domingo, 29 de abril de 2012

El eco de lo incomprensible


Cada domingo por la mañana irrumpe en el desierto de ruidos de mi barrio el sorprendente soniquete “¡Atención, atención, ha llegado a su localidad el tapicero….!. El día en que mi hijo mayor me preguntó le dije, con total franqueza, que pensaba que la aparición del tapicero ambulante en “mi localidad’ era producto de la pirueta de un vórtice espacio-temporal, una bromita de alguna loca máquina del tiempo experimentada en los años setenta-ochenta del siglo pasado. Con todo el respeto debido al modo en que esta gente se gana la vida, no dejó de sorprenderme la apreciación de una compañera de trabajo cuando me indicó que en el reclamo de altavoz del tapicero se incluye la reparación de ‘discotecas’. Claro, para cualquier jovenzuelo el apunte puede sonar a chiste, pero a los que hemos conocido la tapicería de skay de los pubs-discotecas y aquellas horrorosas barras de salón que nuestros padres montaban en las casa, la mano redentora del tapicero ambulante se nos antoja hasta necesaria. Si feo era un poyete de skay, decorados con aquellas no menos horrorosas copas meladas con cadenas doradas, imaginaos con la botonadota saltada (seguro que muchos lo estáis imaginando).
Sin embargo, toda apreciación graciosa como la anterior tiene también su ladito chungo. En la conversación sobre el tapicero, en la que ya estábamos inmersas varias personas en el trabajo, se introdujo otra figura unida invariablemente a nuestros mediodías de niñez: la del ‘afilaor’. Imposible no olvidar ese entrañable soniquete de flauta de cañas y el reclamo portentoso de esos hombres renegridos, con gorrilla y mangas arremangadas por encima del codo, “el afilaooooooooooooooooorrrr!”. Las chanzas populares siempre se cebaron con este personaje, que no siempre llevaba perro por mucho que el chiste diga aquello de “tienes más hambre que el perro de un afilaor”.
Pues todavía existen, todavía están en nuestras calles, todavía vienen a tocarle arrebato a nuestro recuerdo, a hacernos evidente que el tiempo ha pasado aunque los guiños temporales sigan produciéndose.
Decía otra compañera algo, sin embargo, que me dio que pensar y que me planteó otro guiño bien distinto. “A mi madre nunca le gustó el afilaor –decía- pues era la señal del hambre”… No hace falta explicar a qué tipo de ‘hambre’ se refiere la generación anterior a la nuestra y la música tan triste que emana de esa afirmación. En ese punto de la conversación, recordé como otros muchos sonidos de la niñez no siempre han sido evocadores, plácidos o incluso mágicos. Hay otros muchos asociados a manchas negras de nuestro pasado que, aún hoy, nos estremecen y nos pintan muy mal nuestra percepción de las cosas. Mis dos ejemplos más claros tienen su origen en la radio: nunca llegué a superar aquel lejano “sintonizan Radio Nacional de España”, lanzado a las ondas con una voz gutural, enunciativa y –como dicen en mi tierra- que no ‘barruntaba’ nada bueno. Me ponía el vello de punta al igual que la sintonía de mediodía de los informativos de la Ser, una música extraña –vigente hasta hace muy poco- tras la que uno vaticinaba el anuncio de una tremenda desgracia mundial. Se ve que en alguna ocasión se dio alguna infame y terrorífica noticia (a oídos infantiles) cuyas consecuencias terminé por asociar de manera perpetua a esos sonidos. Quiso el destino que, muchos años después, fuese jefe de informativos de una emisora de la Ser durante varios años y ni siquiera con esas superase aquel rechazo psicológico a la sintonía que, también por algún capricho del destino, se me hacía más infame los domingos por la mañana.
Vaya usted a saber.
Algo más mayor, durante mucho tiempo me despertaba en plena madrugada el himno del reloj de la junta de obras del Puerto de una añorada ciudad. Aquella música, que cruzaba con sus ecos el encuentro de dos mares, me provocaba la extraña sensación de miedo y soledad que dejó en mí el accidente mortal de un compañero de clase. ¿Qué unía ese sentimiento con ese sonido? No lo se.
En cualquier caso, hoy domingo con tanta lluvia no he escuchado ni al tío de los sillones ni al afilaor. Seguro que cada uno tendrá sus propias historias, totalmente ajenas a una reflexión tan aciaga como esta. Lo dará el nublado, la tristeza y la astenia primaveral, segurito.

lunes, 16 de abril de 2012

¡Haga algo, señor Keating!


Sonrío para mis adentros cada vez que vuelvo a ‘degustar’ la ejemplarizante escena de ‘El club de los poetas muertos’, donde el profesor Keating conmina a sus alumnos a arrancar el indeseable prólogo de un libro de literatura.
La página objeto de escarnio detallaba, en la película, como debe ‘medirse’ un poema para evaluar su grandeza, reflejando esta en un gráfico de horizontales y verticales. Y digo que sonrío para mis adentros pues hace muchos años, creo que en una edad similar a la de los chavales del simpático profesor, me rebelé en clase contra algo que nunca llegué a entender y que se derrama por mi cerebro a debido a mi corto saber en esta materia: la disección métrica, la autopsia del poema…
Y una de dos. O soy un completo imbécil, negado para entender los secretos de la rima y el sentido de la musicalidad, o tal vez pertenezco a un grupo de chiflados y analfabetos que siempre han entendido la poesía como una expresión abierta y transparente del alma, un desgarro sin sangre de un corazón angustiado o extasiado… sin más ataduras físicas que la capacidad de expulsar sentimiento por parte de quien la desliza entre sus dedos después de haber recorrido miles de kilómetros de neuronas henchidas de profundo amor.
Vaya de antemano el hecho de que no es la poesía el mejor de mis medios preferidos para beber de las fuentes de lo mágico o lo amorosamente inmenso; ni siquiera para escribir.
Admiro profundamente a los poetas sin métrica, a los poetas del alma
Desconozco la poesía y por eso mi planteamiento es estéril e idiota. Soy un gran profano en esa preciosa materia; pero no por ello ajeno ni me deja de llamar la atención el que, en aquellos mis años de BUP y COU, se empeñasen en enseñarnos la poesía como un objeto destinado a ser estudiado cuasi matemáticamente, a ser contemplado como un conjunto de palabras entrelazadas cuyo valor radica exclusiva y escandalosamente en el hecho en sí de su distribución ajustada a un inconsistente parámetro de métrica sin alma… Me faltó un profesor o una profesora Keating. Tal vez fuese eso, sí…
¿Acaso el corazón habla ajustando sus latidos a cánones y medidas artificiales?
Cuando alguien llora, ama, es infeliz o se siente pletórico y ese flujo se vierte, se convierte en poesía en lo último que piensa es que el verso no puede exceder de tal o cual, que ha de someterse al dictado de la estrofa, sucumbir a la métrica y subyacer a lo único que parece importar: La forma.
¿Qué mas da, entonces, la corriente subterránea, lo que da sentido a la poesía, su génesis preciosamente interior?
Vuelvo a decirlo, seguro que lo que expreso es una memez.
Prueba de ello es que, después de tantos años, no recuerdo nada de métricas. Si hay algo que se lee en forma de poema, algo que despliega su magia e irradia una escondida emoción, solo ocurre una cosa… o que esta llega a nuestro corazón, como un potente dardo o rebota contra él y se aleja.
Por eso mismo, un día muy lejano de rubor escondido llegó a mis manos un poema escrito en una hoja cuadriculada escondida en una carta de tres días de recorrido postal. Su autora no sabía –afortunadamente- nada de métrica, pero tan grabados quedaron en mí aquellos versos trémulos e inocentes que supe, sin haber leído nunca a Becquer, que un poema podía llegar a ser tan importante en mi vida como el más increíble de esos anocheceres que siempre me han sobrecogido.
¿De verdad alguien me va a discutir lo que es la poesía?
¡Haga algo, señor Keating!

martes, 10 de abril de 2012

Las horas de María


Explicaba María que los niños van creciendo y lo que hay que bregar con ellos cada mañana. María siempre fue una mujer segura de sí misma, de atractiva conversación, discreta en sus apreciaciones, apaciguada sonrisa y una perfecta educación que no podría disimular ni queriendo.En plena conversación, empero, su sonrisa la delató sin que yo necesitase explicación alguna. Hubo un solo y fugaz segundo en su gesto que habló sin palabras de horas de desolación, de incertidumbre y un miedo tenaz escondido y metido en la boca del estómago.
María solo tiene a sus dos hijos. Fuera de ellos su mundo se ha derrumbado a plomo como una tapia vieja y rota. En la cuarentena de una vida que podía ser cómoda y feliz se las tiene que ver sin un compañero que, simplemente, la dejó varada como un juguete viejo e inservible. Y ese es el drama de María, el sentirse como un juguete viejo e inservible, con la autoestima pisoteada y su vitalidad hundida hacia dentro como si una patada del destino la hubiese invalidado para siempre. María llevó la peor parte... la del abandono, la del ninguneo social, la del señalamiento con el dedo…
María pasó de ser María a ser ‘esa’.
María es una mujer que, en tiempos espero que afortunadamente superados, hubiese sido definida como ‘despechada’. Para mí, María es una mujer traicionada, herida por la espalda, crucificada… y yo admiro profunda, muy profundamente, a esta y otras mujeres que se ven a sí mismas como invisibles, prescindibles y agotadas. Las admiro por representar, justamente, todo lo contrario a lo que ellas creen ser.
Pero María tiene que mostrarse como ejemplo; de hecho, es ejemplo. En su lucha diaria por dos hijos que -posiblemente- nunca sabrán de lo que su madre está siendo capaz solo por sacarlos adelante, ella va consumiendo milímetros de sonrisa irrecuperable, los mismos que cada vez pierde cuando a escondidas y muerta de vergüenza pide ayuda hasta para pagar la factura de la luz o ir al súper.
Y que no lo sepan los niños.
En cada S.O.S. que lanza María, siempre casi en silencio, sin rictus de tristeza, inmensa y digna, se le van agotando irreversiblemente los instantes bellos de un corazón que en lo más profundo puede aún amar a rienda suelta si no fuera por el hecho aciago de sentir desprecio de sí misma, cuando esto es lo único que jamás debería de consentirse una mujer… Y María es una MUJER que, sin ella darse cuenta, está dando una lección a la sociedad que incomprensiblemente y de manera inhumana arrincona a tantas como ella.