jueves, 12 de enero de 2012

El lazarillo de Xauen

Foto: www.turismomarruecos.net
Recordaba hace unos días uno de tantos aquellos inolvidables viajes al Marruecos no turístico, al de las calles de tierra y críos sin zapatos corriendo detrás de cualquier forastero que traspasase las fronteras del primer mundo para adentrarse en un país que siempre, antes y ahora, es un inmenso cofre de hechos sorprendentes y sorpresivos; tal vez excesivamente desconocido para nosotros y tan desbordado de tabúes y prejuicios que el miedo, en ocasiones, es nuestra única y equivocada respuesta ante la invitación, siempre amable y a la vez un tanto esquiva de sus gentes.
Pero, como todo lo exterior a nuestro pequeño mundo, debemos ser abiertos al mensaje que el pueblo vecino nos traslada. Y ese mensaje es familiar, cercano y sincero. No hay más retorcimiento que el que nos suministran erróneamente las noticias ni más ensañamiento que los viejos resquemores ya extintos.
Con solo trece o catorce años recorrí las primeras estribaciones del Rift más cercanas a la frontera española con Ceuta. Varias horas de viaje nos condujeron a Chaouen, un pueblito de ensueño que muchísimos años después he podido reflejar e identificar con el granadino Notáez, una pedanía de Almegíjar.
Y es que de la cordillera rifeña a las faldas de Sierra Nevada y la Alpujarra parece que no solo se tiende un puente de similitud geográfica, sino etnográfica, cultural (sí, cultural) y también humana. Decíamos ya entonces, caminando por las estrechas y coloridas calles de aquel pueblo marroquí, que nos sentíamos como en casa; si no fuera por que observabas el recato y el silencio de cientos de ojos femeninos ocultarse tras las puertas azuladas.
Allí, en el Marruecos profundo y bello no sentimos, sin embargo, recelo que podría producir la presencia de aquel grupito de españoles de pantalones cortos y curiosidad mal pintada. Por lo pronto, una marea humana infantil nos rodeó y, de entre ellos, sobresalía en plan gallito un jovenzuelo de no más de doce años que pronto se erigió en líder, desplazando  rápidamente a los demás y convirtiéndose por imposición en nuestro ‘guía’ de la jornada; una costumbre, por cierto, tan arraigada en el país que muy pocos forasteros no habrán pasado por esa situación.
He de decir, sin embargo, que lejos de ser una simpática molestia, aquel niño nos enseñó más del corazón que late en Marruecos que cualquier libro o folleto turístico; el crío no se dedicó a llevarnos -como pensábamos- a alguna tienda de baratijas de algún familiar o a intentar sacarnos unos buenos dirhams (de nuevo los típicos prejuicios anticipados). No. Fue un valioso lazarillo que en sus adentros tenía bien asumido que aquello no era un capricho, sino un trabajo y hasta un sustento. A lo mejor exagero si digo que percibí cierta ‘profesionalidad’ en su manera de actuar… Y a lo mejor digo que me descuadró un detalle que decía mucho del niño. Fue cuando entramos en un pequeño cafetín para almorzar algo y le invitamos, como estimamos normal, a compartir mesa con nosotros. No solo se negó en rotundo, sino que permaneció junto a la puerta del local hasta que finalizamos la comida. Sin moverse del sitio y a pleno sol. He de confesar que aquel día no solo se me hizo eterno el almuerzo y la sobremesa, sino que incluso llegué a sentir cierta vergüenza al pensar en que mientras yo me clavaba unos buenos pinchos, el chaval esperaba en la puerta como un criado sumiso.
Insistimos pero él no quiso. El lazarillo tenía inculcado y asumido que las cosas son así. Tan simple como eso.
Hoy entiendo que mi mejor respuesta podía haber sido respetar su decisión, su actuar, comprender un modo de pensar diferente; claro que mi cerebro no daba para tanto en esos años… Eso sí, a mi me dolió sentir que un niño de mi edad se mostrase como un sirviente. El, sin embargo, representaba a la perfección un papel, un rol que subrayó con un gesto de barbilla una vez salimos de bareto… Tenía la cabeza ligeramente alzada y exhibía una preciosa sonrisa. Estaba feliz y pletórico de su trabajo, de su pequeña responsabilidad, de custodiar nuestro momento de relax en aquel ‘restaurante’ de pared mil veces encalada con azulete.
Cuando la tarde caía sobre la preciosa Chaouen y aquellos viejos de cien años recogían sus puestos de chillones madroños instalados en cada curva de la angustiosa carretera de montaña, llegó el momento de marcharse y ‘despedir’ a nuestro guía. No se cuanto le dieron. Para mí, esa y cualquier otra cantidad que demos a cualquier otro en cualquier otro momento será ridícula. Pero él volvió a sonreír, nos despidió con ese musical y dulcísimo francés de los marroquíes del norte y nuestro morillo desapareció corriendo por las callejuelas empedradas de un sorprendente Albaicín norteafricano. Se me formó, y no me sonrojo, lo que entonces llamábamos ‘un nudillo en la garganta’.
Es curioso. Cada vez que he contemplado, en el marco del potente espectáculo natural y marino del Estrecho de Gibraltar, como en la lejanía muy lejanía asoman los primeros picos del Rift, medio diluidos en varias tonalidades de gris, intuyo un mundo insólito e injustamente desconocido que, in-situ, nos ayuda a conocernos nosotros mismos. Tal vez por el hecho de que en lugares así, donde la condición humana es asombrosamente primaria y transparente, tendemos a reflejarnos en lo sencillo de las cosas y de las personas. Por eso nos sentimos tan fascinados y sentimos un profundo respeto por quienes nos tienden los brazos; aquella vez fue el pequeño lazarillo, al que habrán seguido tantos y tantos como historias personales, gracias a ellos, habrán podido recrearse en miles de corazones abiertos a la aventura de la generosidad humana.

viernes, 6 de enero de 2012

L@s que tienen que servir

Debe darlo el oficio. Lo de la sonrisa y el mirar a los ojos.
Conozco pocos camareros y camareras que no hagan una cosa y otra. Y eso que no corren buenos tiempos para un oficio donde la eventualidad y la temporalidad van incluidas en el servicio.
Los camareros siempre me han merecido un respeto especial; ni siquiera el trato cercano, muchas veces casi familiar que exhiben en según que establecimientos, debe ser confundido con otra cosa que no sea el esfuerzo por agradar, por servir adecuadamente y por ejercer con dignidad un trabajo sometido, con frecuencia, a las miradas denigrantes, a las exigencias de maleducados y vocingleros o al habitual suplicio del borrachuzo de turno que se empeña en prolongar forzosamente la jornada laboral del camarero mucho más allá de lo aceptable.
El camarero forma parte del escenario humano de nuestros mejores momentos, de nuestros instantes relajados, de las ocasiones en que perdemos la vista sobre la barra intentando rebuscarnos a nosotros mismos; ellos entran y salen en la escena de nuestra soledad o de nuestros encuentros y reuniones bulliciosas. El camarero o la camarera nos observan pero no suelen enjuiciar, están atentos a nuestros movimientos pero no reprochan actitudes. En el camarero buscamos la complicidad que, en muchos momentos, no hallaríamos en los huecos vacíos a lado y lado de la barra, cuando no hay amigo en quien descargar la murga de nuestra existencia, un tanto descolorida por tres o cuatro inmersiones consecutivas en un vaso grande de Gin-Tonic áspero y frío.
A las tres de la madrugada, la mujer o el hombre que no paran de moverse tras la barra, secando vasos y copas con la bayeta, solo traslucen templanza y pulcritud. No se muestran nerviosos ni inquietos; aguantan gentes y gentuzas de toda índole y calaña, pero no se amilanan y mantienen intacta una norma de auto-obligado cumplimiento: La sonrisa. Otra vez la sonrisa.
No hace muchos días, un camarero de cincuenta y tantos años se dirigió a mi con una actitud tan profesional que me asombró por su impresionante carga de dignidad, de sentido del servicio, de la amabilidad que todos buscamos pues escasea peligrosamente en el trato comercial diario. Un camarero ‘de la antigua escuela’, un señor atendiendo y ofreciendo. Seguramente muchos ni reparan en esas actitudes de los que son trabajadores como la copa de un pino y se ganan el sueldo a base de muchas horas de estar de pie, de ser eficaces, amables, de ‘tragar’ en demasiadas ocasiones. Conozco a otro, también mayor, que cuando me ha servido en un pequeño y delicioso comedor ha convertido la llegada al local en una escena familiar, casi entrañable gracias al trato dispensado, siempre con extraordinaria calidez, por quien luce la camisa blanca, la corbata y el chalequito con una impoluta respetuosidad, elegancia y saber estar. Hay quien no quiere prebendas con quien sirve las cañas o copas y prefieren mantener las distancias; no es mi caso, no. Me gusta el comentario sagaz y alegre del camarero mientras tira del grifo de la cerveza; me siento cómodo en la confidencia a voces del joven luchador que acaba de abrir el bar y hace lo humanamente imposible por ganarse al personal; me río siempre que suena la campana y dicen el reconocible “¡boooote!” o, como contestó con gracia el camarero-dueño del bar donde nos templamos el espíritu en el mediodía de Nochebuena una vez que le llamamos ‘Garçon’….. “¿Tengo yo cara de garçon?, decía a voces para que se enterase el bar en pleno, mientras los demás nos partíamos de risa.
Es muy raro, por lo demás, que el camarero o la camarera de verdad saquen los pies del tiesto y den un mal pronto, por mucho que a veces el cliente lo merezca. Los malos modos y malas contestaciones (que las hay y las he vivido) vienen siempre de los advenedizos de la profesión o de niñatos metidos al oficio de mala gana. El auténtico, el verdadero profesional ocupa la barra como un territorio sagrado en el que las formas son norma de estilo y en el que la educación no es una fórmula de protocolo, sino casi un imperativo legal que ellos y ellas manejan con extraordinaria habilidad y yo diría que hasta con generosidad.
Y eso muy a pesar de los “¡Oye, tú!” dirigidos a camareros, tengan la edad que tengan por respetuosos señores de traje y corbata o del “¡psss, oye!” con que los más jovenzuelos creen y entienden deben dirigirse a un hombre y mujer que, por estar detrás de una barra, parece que ejercen un oficio de menos rango profesional, cuando es justamente todo lo contrario. Yo, sinceramente, creo que ejercen un trabajo no solo digno, sino necesario y muy poco reconocido… A ver como estarían las consultas de los psicólogos si no fuese por ellos.

martes, 3 de enero de 2012

Las catacumbas de l@s valientes

El fantasma de la ópera escondía, bajo su terrorífico aspecto, un alma enternecida y abierta a compartir un amor más descompasado que el de cualquier poeta romántico. Su crueldad era también su verdadera máscara, más allá del antifaz físico que ha marcado siempre al personaje, pero bajo ella el hombre lloraba su soledad de una manera terrible y oscura. Tal vez fuese ‘bi-polar’, como ha ocurrido siempre con seres extravagantes, brillantes y también inhumanos.
No es este el caso de tantas máscaras actuales que deambulan por las catacumbas de Internet, pero sirva la reflexión inicial para ubicar el asunto que nos ocupa. Rebuscad y leed blogs, muchos de ellos firmados y otros cientos y miles apenas rubricados por un pseudónimo o nombre sin substancia para cobijar un espacio personal que, en muchos casos, nos deja atónitos por la profundidad de su contenido, por el caudal de interiores desgarrados y expuestos en la red; por la verdad absoluta de lo contado por quien necesita contar y compartir pensamientos que ni por asomo se revelarían en la vida real, en la cotidianeidad de sus vidas de trabajadores asalariados normales y corrientes, funcionarios, parados y tal vez muchos que sienten una profunda vergüenza nada más que pensar en desvelar su nombre.
Hay quien se atreve y se muestra tal cual. La sensación inicial es la de la desnudez total o la del vacío en el estómago. Hay tantos blogs increíbles como seres humanos diferentes ansiosos por comunicar y no por compartir, no, sino por entregar (que es muy diferente). Ayer mismo me encontré otro valiosísimo espacio, otro marco para un lienzo de sueños que no pueden expresarse más que a través de la escritura; en él descubrí la firma de un amigo; de uno como tantos de lo que jamás intuirías un resquemor interno e íntimo dispuesto a ser puesto a disposición de otros tantos que necesitan de esa inquietud para vivir mejor cada día.
Podríamos pensar, desde luego, que algo debe estar fallando en el mundo exterior para que de manera ostensible mostremos la fachada gris y anodina de la uniformidad social; totalmente enfrentada al interior radiante que se expresa en blogs abiertos a la esperanza, a la grandiosidad, a los sueños. Blogs que se convierten en paseos por las nubes y en vuelos sobre mares de luces blancas dispuestas a deslumbrarnos y hacernos evocar…
Son precisamente los blogs el espacio ideal para ello, tal vez por el hecho de que a nosotros mismos nos engaña su aparente intimidad y también tal vez por la simple razón de que no nos preguntemos quien puede estar al otro lado, comprendiendo o rechazando lo que queremos decir de una manera clara, clarísima, franca y desnuda.
Y así resulta que un buen día descubres que al que crees más imbécil es capaz de escribir de esa forma, de una manera tan directa e y hermosamente hiriente. Cambia el chip, pues, al descubrir que su gilipollez no es más que el escudo externo, la máscara blanca, de la que se despoja a línea abierta, a renglón sangrante, cada vez que levanta el vuelo de su propio ser para regalar su pasión a lectores anónimos… ¿Acaso no es esto un gesto inmenso y generoso?.
No estoy de acuerdo cuando se habla de tanta deshumanización. Existe una corriente subterránea en sentido inverso que está solo un golpecito de clic… Lo único cierto es que gran parte de nuestro mundo cotidiano y gran parte de sus gentes siguen tratando como ilusos y bichos raros a quienes muestran sin tapujos una sensibilidad que nadie debe entender como algo egocéntrico o de lucimiento personal… no. Nadie quiere jugar a ser escritor de frases bonitas. Es, y vuelvo a reiterarlo, un acto de generosidad llana y humilde.
En ‘El club de los poetas muertos’, los chavales irrumpen a reír la primera vez que uno de ellos abre su corazón en el silencio de la cueva. Pero esa es solo la anécdota. Pronto se contagia la magia y la verdad que esos chavales esconden por pudor termina por adueñarse de noches inolvidables y momentos en los que reina sin oposición el sentimiento en estado puro pues… no lo olvidéis, somos seres humanos.
Luego vendrán los que husmeen en blogs y páginas personales para chismorrear, lanzar una sonrisa maliciosa y ver en esos textos más un objeto de potencial humillación que un trozo de alma navegando por el éter y buscando corazones donde anidar y contagiar su grandeza. Hay personas a las que la sensibilidad les está negada de por vida simplemente por algo incomprensible: La asocian a la debilidad.
Lo que no atisban ni a comprender es que quien abre su interior al público más desconocido y heterogéneo es un valiente, es un héroe de la intrahistoria, un ser que seguramente se sentirá orgulloso de sus temores, amores, dudas, terrores y hasta meteduras de pata; consciente de que su experiencia personal siempre podrá ayudar a muchos otros que, como él, están buscando su verdadera dimensión y están solo a un empujoncito de alcanzarla.

Dedicado a es@s valientes.