miércoles, 31 de octubre de 2012

El pañuelo blanco

Foto: F. Anguita
Detrás de una losa seriada de hormigón se esconden los sueños que fueron, las alegrías que se sintieron, las tristezas y un futuro por escribir. Me quedo con la leyenda que reza en el paraje de las Ermitas de Córdoba: "Como te ves yo me ví; como me ves, te verás; todo para en esto aquí; piénsalo y no pecarás". La inscripción, bajo una calavera, es ciertamente evocadora. Nada triste ni mucho menos diabólica. Romántica, sería la calificación.
En estos días todos nos acordamos de los difuntos, de nuestros muertos. Nos volcamos en el ornato artificial de la flor y la visita bulliciosa, honramos externamente la memoria y la ausencia de los seres más queridos. No hay nada más desdeñable, a mi juicio, que esa improcedente y siempre inoportuna frase de "la vida sigue", que acompaña a un entierro. Claro que la vida sigue, es evidente, pero quienes nos importaron siguen con nosotros de mil maneras distintas... A veces los encontramos mientras contemplamos un atardecer o acariciamos a alguien.
Se cambian las flores marchitas por ramos frescos y olorosos. Revolotean hombres, mujeres y niños entre las callejuelas de nichos y tumbas extrañas; rien, hablan y se abrazan ante las lápidas silenciosas de aquellos a quienes una vez besamos y miramos enternecidos.
La vida y la muerte conversan en un marco multicolor que preludia un invierno cercano en el que la esa muerte se hace más fuerte y presente... Pero no creo en la guadaña cercenadora sin esperanza. Prefiero un pañuelo blanco blandiéndose al aire tibio mientras el que se va esboza una sonrisa cómplice y certera de su vuelta, algún día... aunque haya que esperar una eternidad.

domingo, 28 de octubre de 2012

Los horrores de una noche de horror

La emprendimos hace muy pocos años contra la fiesta de Halloween. He de reconocer que yo mismo terminé sucumbiendo a los macabros encantos de un evento al que por encima de todo criticamos su carácter de fiesta importada. Tal vez sea lo de menos, quizá un cambio de denominación para un fenómeno imparable de invasión cultural que tampoco tiene que ser necesariamente destructivo. Veréis, en los tiempos que corren tampoco considero que sea un mal perverso que nuestros críos (en los primeros años) y todos nosotros (en la actualidad) coqueteemos con el horror, la muerte, los fantasmas y 'el otro lado'. Observo con cierta delectación el nerviosismo infantil, las risas, los preparativos, las mascaradas... Ni más ni menos que lo que hacemos en otros momentos del año.
Abominé Halloween y hoy me dejo acariciar por el lado perverso de una luz oscura tras las esquinas de mi barrio... Hoy me siento levemente alienado por un bucle de telarañas o una calavera descolorida... ¿que más da si le achacamos a USA la paternidad de tal descalabro festivo? (que no la tiene, por cierto). ¿Qué mas da si aguantamos una noche de espeluznantes chillidos... como describía maravillosamente Oscar Wilde en el Fantasma de Canterville... ¿Qué mas da...?
Llevo días, meses, escuchando y leyendo lamentos sociales, proclamas angustiosamente negativas que los medios de comunicación se empeñan en meternos entre los pliegues del cerebro para que sucumbamos moralmente aún más a la crisis. Todo alrededor es negro, volátil, mortecino, pútrido incluso... ¿vamos a criticar ahora que durante una noche los niños monten un pollo cadavérico de padre y muy señor mío?. 
Pues yo no.
A pesar de lo que los supermercados y grandes superficies se han empeñado en meternos por los ojos para que consumamos como vampiros ansiosos de sangre fresca... ¿Es que en Navidad no nos convierten en seres ansiosos y compulsivos?.
Lo siento. Esto es lo que hay. Ahora rebuscaré entre las páginas del fantasma triste que nos legó Wilde y copiaré alguno de los disfraces que con tanto horror terminó por cargarse a la anciana Lady Startup, que fallecería víctima de un ataque de espeluznantes chillidos durante la nochevieja de 1764, tras aparecersele el espectro disfrazado de Benedictino Desangrado...
Claro que, a tenor de como está el tema, igual me disfrazo de alguna de sus señorías parlamentarias, que estas si que -de verdad- nos están hundiendo en una oscuridad de la que tal vez nunca volvamos...
Por cierto... mi gata se parece a Cruella de Vil. Con esta me ahorro el disfraz.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Del servilismo a la profesionalidad y viceversa


El ejercer dignamente el cometido de ‘responsable de comunicación y prensa’ lejos de ser un puesto de retaguardia de la profesión periodística ha terminado por convertirse en un bastión donde el profesional tiene, a diario, la responsabilidad extrema de medirse a sí mismo y capitanear sin escorarse un complicado navío que surca dos aguas encontradas: una corriente fuerte, la del propio fin ideológico/empresarial o social del ente al que se debe laboralmente y, de otro, la confluencia bajo las aguas de otra mucho más potente: la ecuanimidad, la integridad, la clarividencia y –sobre todo, sobre todo- la humildad del comunicador.
Un gabinete de comunicación y/o prensa obliga a deberse; pero hasta en esto impera el límite que marca el propio profesional cuyo acertado posicionamiento (desde el principio) ha de ser no solo tolerado sino aceptado por la institución o empresa donde este presta sus servicios. En las paginas digitales, radiofónicas, televisivas, impresas, etc. se vierten a diario mil y un mensajes de los que buena parte proceden de estos gabinetes; desafortunadamente anónimos pues en muchos casos oscurecen la labor de auténticos ejemplos de grandeza profesional; en otros muchísimos, sin embargo, tal anonimato les viene a hacer un grandisimo favor máxime en aquellos casos en que se confunde trabajo con servilismo y creatividad periodística con la adulación barata del político o empresario de turno.
Confieso que se me hunden las tripas cada vez que una nota de prensa –la última, de una Diputación Provincial que no viene al caso ‘distinguir’- se muestra como un panegírico de exaltación de cualidades políticas, se enmascara la realidad y se intenta vender la mentira más descabellada como una verdad transparente. Y digo se me hunden las tripas por que adivino al periodista tragándose su propia entereza y sucumbiendo, simple y llanamente, a la dictadura de un empleo que –más en esta profesión- pende de un hilo.
Hay notas de prensa que destilan un esfuerzo bien hilvanado por contar la verdad institucional o empresarial, pero construida y transmitida con equilibrio, con elegancia, sin complacencia y mucho menos prepotencia. Otras, sin embargo, son meros panfletos que no se los cree ni la criatura que los escribe… Y, por supuesto, mucho menos el receptor.
Quienes conocemos y vivimos de la comunicación sectorial, comunicación empresarial en este caso, somos plenamente conscientes de los riesgos que asumimos; pero nos envalentona el hecho de confiar plenamente en nuestro sentido común, en la amplitud de miras y el no sentirnos jamás vasallos de nadie ni de nada. Hay que ser valiente y burro, sí. Pecar de todo cuanto se puede pecar pues para mantener la dignidad es necesario –en muchas ocasiones- granjearse todos los enemigos del mundo. Yo me los busqué, me los busco sin querer y me honro de ello… pero por eso mismo jamás me podrá echar nadie en cara haberme vendido nunca, ni siquiera en los muy duros años de andadura de los primeros medios de comunicación municipales, aquellos en los que además del trabajo muchas veces ingrato (pero precioso) de tenernos que buscar diariamente noticias donde no había nada de nada, teníamos que lidiar con políticos que –en esa época- descubrieron lo erótico y embriagador que les suponía el intentar manipular y corromper, también diariamente, a profesionales que gracias a esta presión se curtieron y aprendieron a que nadie les tomara jamás el pelo. Yo conocí a muchos de esos políticos, hoy defenestrados y hundidos en despachos olvidados… Hasta tengo que darles las gracias pues gracias a ellos tengo estas espaldas tan anchas.
Nadie vea, pues, acritud. Sino satisfacción. Pienso en tantos compañer@s en gabinetes de prensa, en departamentos de comunicación, y los imagino inquietos, satisfechos con su trabajo y a veces muy indignados con cuanto tienen alrededor y se ven impelidos a transmitir siempre bajo el prisma valiente de su profesionalidad. Conozco a muchos y muchas en ayuntamientos, empresas, instituciones. Algun@s, de verdad, deberían dedicarse a hacer croché o vender chumbos. Otr@s son un ejemplo a seguir y sobrevivirán siempre en el difícil, ingrato, a veces inhumano y casi siempre bellisimo oficio de comunicar.

jueves, 4 de octubre de 2012

Hoy vuelvo a tener ganas de mermelada



Recuerdo perfectamente la textura y el sabor de aquella mermelada casera de albaricoque que le salía tan rica y que conservaba fresquita en la nevera. Y también recuerdo, con tristeza, el día en que por primera vez sentí miedo al probarla. Ya entonces percibí, de un modo claro y rotundo, que aquella cabecica no andaba nada derecha por los raíles de su vida. La vía había comenzado a torcerse de manera grotesca y el futuro de aquella mujer menuda, enjuta y viuda amenazaba ya con descarrilar. Poco después llegaron las manías extrañas, que yo apenas comprendía pero sentía como puñetazos dolorosos; vi como todos a su alrededor iban pasando las fases de la incredulidad, la negación, la frustración, la vergüenza (si, la vergüenza), el rechazo… para concluir en la resignación y en la piedad.
De ser un remolino de mujer pasó a ser una mujer arrastrada por un remolino en el que la fantasía, los miedos incomprensibles, la obsesión persecutoria y aquellas terribles y desoladoras escenificaciones de su propia e hilarante existencia se apropiaron de su mente para devastarla como un ejército de mortales termitas.
De buscarla, durante años, para sentir en mi cara sus manos oliendo a jabón mientras me soltaba su apabullante retahíla de sonrojantes piropos pasé a rehuirla, a esconderme, a sentir un pavor que solo me he atrevido a relatarlo veinte años después, no sin sentir al mismo tiempo un vacío denso en el que puedo escuchar el eco de sus risas a destiempo, de sus explicaciones sobre confabulaciones mundiales hacia su persona, de su obsesión por lo religioso, por el pasado más pasado, de su devoción por el bastón, las gafas y el reloj de quien fue su esposo y del que se olvidó en poco tiempo.
Cuando todo esto ha ocurrido y te pilla a traición en la frontera entre la niñez y la adolescencia, la sucesión de acontecimientos anula cualesquiera otros recuerdos anteriores, más bellos y amables, más de días de luz y sonrisas. Pero yo si he podido hoy bucear en esa etapa anterior y muy en el fondo, a la luz débil de un hermoso sueño de una noche de otoño, encontré varado en el lecho de aquella vida lejana el brillo aún posible de sus palabras coherentes, de su afán de tener limpios y bien alimentados a los suyos… del día que se presentó en mi colegio, a la hora del recreo, y tras las rejas del patio me dijo: “¡mira lo que te he comprado!”… y me entregó el librito nacarado de mi primera comunión, en el que se gastó un dineral y cuyo valor sentimental para mí fue tan enorme que lo guardé para siempre con tal celo, con tal mimo –ajeno a traslados y mudanzas- para hacer posible que mis dos hijos lo llevaran en sus manos llegado el momento, como así ha sido.
Es curioso, ha habido que esperar no muchos años, no, sino una época entera, una generación entera para que en mis sueños haya venido a verme aquella menuda mujer para volver a entregarme el librito. No vino con reproches, ni enfadada por el hecho de que durante un tiempo inacabable, desesperado y desesperante nos abrumara su locura, no. Vino sonriendo, tal y como nos contaron que murió de manera plácida, consumida en sí misma y vestida de blanco hace ahora diecinueve años.
Algo hermoso debe haber pasado, pues en este momento he sentido una necesidad imperiosa de tomarme una fuentecilla entera de mermelada del albaricoque.