oposiciones ni de plazas ante el más que previsible aumento de la población reclusa a causa no solo de la crisis, sino de las anunciadas reformas del Código Penal. Un personal profesional, tremendamente profesional, que está dando la talla mucho más de lo que la ciudadanía es capaz de percibir.
Así vamos. Y mientras tanto quiero sentir y creer en que la insistente esperanza que proclaman todos cuantos firman, hablan o expresan sus sentimientos en "La voz del mako" es una certeza de verdad. Soñar no cuesta nada y más si ello implica creer en una sociedad mejor.

miércoles, 17 de julio de 2013

Pídeme la Luna


Tuvo que ser el día 16 de julio y debe ser, quizá, que aquellas fechas en las que nos es dado a todos la oportunidad de evocar sensaciones -en este caso ancestrales, de mares profundos y lejanos-, son más propicias que ningunas para que desde nuestro interior aflore lo bueno y lo malo, como un manantial subterráneo que sale a superficie a empellones.
Ayer me ocurrió lo uno y lo otro.
Por la mañana me cuentan el último y más desagradable episodio de un auto-calificado “político” de la zona, un ejemplar rara-avis cuya mejor carta de presentación parece ser la escasa capacidad para discernir lo que es moral de lo escatológico y fue entonces cuando mi interior se rebeló. Ayer, por la mañana, estaba convencido de que nuestro mundo (también el cercano) se hunde irremisiblemente en la miseria provocada por quienes nos gobiernan y por quienes aspiran a gobernarnos; sentí ganas de vomitar por ellos y también por nosotros... nos vamos a pique sin un capitán valiente y humano que sea capaz de, al menos, indicarnos el camino a los botes salvavidas.
Pero no.
No nos fuimos a pique. Quiso el día que tuviese la suerte de respirar profundo junto al Carmen de Motril en un barco de arrastre capitaneado por un capitán de verdad, de los que velan por los suyos. Un capitán que se trajo a bordo a un grupo de chavalines que en tan solo diez minutos me cambió por completo el esquema, el razonamiento, la convicción, el entendimiento y hasta la percepción que yo tenía esa mañana sobre la asquerosa condición del ser humano.
Los niños decían “Pídeme la Luna”.
Y la luna obró el milagro durante una travesía mágica, de horizontes de playa y luces cuajados de estrellas, fuegos artificiales y leyendas de sirenas. Una noche de vítores, aplausos, risas, música de a saber que tiempo y lágrimas tan sinceras como el grito de “¡Viva la Virgen del Carmen, me cago en Dios!”.
Todo se me hizo increíblemente cercano, brillante, grandioso y también un punto doloroso. Varias enfermeras de la unidad de Oncología del Hospital Infantil de Jaén me regalaron la certeza de la existencia de la autenticidad de los corazones entregados, voluntariosos y ansiosos por regalarle un poquito de magia a quienes más lo piden, aún sin pedirlo. En este caso diez niños que durante unos días han permanecido en la Costa de Granada, buscando el beneficio anímico y vital de la playa, la luz y la alegría.
El Patrón del barco se los trajo a todos. Y la travesía fue de ellos. Soñaron, se rieron, emocionaron, vibraron y no daban crédito al aluvión de sensaciones de una noche de mar de plata y estallidos en el cielo. Unidos en un lema, identificados con su camiseta roja, esos niños y sus enfermeras me hicieron ver durante esas cortas horas en que el mundo merece la pena a pesar de la mala casta de gentuza que nos tiene en sus manos; que merece la pena ayudar y regalar a manos llenas pese a que por otro lado quien no tiene corazón nos pisotee.
Ayer negué por la noche lo que afirmé por la mañana. Creo en todo lo posible e imposible. Y se que esos niños fueron inmensamente felices durante el embarque y la travesía. Aún los veo con sus bengalitas, aún los veo comiendo nubes dulces, aún los veo embebidos cuando izaron a bordo a la Estrella Sublime de los Mares eternos.
Y toda esta maravilla humana sucede en este estercolero de mundo que nos ha tocado vivir.
Solo espero que en adelante haya muchas más personas como esas enfermeras de Jaén, capaces de dar tanto amor y corazón. Solo espero que haya tantos patrones como Antonio, el capitán del 'Maruja y Antonio' y que a tantos como niegan lo humano y se retuercen en el barro de su propia corrupción que se hundan para siempre en un océano de odio.

Ayer fue, de verdad, muy de verdad, un 16 de julio.

lunes, 15 de julio de 2013

La estela que se perdió en los mares

‘Safe to Sea’, un sistema de seguridad para marineros que caen por la borda

Se trata de un dispositivo de localización GPS integrado en el chaleco salvavidas que alerta a los barcos cercanos. Costará, de media, 3.300 euros a cada embarcación (IDEAL . 13 de noviembre 2012)

Leo la noticia y no puedo evitar lanzar una larga y profunda mirada al horizonte de un mar más negro que ningún otro mar. Una noche muy negra en torno a la cual, ya durante un par de profundas y silenciosas décadas, una familia entera se habrá preguntado miles de veces donde y cómo Juani se perdió para siempre. Yo lo recuerdo, pues tendría ahora mi misma edad. Me contaron que cayó al mar y en aquel momento una punzada terrible pensando en la soledad última del joven, en las soledades de años de ausencia sin tumba para los suyos, en la crueldad de un destino incomprensible que no tuvo piedad. El fue uno de tantos que dejaron su estela perdida en los mares; pero no mereció quedarse allí, sino gastarse a manos llenas su derecho a contemplar cientos de atardeceres faenando, pero con la certeza cumplida de volver a casa para dar un beso a su madre.
Este verano recordé el suceso del que no pudo darse más explicación que un doloroso interrogante. Se ahogó en el mar. Ya está. Terrible. No quiero imaginar cuantos llantos y gritos se escucharon en las orillas de El Varadero tras la llegada de la silenciosa noticia. No se como fue, ni quise saberlo. Solo he pensado durante mucho tiempo en qué y cómo fueron los años siguientes cada vez que el cielo pintaba rojo en la caida del sol, cada vez que una luna profunda hacía inevitable una oración mirando hacia un horizonte nebuloso o cada vez que una flor navegaba solitaria, flotando entre suspiros para llegar hasta el alma de aquel joven que un buen día, sin más, se fue.
Me decía mi amigo Juan  "cuantos años han pasado, ya. Cuantos..." y dejaba caer los puntos suspensivos como advertencia cabal de que no deberíamos bucear en dolores que se perdieron como un eco allende el océano. Y llevaba razón, aunque ambos sabemos que las cosas de la mar, de la gente de la mar, se clavan con una fuerza extraordinaria en el corazón de quienes cada día y cada larga madrugada se juegan cartas de muerte en una extraña e irresistible baraja, pues para ellos el mar es la mar, es la hermana; la amiga, la madre, la esposa...
Hoy, al leer la noticia de un invento que a buen seguro evitará tragedias innecearias, evitará años de soledades y lágrimas contenidas cada 16 de julio, evitará que madres y esposas se pasen media vida mirando al horizonte con la vista perdida... Al leer eso me he acordado de aquel joven al que muchas veces vi reir de manera limpia y diáfana; y también he pensado en una familia que siempre ha llevado su recuerdo grabado en el corazón.
Hoy, mi reflexión va por Juani. 

jueves, 11 de julio de 2013

Miguel Angel

Nunca te conocí, ni supe de tu existencia más que los retazos a empellones que nos servían a bocajarro las noticias, primero y los estremecedores directos que fueron entrándonos a todos en el alma como si nos disparasen con metralla a corazón abierto. 
No queríamos escuchar -sí, escuchar y no oír- los informativos. Conocí el miedo por primera vez pero necesitaba estar pendiente cada segundo de aquellos dos infames días... solo por si al final se abría paso, también a empujones, la esperanza. 
Era para mí un año feliz. Un verano feliz. Pero nunca olvidaré una noche en la que todos los fantasmas nos susurraron cosas terribles a tantos millones de seres humanos que lo único que hemos querido es vivir en este País y vivir en Paz.
No escogí España para nacer, pero aquí estoy. Pero no quiero la España ni de los dos odios ni de ningún odio. No me alineé jamás con nada ni con nadie, pero he sufrido cuando me ha tocado sufrir por los que sufren. 
Lo que le ocurrió a Miguel Angel nos atravesó a todos a la vez. Sentí desde mis adentros tanta impotencia que no tuve ni siquiera deseos de condenar con insultos a sus asesinos; creí hasta el último instante que aparecería maniatado y vivo en algún bosque de la tierra por la que luchó y a la que al final regó con su propia sangre. Sentí que su liberación, sano y salvo, abriría un camino de entendimientos, de perdones difíciles, pero perdones. Creí que llegaría el momento de ir pasando páginas de entrañas arrancadas y sudores de muerte para que España recobrarse su pulso. 
Pero no.
Como tantos otros millones de personas; esa noche no supe que hacer, ni que decir, ni que pensar. Recuerdo que no pude evitar apagar las luces de casa y en la penumbra cálida de una noche triste de verano  encendí una vela y la coloqué en la parte más visible de mi terraza. 
Nunca había rezado por nadie ajeno a mi vida. Pero esa noche lo hice con tanta o más fuerza que si se tratase de mi mejor amigo.
Esa luz, como tantas otras apagadas a destiempo y con la fuerza de todos los males arraigados en lo más profundo de quienes defienden causas inexplicables e incomprensibles para todos los seres humanos, se apagó como un quejido hondo, trágico, insondable, injustificable... absurdo.
Fui, fuimos, incapaces de escuchar más... pues desde ese momento empezamos a oír. Ausente la esperanza anidó en todos nosotros el vacío, ni siquiera la desesperación... el vacío.
Nunca ví a tanta gente llorar sin llorar. Pues el llanto no había sido invitado nunca para acabar esta historia que se nos clavó como un punzón de acero y que cada año, cuando llega este día, se revuelve en los adentros de este país para recordarnos lo vulnerables que somos, la poca altura que hemos tenido en muchos momentos históricos, la fuerza que nos falta para aplastar a quienes siempre han pretendido acobardarnos con el miedo y la muerte... Sin embargo, eso sí, esa larga e interminable noche tuve plena consciencia de que por unas horas todos, todos, todos, habíamos sido hermanos y como hermanos luchábamos en silencio para recuperar a Miguel Angel Blanco. 
Nunca te conocí. Ni supe antes de tu existencia. Pero ahora espero que por muchos años que pasen nada ni nadie nos haga olvidar tu nombre. 
Allá donde estés, gracias por tu valor y por hacernos pensar que no todo está perdido.
Hasta siempre.

jueves, 27 de junio de 2013

Versos cantados detrás de las rejas

Nunca escuché a un hombre hablar con tanta devoción de la Justicia, pero de la auténtica justicia. El profesor José Antonio Sáinz Cantero era la antítesis de lo que el pensamiento de un joven universitario podía pergeñar sobre la figura de un temible y sobrio profesor. Pero nada de eso, su ejemplarizante humanidad la utilizaba a diario para insuflar a sus alumnos una increíble sed de Justicia Social, de Justicia Justa. Sáinz Cantero era capaz de cautivar a un auditorio de 400 alumnos solo con su estremecedor relato de las horripilantes penas a que eran sometidos los hombres y mujeres apresados y “encarcelados” hasta bien entrado el siglo XVIII. Imperaba un modelo de justicia inquisitorial, en el que jueces-fiscales y abogados se asumían por un único y funesto personaje más preocupado en echar carne al fuego “purificador”, en el tormento de no pocos inocentes, en dar contento a un Dios vengador que en impartir justicia. Hablaba Sáinz Cantero, con no poca admiración -que a mí personalmente me valió para no olvidarlo jamás- de la rebelión del jurista y economista italiano Césare Bonesana, al que la historia y los alumnos llamábamos más cómodamente el Marqués de Beccaria. La intervención de este personaje en la historia de la justicia fue tan crucial como el poner freno definitivo al horror de los vergonzosos juicios-autos de fe que llevaron a la muerte a miles de seres sin culpa en todo el continente europeo. A final del siglo XVIII, el autor del tratado “De los delitos y las penas” seguramente no era consciente de la decisiva influencia que su obra iba a tener para que acabase el genocidio disfrazado de Justicia que se impartía con asquerosa discrecionalidad y absoluta parcialidad.
Ayer mismo volví a encontrarme con el legado de Beccaria. Su carta de presentación fue la cruel pero real descripción del tormento, suplicio y muerte aplicado a un reo condenado a la pena capital, allá por 1.700. La fidelísima descripción del marqués ha servido para ilustrar a la sociedad moderna de como las gastaban “sus señorías” en la época referida. El relato, ni que decir tiene, emocionó a no pocos de los que hemos participado en los cursos de verano impartidos en el Centro Penitenciario de Albolote (Granada), mientras que muchos de los internos compartían con nosotros las ponencias, mesas redondas y... por supuesto, el relato escalofriante de lo que hacían hace un par de siglos con aquellos que -simplemente- tenían mala suerte.
Desde luego, yo no se que propósito redentor pretendía aquella In-Justicia. Lo único que se es que llegar hasta donde hemos llegado hoy y bajo una cobertura constitucional ejemplar es el resultado de muchos triunfos, del sentido común, de la cultura y por supuesto del alejamiento de una fórmula peligrosa: “la justicia no puede aplicarse saliéndonos de las tripas”, tal y como subrayaban los ponentes.
Ahora, sin embargo, en un momento en que la abogacía española mira con mucho recelo el anteproyecto de Código Penal que elabora el Ministerio de Justicia, que provocará -pienso- una peligrosa fractura social; ahora, en un momento en que cualquier ciudadano sin la más mínima preparación se cree en la posesión de la verdad judicial sin más argumentos y pruebas que lo que berrean los programas basura; ahora en que los más mediáticos casos están ocultando el verdadero bosque donde anida la auténtica preocupación social; ahora... va un interno y para concluir una de las tres intensas jornadas rompió el fantástico desarrollo de las sesiones con una dosis de magia que saltó por encima de los muros del centro penitenciario; no diré su nombre, solo que es un joven moreno al que no le pregunté los motivos que le habían llevado allí, sino el cómo era posible que cantase los versos de Federico García Lorca con tanta pasión como yo nunca lo había escuchado -y sentido- antes. Creo que en ese momento entendí el flamenco, como entendí el sentido reeducador y reinsertador de una pena no entendida como tal, sino como nueva oportunidad que muchas veces entiendo que es difícilmente entendible por una sociedad que ha sido herida profundamente en cualquiera de sus bienes jurídicos protegidos; pero una sociedad que no puede responder con la barbarie, con el holocausto, con el mismo crimen que dice combatir... con las armas desoladoras que utilizó durante siglos y que hoy denostamos.
Aquella música que salía del centro de Albolote era un mensaje claro de que a pesar de que la impartición de justicia y la realidad penitenciaria han cambiado muchísimo a lo largo de las últimas centurias, es preciso dar un nuevo salto que en absoluto debemos dejar en las manos siempre oportunistas de gobiernos interesados que promueven reformas a golpe de rédito electoral.
En estos días, se me ha hecho muy presente la voz del profesor Sáinz Cantero; quien desde su humanidad creyó firmemente en un modelo de justicia que debe seguir avanzando en el tiempo. Yo, así lo creo.

P.D. Gracias al Centro Asociado de la Uned de Motril (Granada) por promover un curso de auténtica altura de miras.

lunes, 3 de junio de 2013

¿Esto es un columpio?


Con la que está cayendo muchos pensarán -abiertamente- que debo de ser algo lelo viniendo a preocuparme de los burros. De simples burros. De antemano también estoy seguro que muchas mamás y papás sin ningún tipo de conciencia blandirán la sonrisa y la felicidad de los niños para justificar este continuo, permanente, arrollador, injusto y hasta blasfemo atentado contra la dignidad animal. Ahora me saldrán los indecentes de corazón para reírse mientras piensan en peleas de gallos y matar perros.
Pero yo me niego. Me negué al subir a cualquiera de mis hijos a estos pobres seres que no le han hecho nada malo a nadie... al contrario, nos regalan su mansedumbre, su preciosa y triste mirada y su apabullante ternura para que la pisoteemos a discreción en medio de un atronador chillerío, de una música insoportable y de dar vueltas amarrados por arneses a una rueca que gira y gira... y gira y gira...
Sin duda alguien defenderá esto como un medio de vida y por supuesto lo respeto. Y también me llegarán los que digan que estos animalillos tienen 'calidad de vida', bien alimentados, bien aseados... No lo pongo en duda lo más mínimo, pero... Ya me gustaría ver a los que defienden esto atados en el salón de su casa y girando día y noche en torno a la mesa camilla, con un niño vestido de flamenco encima pateándoles la barriga.
Una vez más yo me rebelo contra esto. Y me rebelo contra los responsables de fiestas de todas las fiestas posibles por no impedir estos y otros acontecimientos festivos en que que la felicidad de todos se basa en la tristeza y hasta en la demencia del sufrimiento animal.
Algunas veces pienso que lo mejor que podría pasarnos es que la naturaleza se rebelase contra nosotros.
Pronto los tendremos por aquí, por estos lares costeros donde desde que tengo uso de razón estos caballitos que siempre corretearon en los sueños infantiles vienen a dejar su estela de padecimiento. Pero allá donde vayamos, allá donde una feria se anuncie con su carrusel de estrellas y luces, allí estará el abatimiento, la sinrazón  y lo que -sencillamente- ni yo me explico ni nadie me ha podido explicar nunca. 
¿De verdad a esto le llaman columpio?.

miércoles, 24 de abril de 2013

Morir de amor


Es imposible no cerrar los ojos durante unos segundos una vez se ha leído o escuchado la terrible noticia. Terrible por muerte y terrible por ser secuela de otra muerte. Se puede discernir o especular con las causas pues nuestra sociedad actúa en estos casos como espectadora cotilla, como sucia vecina chismosa... pero yo me quedo con el pensamiento puro y limpio de la muerte por amor. ¿Acaso no se concibe hachazo más profundo y doloroso que la muerte de un hijo?. Es imposible que el ser humano, valiente y capaz de resurgir una y mil veces de las cenizas de todas sus desgracias, no sucumba ante la tragedia de sus seres más cercanos, de aquellos que son de su propa sangre, de aquellos a los que un día susurraron cancioncillas para dormir, a los que estrujaron una y mil veces comiéndoselos a besos, a los que llevaron de la manita al cole y a los que tantas veces dijeron “buenas noches, mi amor” antes de apagar la luz...
La luz se apagó para el pequeño un día de mucha luz, risas y magia. El vacío siguiente fue primero desolador y, después, pasó a ser un abismo sin salientes donde agarrarse para salir a respirar. El silencio, la pequeña y a la vez inmensa ausencia, el eco de sus gritos de crío juguetón y feliz; el olor de su ropita, la sillita vacía, el cuaderno pintorreado y sucio de manos de chocolate. Los besos pequeños y nerviosos que ya no son ni serán...
Su madre habrá soportado lo que su propio cuerpo haya soportado; pues estoy seguro que el alma se le fue el mismo día, el mismo instante en que la sonrisilla despareció para siempre. Hoy esta mujer ha muerto, posiblemente agotada de tristeza. Extinguida cualquier esperanza de volver a abrazar al pequeño.
En nuestros días, en nuestro increíble e insensible modo de trivializar la muerte de los demás, esta me ha sorprendido profundamente, me ha dolido y me ha hecho reflexionar en torno a la fuerza del amor.. y a pesar de lo sucedido, estoy plenamente convencido de que ni la muerte, ni la oscuridad, podrán jamás luchar ni vencer a un amor pleno que desde hace unas horas juega, se abraza y se ríe a carcajadas en el prado inmenso y feliz de la eternidad.


LA NOTICIA (Ideal): http://www.ideal.es/granada/rc/20130424/sociedad/madre-cabalgata-nino-201304241128.html

miércoles, 10 de abril de 2013

Ondas en el corazón

Contaba un amigo una anécdota que, por complicada, puede resultar increíble; pero dejo a la imaginación del lector el discernir sobre la veracidad (preciosa, por cierto) del relato: navegaba, mar adentro y muy alejado de tierra, una fragata de la marina española con toda la marinería -de reemplazo- a bordo. Entre ellos un joven motrileño. Alguien advirtió al joven que tras el horizonte se ocultaba su hogar y todo ilusionado intentaron sintonizar la emisora local que ya entonces (principios de los ochenta) emitía desde el 102.0 de la FM. Radio Motril - Cadena Ser. A pesar de la lejanía, de las brumas y de los destellos marinos en aquel receptor del barco entró la señal como un cañón, justo en el instante en que una voz femenina (la de una extraordinaria mujer, Mari Pepa Gómez, de la que otro día hablaré largo y tendido) daba lectura a algo que dejó atónita y perpleja a toda la pléyade de marinos... "ha fallecido en Motril, a la edad de ochenta y un años D. Fulano de Copas.. más conocido como Pepico el de la Moscarda...". Hace tantos años que me lo contaron que efectivamente se ha desdibujado en mi memoria la historia, pero si fue tal cual daría lo que fuese por ver la cara del joven motrileño y la de la carcajada que tuvo que dar la guarnición en pleno. Pero la anécdota (en la que me he inventado el nombre y el apodo, pero tan cierta la necrológica como la vida misma) no diluye la magia de esta situación, en la que en la lejanía alguien busca de manera consciente encontrar el dial que le conecte con lo suyo, con su gente, con su ciudad, con lo cercano. La radio de andar por casa y la que siempre cautivó al oyente. 
Precisamente, recordé en estos días otro relato tan precioso como evocador. Se publicó en un libro de las fiestas hace tropecientos mil años y en él el periodista José Martín González, que posteriormente fue nombrado cronista oficial de Motril, recogió un episodio acaecido seguramente entre el final de los años 50 y comienzos de la década siguiente del pasado siglo. Por un extraño prodigio temporal, climático, terráqueo o... mágico, un pequeño mercante que navegaba en aguas del Caribe consiguió sintonizar, como un eco de otro tiempo, una emisión de la extinta Radio Juventud de Motril, a miles de kilómetros de distancia. Pepe Martín me dejó literalmente embebido en esa historia que para muchos puede resultar poco creíble, pero que yo si creo como cierta. La radio es una ráfaga que no conoce ni fronteras ni límites temporales o geográficos. De hecho, en mi niñez, una noche de verano oscura como boca de lobo y en el fresco de una casita de playa junto a Poniente, un receptor multibanda nos sorprendió como un confidente misterioso cuando lanzó -a más de la una de la madrugada- su llamada al orden: "sintonizan Radio San Sebastián". Yo no se cuantos kilómetros mediaban entre la pequeña ciudad del sur de Granada y la Bella Easo, pero a mi me pareció escuchar una voz del otro mundo... Mi padre dijo que las nubes rebotaban la señal desde la otra punta de la Península y yo, claro, acepté esa sencilla y evasiva explicación. Otra vez fue Radio París y su diario hablado en español o Moscú.... Ahora, internet nos ha puesto en la mano la inmensa posibilidad de bucear en las ondas desde el teclado del portátil; yo mismo me sorprendí sonriendo una noche en Berlín mientras escuchaba a Iker Jiménez en directo desde España; es cierto que todo es inmensamente fácil ahora,  y me encanta que así sea, pero no por ello muchos de los que hemos tenido la suerte de ir viviendo en primera línea esa transición tecnológica vamos a olvidar que la radio ha sido más que un medio de difusión, una especie de varita mágica que podía sorprenderte en cualquier momento, atraparte y engancharte de por vida. Cuando movías la rueda que cambiaba de dial y la lejanía te metía interferencias impertinentes, agudizabas el oído con una ansiedad en la que yo mismo me reflejo ahora cuando tenía diez o doce años. Y que me digan lo que quieran, pero me enseñaron más mis viejos aparatos de radio, el compacto posterior o la mini-cadena chorizaca que me compré (antes de dar paso al ordenador) me enseñaron más y me aportaron más que todos los libros que he estudiado en mi vida y que han sido unos cuantos.

martes, 29 de enero de 2013

Infinitamente pequeños

Idealizamos a los personajes que marcaron nuestra existencia, sobre todo si nos gustó su obra y si fallecieron años atrás. Es el caso de Carl Sagan, a quien tras ya algunas décadas de haber saboreado hasta el dulce empacho su serie 'Cosmos' no veo el día de ponerme a visionar, de nuevo, esa colección de cd's que atesoro como un gran legado cultural. Quizá me entra el temor de enfrentarme a mi propia adolescencia, en la que la visión infinita, las preguntas más infinitas aún, el miedo aún más certero a lo desconocido mezclado con la fascinación absoluta por la profundidad cósmica... Carl Sagan fue mi maestro de las horas tranquilas, el que me enseñó a mirar al cielo cada noche de verano o de invierno hasta sentirme tan irresistiblemente cautivado por el firmamento que me fastidia que muchas personas pasen por este mundo sin mirar nunca hacia arriba, desperdiciando suspiros eternos y miradas que perforan todo lo conocido y desconocido. Con Carl Sagan aprendí a soñar en el ruido del Cosmos, en el sonido de todas las generaciones y las historias posibles sucedidas y por venir; en los mensajes lanzados a la profundidad estelar en naves espaciales ya primitivas; en los ecos de las ondas de radio adelantándonos en el vacío y llevando nuestra voz a otras épocas pasadas o presentes, por mor de los agujeros de gusano, de incomprensibles bilocaciones espacio-temporales. De caprichos del Big.Band. 
Cada vez que Sagan sonreía y se preguntaba de manera cadenciosa ¿a donde vamos?, ¿de donde venimos?, ¿estamos solos?.... yo guardaba silencio y me recreaba en su fantástico navío recreado por efectos especiales que hoy provocarían cierta hilaridad, pero que como decía anoche Iker Jiménez era tanta la grandeza y la sapiencia de Sagan, su manera de conectar con todos nosotros que todo eso se supera y su obra, su reflexión sobre todo lo visible o invisible permanecerá inalterada durante muchas generaciones.
Por eso, cada vez que mi memoria me devuelve aquella preciosa música celestial, mientras retumbaba cadenciosa la voz traductora diciendo aquello de... "en la orilla de un océano cósmico", siento un escalofrío y siento una necesidad imperiosa de irme a la playa en una noche fría de invierno o pegajosa de verano -como tantas veces hago- simplemente por ver como la espiral de la Vía Láctea cruza todo el cénit hasta sumergirse en el horizonte, haciendo mucho más increíble su potencial evocador. 
Hay cosas que se graban en la primera parte de tu vida. En la mía, por fortuna, hizo escala un navío espacial comandado no por un científico, sino por un clarividente de la existencia humana y de su infinita pequeñez ante lo más grandioso, lo más inexplicable y lo más emocionante que los seres humanos podremos contemplar jamás: el espacio... y este suena muy bien en nuestros pensamientos.