viernes, 30 de noviembre de 2012

El beso

Hubo muchas tardes de suave y caluroso atardecer en las que cuidábamos con mucho esmero nuestra apariencia. Hasta un mechón rebelde nos podía situar al borde del precipicio del ridículo y a mi me importaba mucho lo que pensara al verme cuando iba a recogerla... bueno, a recogerlos pues salíamos todos juntos en una extraña y curiosa pelotera. Adolescentes y niños (los hermanos pequeños, claro). Tonteábamos los mayores e incordiaban los renacuajos con las pedradas y los gritos. 
Me recuerdo fresco, oliendo a colonia, con un pantalón de pinzas y moreno-renegrido de tanto empacho de playa, mar y sol. A mi me gustaba tenerla cerca, escucharla reír y ver como daba melenazos al viento. Era una mujerona en la que aún mandaba una niña... pero a mí me embobaba. Me parecía ágil, ligera, encantadora y sabrosa. En las fotos de grupito siempre estábamos juntos.
Con el final de las vacaciones cada despedida, con cada año que íbamos sumando, nos iba separando un poco más como planetas que orbitan cerca y se van distanciando en el espacio de la vida adulta, de los olvidos de promesas juveniles y de los que nunca llegaron cobijados bajo el espejismo de un amor platónico jamás correspondido. Una vez discutimos por una nimiez y en el último día de unas vacaciones ya lejanas la vi marcharse sin un adios, lléndose, con aquel contoneo que me quitaba la respiración, me hacía sentir imbécil y me hacía salir las hormonas a presión por las orejas. Aquel día sentí un nudo en la garganta pues tuve la certeza de que se cerraba, para siempre, nuestra adolescencia febril.
Ahora, en un invierno incipiente de 2012 la vi pasar ante mí, pero ella no se dio ni cuenta... yo creo que no sabía ni a donde miraba. Pasó toda nuestra lejana adolescencia ante la visión oculta de mi memoria bien guardada. Reparé en que nunca volvimos a hablarnos desde aquella despedida muda y mi siguiente visión desde entonces se producía ahora, la de una mujer gastada, de párpados hinchados, de pelo ralo que antaño era mesado con la feminidad justa y necesaria para hacerme perder algo más que el sentido común. Sentí un vergonzoso alivio al comprobar que no me reconoció, que fue incapaz de ver en mí al niñato que la seguía bebiendo todos los vientos cada vez se ponía el vestido rosa y se volvía de espaldas...
Lo suyo, me contaron, fue un serial en el que la protagonista se quedó para siempre a vivir en una chabola de desventuras. Un palo detrás de otro. La suma de tantos errores que las cuentas no saldrían nunca... Aquella niña guapa, lozana, de risa escandalosa y olor a vida por construir no es hoy más que la víctima de una terrible crueldad del destino.
El otro día la vi en la calle, supe sin preguntar que ella lleva años sin sonreír ni soñar. Supongo, y no me equivoco, que se limita a sobrevivir con la desesperante sensación de haber vivido ya por adelantado hasta su propia decadencia y soledad.
Me hice el tonto, lo siento... pero tal vez sentí mucho más el no haberle deseado suerte en sus años venideros y, sobre todo, haberle dado aquel inocente beso de despedida que nos faltó y que ambos quizá necesitamos en esa lejanísima tarde en la que un absurdo cabreo nos hizo despedirnos sin un adiós siquiera. 
Ojalá algún día le vaya muy bien.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Miliki


En los últimos años las apariciones de Miliki, con motivo de alguna entrevista en televisión, se habían ido distanciando en el tiempo. El seguía haciéndose mayor, mientras que en paralelo vivía en nosotros su imagen en blanco y negro. Desde que este país supo de su fallecimiento, las redes sociales se han llenado de mensajes y proclamas nostálgicas que enmascaran, bajo la fachada divertida y entrañable de las frases y gritos típicos de nuestros payasos de la tele, el ferviente deseo de una generación entera de no reconocer que también se ha cerrado para siempre una etapa de nuestra vida.
A todos nos tocan en el corazón los payasos de la tele. Sus canciones hoy añejas pero que nos ponen un nudo en la garganta cuando nuestros sentidos nos colocan, gracias a una emocional máquina del tiempo, en el saloncillo de nuestra casa; recién levantados de la siesta del sábado cuando nos sentábamos en el sofá, bien calentitos en la mesa camilla, con las arrugas de la sábana aún impresas en las mejillas y la voz de nuestra madre preguntándonos si queríamos merendar...

Era la hora de los payasos. Y siempre ocurría lo mismo. La historieta, el lío y todos corriendo unos detrás de otros, dando vueltas. Luego la canción final... canciones que aprendimos y que fueron poniendo fondo musical a los instantes más entrañables y domésticos de nuestra infantil existencia. 
El día que murió Fofó fue una tragedia nacional. La muerte de Miliki es el adiós definitivo a nuestros mejores años, a aquellos en los que pintábamos los sueños de fosforito y nos dejaban regusto de phoskitos.
Este hombre, cuya foto inunda hoy todos nuestros espacios mediáticos, se marcha para seguir actuando en nuestros pensamientos desde la eternidad de las sonrisas puras. Tras él se cierra una época que olía a dulce, a cariño, a hogar, a juegos reunidos Jeyper, a mantecados la perla, a bolsas de agua caliente y sobre todo, sobre todo, a la seguridad y la felicidad que suponía para nosotros el sentirnos queridos por los nuestros. Todo esto me ha hecho evocar, hoy, Miliki.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Navegando en el recuerdo


Leo la noticia y no puedo evitar pensar en los sufrimientos que se evitarán. Pero también he mirado hacia atrás con cierto temor y he vuelto a sentir el mismo escalofrío que hace más de veinte años cuando me dispararon a bocajarro aquella espantosa historia.
Me he preguntado muchas veces como y de que forma su familia ha sido capaz de contemplar el horizonte del mar cada vez que la tarde se dormía a poniente, en aquella línea rojiza que el destino convirtió en lugar de descanso eterno para aquel joven que, en su plenitud, bregaba en las faenas que pocos a su edad querían y que a él, simplemente, le costaron y le cortaron un futuro de muchos más atardeceres desde la borda, de muchos regresos y de muchos besos a su madre tras una jornada agotadora.
Dicen que cayó al mar. El destino fue de una crueldad inimaginable y desoladora. No quiero ni imaginar los llantos y los gritos perdiéndose mar adentro desde las orillas de la gente honesta y humilde de El Varadero. No quiero imaginarme en los años de soledad de los suyos, en las preguntas sin una sola respuesta lógica, en las emociones mordidas cada dieciséis de julio, en el dolor profundo, oscuro y frío en el corazón de quienes tanto le quisieron y le quieren.
Me contaron lo que había ocurrido a Juani y durante mucho tiempo pensé en él, en la última vez que le vi allende los años de jovenzuelos, mucho antes de aquella última partida que dejaría su estela perdida para siempre más allá de donde una vez situaron los confines del mundo.
Hablé de ello este verano con mi amigo Juan, buen conocedor de las familias y formas de ser de la gente de la mar. Y me hizo sentir la sensación de que aquel tremendo suceso debe continuar su viaje marítimo y seguir alejándose en el tiempo, pues ya hubo suficiente dolor. Llevaba razón. Prefiero sentir y creer que aquellos que detuvieron sus vidas en seco al recibir la noticia hoy contemplan con serenidad las noches largas y densas en las que la luna baña de brumas la lejanísima línea del horizonte y piensan con cariño en aquel joven que hoy navega feliz en el recuerdo de cuantos le quisieron.
Hace ya mucho, muchísimo tiempo que se hundieron las flores lanzadas al mar en su memoria. Ese mismo tiempo ha surcado ya muchas veces todos los mares del mundo pero como un eco ancestral nos trae y devuelve los ecos de las ausencias, pero esta vez con toda la dulzura y amor que pueden envolver un recuerdo, con una fuerza poderosa e inexplicable que solo posee la gente de la mar, los que la han vivido y los que la han sufrido. Como Juani, como su familia, como tantas familias que lanzan una oración mirando al horizonte, justo en el instante en que las estrellas parecen bajar para navegar en la estela que dejó aquel joven marinero.
Hoy, la noticia (Ideal. 13 de noviembre) me ha devuelto su recuerdo. Ojalá muchos sufrimientos puedan evitarse en el futuro.

http://www.ideal.es/innova/empresas/20121113/safe-201211130810-rc.html

Se trata de un dispositivo de localización GPS integrado en el chaleco salvavidas que alerta a los barcos cercanos. Costará, de media, 3.300 euros a cada embarcación




martes, 6 de noviembre de 2012

Pre-Navidad

Ikea se empeña en uniformar nuestras navidades, después de haber 'asuecado' los hogares de millones de españoles. Tampoco pasa nada, claro, pero lo cierto es que los ciudadanos de a pie tendemos a ser cada vez un poco más bobos, alienados y homogeneizados. Mientras, Judit Mascó se afana en edulcorar nuestros mejores momentos haciéndonos creer que el bomboncito dorado es sinónimo de fiestas pijas donde las copas se cogen dejando tieso el dedito meñique y todos van pulcramente vestidos... todos divinos de la muerte, ji-ji, ja-ja. 
Ahora que aún estamos a tiempo, que falta mes y pico, tal vez seamos lo suficientemente originales para preparar arreos navideños propios y esperar con mesura y paciencia a que llegue la época. Ni nos tenemos que comer ahora los mantecados del Mercadona o Carrefour, ni hay que poner todavía los arbolitos dorados. Por tanto, aún disponéis de unas semanas en las que pensar en personalizar vuestras fiestas navideñas, vestirlas de la sencillez que jamás debió abandonar el auténtico carácter de estas y dejarle al Ikea que le ponga los pinitos suecos a algún reno entre la cornamenta. 
Solo si dejáis de arrastraros por la vorágine comercial de quienes solo quieren de vosotros vuestros menguados cuartos, solo si hacéis eso dejaréis de sentiros tremendamente infelices cuando estéis rodeados de abetos de grandes superficies y mazapanes de El Corte Inglés... Lo que verdaderamente os hará felices no está en los anuncios de TV y lo sabéis de sobra.
Un mes os queda. No volváis a errar el tiro como cada año. Feliz pre-navidad.