miércoles, 14 de marzo de 2012

Dame 'algo'

El centro histórico de Granada se me ofreció, hace muy pocos días, como un escenario de actores decadentes y grises. Un prolongado trasiego laboral hizo inevitable el cruce de conocidas calles y plazas a las que dejé de oler el recuerdo de mantones colgados, de alegrías de Corpus o de prestancia de Semana Santa para abrirme las narices a la esecia de la pura y dura realidad. Uno: una señora mayor, de apariencia modesta y digna, se acerca a pedirme 'algo'; inmediatamente, la bocanada y bofetada de vergüenza propia ante el drama ajeno; el recurrente "otro le dará, seguro" y las ganas de darle una patada al borrico de bronce de la Romanilla. Seamos sinceros; acto seguido nuestra mente juguetea con otras cosas que nos hagan olvidar el espisodio manifiesto de que nuestra sociedad es tan decadente como la dibujada por Cela en 'La Colmena'... Creo que de ahí había salido mi pintoresco personaje (la señora mayor) cuyo fugaz encuentro tanta inquietud y desazón me produjo, tanta lástima, tantísima lástima... 
Ni siquiera el café de diez minutos después. Apenas sentado en un taburete encaramado al frío de un atardecer granadino me enfrenté a la segunda y tal vez más violenta sensación. Sin percibirlo un instante antes, un señor de mediana edad se plantó ante mí para dar lustre a mis botas. Se que de niño me prometí algo que he cumplido a pie juntillas... que jamás nadie se agacharía ante mí a limpiar mis zapatos!. Ni por profesión ni por devoción. Tal fue el arrebato de cólera interior que me retiré bruscamente y no di oportunidad alguna al hombre. También le arrebaté la posibilidad de los cinco o diez euros. Esta vez no me sentí mal, no. Fue peor. Creí, por un instante, que estaba contribuyendo decisivamente al agravamiento de la angustia de una persona.
Pero es que realmente estamos continuamente arrebatando oportunidades en tiempo de las no oportunidades. La crisis nos ha parapetado en una insólita situación de rubor propio cuando nuestras necesidades básicas están satisfechas frente a la penuria ajena... Si tenemos algo callamos, si no lo tenemos callamos más. Y una tarde de invierno, cuando una abuela te pide 'algo' sigues andando, cabreado contigo mismo y acordándote con rabia de aquella escena de 'La Colmena' en la que la mujer, un tanto ajada, dice que no tiene apetito cuando en realidad lo que no tiene es un puto duro para pagarse un café.
Y así me dejé Granada, nublada y triste.