lunes, 17 de septiembre de 2012

Una invitación a vivir

Eva Juárez. Atardecer en la costa de Granada y Málaga

No hace mucho -contaba su familia- que decidieron volver a ver una ‘vieja’ cinta de video en la que aquel hombretón parecía haber vivido en otro siglo, pues la imagen se va desvirtuando e incluso que diríamos ‘amarilleando’ por mor de la imperfección analógica. Esa grabación es de principios de los 90, pero cualquiera diría que aquellas risas y brindis pertenecieron a algún festín familiar celebrado más de veinte años atrás.
Cuanta lejanía y cuanta distancia se va imponiendo sobre aquellos que una vez fueron y que ahora viven en nuestros sueños.
El otoño inminente, tan dado a las melancolías y reflexiones existenciales, nos regala sin embargo un precioso y cautivador mensaje, el de los atardeceres eternos y dorados; patrimonio exclusivo de una estación denostada por triste pero que bien podía servirnos a todos como el momento más idóneo del año para tomar impulso y darle a nuestras existencias el empujoncito del que todos carecemos.
El otoño es como una vida que se extingue lenta y cariñosamente, es como un enfermo que expira en el regazo de los suyos; es como esas muertes a las que en soledad replicas con una sonrisa profunda agradeciendo en el alma el haber conocido a esa persona que se ha ido, la gratitud de haber compartido con ella pequeños y valiosos momentos.
A veces es imposible llorar por culpa de la muerte.
Hoy contaban… “ha muerto ese hombre que venía tanto por aquí”. Hice esfuerzos por recordarlo pero me fue imposible; sin embargo pensé en los suyos y en el hueco sin corazón de un adiós precipitado. Deseé que hubiese sonrisas que acompañasen su entierro, sonrisas de gratitud y felicidad.
Hace años me escandalizaba lo liviano de algunas despedidas, las costumbres de fiesta y risas de algunos funerales de otras culturas; pero cada vez las comprendo más y las comparto y todo ello debatiéndome interiormente entre el dolor que con dramática frecuencia acompaña el último tránsito y la necesaria fuerza vital que un ser querido siempre transmitirá por muchos años que hayan pasado desde que marchó a cultivar surcos de plata.
Convencido de esto… no son las fotos ni las cintas de video las que ‘amarillean’; ni parecen añejos nuestros muertos, no. Se avejenta nuestra realidad pues el recuerdo y el cariño no admiten grados de deterioro, pueden surgir con una fuerza brutal en cualquier instante de nuestras vidas, con sus colores auténticos y originales. Cualquier madrugada te despiertas emocionado percibiendo el olor a colonia de flores de tu abuela o a aquel amigo, a aquel amigo…¡joder!, dandote una colosal palmada en la espalda. A pesar de esa prolongada distancia que ya os separa de los vuestros sonreiréis profundamente, como una respiración a cielo abierto
Algo así está pasando estos días, justo cuando languidece el verano y los horizontes se vuelven increíblemente bellos. ¿No os dais cuenta de que el otoño os está invitando a VIVIR?