martes, 18 de diciembre de 2012

Hartos de pajes


Escogen al primero que pillan. Lo visten con cuatro trapos brillantes, a ser posible de bazar chino, los sientan en un sillón pintado de purpurina, un dosel de papel de aluminio y un pino artificial de los malos con cuatro bolas de saldo... y ¡hala! Ya está allí el Papa Noel, Baltasar, el paje o el cartero real. Los niños tan contentos y los padres con cara de imbéciles tanto o más engañados que los niños. El fenómeno del photocall navideño de los grandes almacenes es una americanada en toda regla que, desde hace ya años, invade la planta de juguetería de cualquier gran superficie que 'se precie'. En una de ellas, en Granada capital, me entraron ganas hasta de llorar cuando observé la fina estampa triste, decadente, impropia e irreverente con la inocencia infantil a la que fraudulentamente agreden y despojan del grado de fantasía que corresponde a nuestros hijos, sin baratas injerencias. Se devalúa la ilusión por mor de una venta próspera en la que la imagen y foto fija que quedará en el recuerdo de los chavales es lo de menos para los promotores de la “venida de los representantes reales”.
Odio profundamente el 'teatrico'. Lo evité durante la más tierna infancia de los míos y me parece un insulto y una tomadura de pelo amparada y protegida por los padres, que se convierten en cómplices de una fanfarria esperpéntica y orientada solo a un fin: comprar, comprar y comprar.
Al actor enfundado en el demoledor barbaje, normalmente un joven del establecimiento al que despachan con diez euritos la jornada y la sonrisa forzada, le suda y le trae al pairo, como es lógico, que al niñito que se le acerca tembloroso se le ilumine el rostro y que no le salgan las palabras. Con un “¿has sido bueno?” pronunciado en un peligroso acento castrojo, se despacha a la criaturita y al siguiente... mientras los papás se hacen polvo disparando con la digital para plasmar el prodigioso encuentro del nene con el enviado real, que -por cierto- se parece mucho al monigote mecánico, con campana en la mano, que estamos hartos de ver en las tiendas de baratija del barrio.
Por eso, cada vez que escucho en las cuñas de radio la llegada del cartero real o de Sus Majestades (un 17 ó 18 de diciembre, glup) al centro comercial en cuestión, enseguida imagino la tela roja de fondo, el mismo turbante de raso que luego lleva todo quisqui en las fiestas del cole, el embetunado ordinario y ramplón del Baltasar de turno y el engaño mayúsculo que regalamos A NUESTROS HIJOS solo por satisfacer la cuenta de resultados del director del centro comercial.
¡Pero que ilusos somos!.
He llegado a escuchar decir a un crío... “¿Otra vez un paje?”. Pues si. Y que no falten. De los Papa Noeles ya ni hablo, eso ya raya lo escatológico. Pero tampoco hay que extrañarse, si por obra y gracia del consumismo hemos adelantado los muertos al mes de septiembre y a principios de octubre ya hay turrones y luces encendidas... Con tanto adelanto y afán por vender no me extraña que se necesiten tantos pajes para mantener tan fasto y falso escenario en el que los más perjudicados son los más pequeños, que año tras año sacrifican -sin que nos demos cuenta- su ilusión en favor de intereses mucho más bastardos, se empachan de personajes reales y el día 5 de enero, cuando ven en las calles a los verdaderos magos de su ilusión y esperanza pasan totalmente de ellos, ni los miran y solo se preocupan de coger más y más caramelos. Y ese es el tema, os guste o no.
¡Hala!, ahora vestiros rápido, que esta tarde viene otro reyezuelo (con ganas de estar en otro lado) dispuesto a convencer a vuestros niños -con vuestra feliz aquiescencia- de que os tenéis que hinchar de comprar, comprar y comprar. Menos mal que la crisis nos está poniendo las cosas en su sitio.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El beso

Hubo muchas tardes de suave y caluroso atardecer en las que cuidábamos con mucho esmero nuestra apariencia. Hasta un mechón rebelde nos podía situar al borde del precipicio del ridículo y a mi me importaba mucho lo que pensara al verme cuando iba a recogerla... bueno, a recogerlos pues salíamos todos juntos en una extraña y curiosa pelotera. Adolescentes y niños (los hermanos pequeños, claro). Tonteábamos los mayores e incordiaban los renacuajos con las pedradas y los gritos. 
Me recuerdo fresco, oliendo a colonia, con un pantalón de pinzas y moreno-renegrido de tanto empacho de playa, mar y sol. A mi me gustaba tenerla cerca, escucharla reír y ver como daba melenazos al viento. Era una mujerona en la que aún mandaba una niña... pero a mí me embobaba. Me parecía ágil, ligera, encantadora y sabrosa. En las fotos de grupito siempre estábamos juntos.
Con el final de las vacaciones cada despedida, con cada año que íbamos sumando, nos iba separando un poco más como planetas que orbitan cerca y se van distanciando en el espacio de la vida adulta, de los olvidos de promesas juveniles y de los que nunca llegaron cobijados bajo el espejismo de un amor platónico jamás correspondido. Una vez discutimos por una nimiez y en el último día de unas vacaciones ya lejanas la vi marcharse sin un adios, lléndose, con aquel contoneo que me quitaba la respiración, me hacía sentir imbécil y me hacía salir las hormonas a presión por las orejas. Aquel día sentí un nudo en la garganta pues tuve la certeza de que se cerraba, para siempre, nuestra adolescencia febril.
Ahora, en un invierno incipiente de 2012 la vi pasar ante mí, pero ella no se dio ni cuenta... yo creo que no sabía ni a donde miraba. Pasó toda nuestra lejana adolescencia ante la visión oculta de mi memoria bien guardada. Reparé en que nunca volvimos a hablarnos desde aquella despedida muda y mi siguiente visión desde entonces se producía ahora, la de una mujer gastada, de párpados hinchados, de pelo ralo que antaño era mesado con la feminidad justa y necesaria para hacerme perder algo más que el sentido común. Sentí un vergonzoso alivio al comprobar que no me reconoció, que fue incapaz de ver en mí al niñato que la seguía bebiendo todos los vientos cada vez se ponía el vestido rosa y se volvía de espaldas...
Lo suyo, me contaron, fue un serial en el que la protagonista se quedó para siempre a vivir en una chabola de desventuras. Un palo detrás de otro. La suma de tantos errores que las cuentas no saldrían nunca... Aquella niña guapa, lozana, de risa escandalosa y olor a vida por construir no es hoy más que la víctima de una terrible crueldad del destino.
El otro día la vi en la calle, supe sin preguntar que ella lleva años sin sonreír ni soñar. Supongo, y no me equivoco, que se limita a sobrevivir con la desesperante sensación de haber vivido ya por adelantado hasta su propia decadencia y soledad.
Me hice el tonto, lo siento... pero tal vez sentí mucho más el no haberle deseado suerte en sus años venideros y, sobre todo, haberle dado aquel inocente beso de despedida que nos faltó y que ambos quizá necesitamos en esa lejanísima tarde en la que un absurdo cabreo nos hizo despedirnos sin un adiós siquiera. 
Ojalá algún día le vaya muy bien.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Miliki


En los últimos años las apariciones de Miliki, con motivo de alguna entrevista en televisión, se habían ido distanciando en el tiempo. El seguía haciéndose mayor, mientras que en paralelo vivía en nosotros su imagen en blanco y negro. Desde que este país supo de su fallecimiento, las redes sociales se han llenado de mensajes y proclamas nostálgicas que enmascaran, bajo la fachada divertida y entrañable de las frases y gritos típicos de nuestros payasos de la tele, el ferviente deseo de una generación entera de no reconocer que también se ha cerrado para siempre una etapa de nuestra vida.
A todos nos tocan en el corazón los payasos de la tele. Sus canciones hoy añejas pero que nos ponen un nudo en la garganta cuando nuestros sentidos nos colocan, gracias a una emocional máquina del tiempo, en el saloncillo de nuestra casa; recién levantados de la siesta del sábado cuando nos sentábamos en el sofá, bien calentitos en la mesa camilla, con las arrugas de la sábana aún impresas en las mejillas y la voz de nuestra madre preguntándonos si queríamos merendar...

Era la hora de los payasos. Y siempre ocurría lo mismo. La historieta, el lío y todos corriendo unos detrás de otros, dando vueltas. Luego la canción final... canciones que aprendimos y que fueron poniendo fondo musical a los instantes más entrañables y domésticos de nuestra infantil existencia. 
El día que murió Fofó fue una tragedia nacional. La muerte de Miliki es el adiós definitivo a nuestros mejores años, a aquellos en los que pintábamos los sueños de fosforito y nos dejaban regusto de phoskitos.
Este hombre, cuya foto inunda hoy todos nuestros espacios mediáticos, se marcha para seguir actuando en nuestros pensamientos desde la eternidad de las sonrisas puras. Tras él se cierra una época que olía a dulce, a cariño, a hogar, a juegos reunidos Jeyper, a mantecados la perla, a bolsas de agua caliente y sobre todo, sobre todo, a la seguridad y la felicidad que suponía para nosotros el sentirnos queridos por los nuestros. Todo esto me ha hecho evocar, hoy, Miliki.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Navegando en el recuerdo


Leo la noticia y no puedo evitar pensar en los sufrimientos que se evitarán. Pero también he mirado hacia atrás con cierto temor y he vuelto a sentir el mismo escalofrío que hace más de veinte años cuando me dispararon a bocajarro aquella espantosa historia.
Me he preguntado muchas veces como y de que forma su familia ha sido capaz de contemplar el horizonte del mar cada vez que la tarde se dormía a poniente, en aquella línea rojiza que el destino convirtió en lugar de descanso eterno para aquel joven que, en su plenitud, bregaba en las faenas que pocos a su edad querían y que a él, simplemente, le costaron y le cortaron un futuro de muchos más atardeceres desde la borda, de muchos regresos y de muchos besos a su madre tras una jornada agotadora.
Dicen que cayó al mar. El destino fue de una crueldad inimaginable y desoladora. No quiero ni imaginar los llantos y los gritos perdiéndose mar adentro desde las orillas de la gente honesta y humilde de El Varadero. No quiero imaginarme en los años de soledad de los suyos, en las preguntas sin una sola respuesta lógica, en las emociones mordidas cada dieciséis de julio, en el dolor profundo, oscuro y frío en el corazón de quienes tanto le quisieron y le quieren.
Me contaron lo que había ocurrido a Juani y durante mucho tiempo pensé en él, en la última vez que le vi allende los años de jovenzuelos, mucho antes de aquella última partida que dejaría su estela perdida para siempre más allá de donde una vez situaron los confines del mundo.
Hablé de ello este verano con mi amigo Juan, buen conocedor de las familias y formas de ser de la gente de la mar. Y me hizo sentir la sensación de que aquel tremendo suceso debe continuar su viaje marítimo y seguir alejándose en el tiempo, pues ya hubo suficiente dolor. Llevaba razón. Prefiero sentir y creer que aquellos que detuvieron sus vidas en seco al recibir la noticia hoy contemplan con serenidad las noches largas y densas en las que la luna baña de brumas la lejanísima línea del horizonte y piensan con cariño en aquel joven que hoy navega feliz en el recuerdo de cuantos le quisieron.
Hace ya mucho, muchísimo tiempo que se hundieron las flores lanzadas al mar en su memoria. Ese mismo tiempo ha surcado ya muchas veces todos los mares del mundo pero como un eco ancestral nos trae y devuelve los ecos de las ausencias, pero esta vez con toda la dulzura y amor que pueden envolver un recuerdo, con una fuerza poderosa e inexplicable que solo posee la gente de la mar, los que la han vivido y los que la han sufrido. Como Juani, como su familia, como tantas familias que lanzan una oración mirando al horizonte, justo en el instante en que las estrellas parecen bajar para navegar en la estela que dejó aquel joven marinero.
Hoy, la noticia (Ideal. 13 de noviembre) me ha devuelto su recuerdo. Ojalá muchos sufrimientos puedan evitarse en el futuro.

http://www.ideal.es/innova/empresas/20121113/safe-201211130810-rc.html

Se trata de un dispositivo de localización GPS integrado en el chaleco salvavidas que alerta a los barcos cercanos. Costará, de media, 3.300 euros a cada embarcación




martes, 6 de noviembre de 2012

Pre-Navidad

Ikea se empeña en uniformar nuestras navidades, después de haber 'asuecado' los hogares de millones de españoles. Tampoco pasa nada, claro, pero lo cierto es que los ciudadanos de a pie tendemos a ser cada vez un poco más bobos, alienados y homogeneizados. Mientras, Judit Mascó se afana en edulcorar nuestros mejores momentos haciéndonos creer que el bomboncito dorado es sinónimo de fiestas pijas donde las copas se cogen dejando tieso el dedito meñique y todos van pulcramente vestidos... todos divinos de la muerte, ji-ji, ja-ja. 
Ahora que aún estamos a tiempo, que falta mes y pico, tal vez seamos lo suficientemente originales para preparar arreos navideños propios y esperar con mesura y paciencia a que llegue la época. Ni nos tenemos que comer ahora los mantecados del Mercadona o Carrefour, ni hay que poner todavía los arbolitos dorados. Por tanto, aún disponéis de unas semanas en las que pensar en personalizar vuestras fiestas navideñas, vestirlas de la sencillez que jamás debió abandonar el auténtico carácter de estas y dejarle al Ikea que le ponga los pinitos suecos a algún reno entre la cornamenta. 
Solo si dejáis de arrastraros por la vorágine comercial de quienes solo quieren de vosotros vuestros menguados cuartos, solo si hacéis eso dejaréis de sentiros tremendamente infelices cuando estéis rodeados de abetos de grandes superficies y mazapanes de El Corte Inglés... Lo que verdaderamente os hará felices no está en los anuncios de TV y lo sabéis de sobra.
Un mes os queda. No volváis a errar el tiro como cada año. Feliz pre-navidad.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El pañuelo blanco

Foto: F. Anguita
Detrás de una losa seriada de hormigón se esconden los sueños que fueron, las alegrías que se sintieron, las tristezas y un futuro por escribir. Me quedo con la leyenda que reza en el paraje de las Ermitas de Córdoba: "Como te ves yo me ví; como me ves, te verás; todo para en esto aquí; piénsalo y no pecarás". La inscripción, bajo una calavera, es ciertamente evocadora. Nada triste ni mucho menos diabólica. Romántica, sería la calificación.
En estos días todos nos acordamos de los difuntos, de nuestros muertos. Nos volcamos en el ornato artificial de la flor y la visita bulliciosa, honramos externamente la memoria y la ausencia de los seres más queridos. No hay nada más desdeñable, a mi juicio, que esa improcedente y siempre inoportuna frase de "la vida sigue", que acompaña a un entierro. Claro que la vida sigue, es evidente, pero quienes nos importaron siguen con nosotros de mil maneras distintas... A veces los encontramos mientras contemplamos un atardecer o acariciamos a alguien.
Se cambian las flores marchitas por ramos frescos y olorosos. Revolotean hombres, mujeres y niños entre las callejuelas de nichos y tumbas extrañas; rien, hablan y se abrazan ante las lápidas silenciosas de aquellos a quienes una vez besamos y miramos enternecidos.
La vida y la muerte conversan en un marco multicolor que preludia un invierno cercano en el que la esa muerte se hace más fuerte y presente... Pero no creo en la guadaña cercenadora sin esperanza. Prefiero un pañuelo blanco blandiéndose al aire tibio mientras el que se va esboza una sonrisa cómplice y certera de su vuelta, algún día... aunque haya que esperar una eternidad.

domingo, 28 de octubre de 2012

Los horrores de una noche de horror

La emprendimos hace muy pocos años contra la fiesta de Halloween. He de reconocer que yo mismo terminé sucumbiendo a los macabros encantos de un evento al que por encima de todo criticamos su carácter de fiesta importada. Tal vez sea lo de menos, quizá un cambio de denominación para un fenómeno imparable de invasión cultural que tampoco tiene que ser necesariamente destructivo. Veréis, en los tiempos que corren tampoco considero que sea un mal perverso que nuestros críos (en los primeros años) y todos nosotros (en la actualidad) coqueteemos con el horror, la muerte, los fantasmas y 'el otro lado'. Observo con cierta delectación el nerviosismo infantil, las risas, los preparativos, las mascaradas... Ni más ni menos que lo que hacemos en otros momentos del año.
Abominé Halloween y hoy me dejo acariciar por el lado perverso de una luz oscura tras las esquinas de mi barrio... Hoy me siento levemente alienado por un bucle de telarañas o una calavera descolorida... ¿que más da si le achacamos a USA la paternidad de tal descalabro festivo? (que no la tiene, por cierto). ¿Qué mas da si aguantamos una noche de espeluznantes chillidos... como describía maravillosamente Oscar Wilde en el Fantasma de Canterville... ¿Qué mas da...?
Llevo días, meses, escuchando y leyendo lamentos sociales, proclamas angustiosamente negativas que los medios de comunicación se empeñan en meternos entre los pliegues del cerebro para que sucumbamos moralmente aún más a la crisis. Todo alrededor es negro, volátil, mortecino, pútrido incluso... ¿vamos a criticar ahora que durante una noche los niños monten un pollo cadavérico de padre y muy señor mío?. 
Pues yo no.
A pesar de lo que los supermercados y grandes superficies se han empeñado en meternos por los ojos para que consumamos como vampiros ansiosos de sangre fresca... ¿Es que en Navidad no nos convierten en seres ansiosos y compulsivos?.
Lo siento. Esto es lo que hay. Ahora rebuscaré entre las páginas del fantasma triste que nos legó Wilde y copiaré alguno de los disfraces que con tanto horror terminó por cargarse a la anciana Lady Startup, que fallecería víctima de un ataque de espeluznantes chillidos durante la nochevieja de 1764, tras aparecersele el espectro disfrazado de Benedictino Desangrado...
Claro que, a tenor de como está el tema, igual me disfrazo de alguna de sus señorías parlamentarias, que estas si que -de verdad- nos están hundiendo en una oscuridad de la que tal vez nunca volvamos...
Por cierto... mi gata se parece a Cruella de Vil. Con esta me ahorro el disfraz.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Del servilismo a la profesionalidad y viceversa


El ejercer dignamente el cometido de ‘responsable de comunicación y prensa’ lejos de ser un puesto de retaguardia de la profesión periodística ha terminado por convertirse en un bastión donde el profesional tiene, a diario, la responsabilidad extrema de medirse a sí mismo y capitanear sin escorarse un complicado navío que surca dos aguas encontradas: una corriente fuerte, la del propio fin ideológico/empresarial o social del ente al que se debe laboralmente y, de otro, la confluencia bajo las aguas de otra mucho más potente: la ecuanimidad, la integridad, la clarividencia y –sobre todo, sobre todo- la humildad del comunicador.
Un gabinete de comunicación y/o prensa obliga a deberse; pero hasta en esto impera el límite que marca el propio profesional cuyo acertado posicionamiento (desde el principio) ha de ser no solo tolerado sino aceptado por la institución o empresa donde este presta sus servicios. En las paginas digitales, radiofónicas, televisivas, impresas, etc. se vierten a diario mil y un mensajes de los que buena parte proceden de estos gabinetes; desafortunadamente anónimos pues en muchos casos oscurecen la labor de auténticos ejemplos de grandeza profesional; en otros muchísimos, sin embargo, tal anonimato les viene a hacer un grandisimo favor máxime en aquellos casos en que se confunde trabajo con servilismo y creatividad periodística con la adulación barata del político o empresario de turno.
Confieso que se me hunden las tripas cada vez que una nota de prensa –la última, de una Diputación Provincial que no viene al caso ‘distinguir’- se muestra como un panegírico de exaltación de cualidades políticas, se enmascara la realidad y se intenta vender la mentira más descabellada como una verdad transparente. Y digo se me hunden las tripas por que adivino al periodista tragándose su propia entereza y sucumbiendo, simple y llanamente, a la dictadura de un empleo que –más en esta profesión- pende de un hilo.
Hay notas de prensa que destilan un esfuerzo bien hilvanado por contar la verdad institucional o empresarial, pero construida y transmitida con equilibrio, con elegancia, sin complacencia y mucho menos prepotencia. Otras, sin embargo, son meros panfletos que no se los cree ni la criatura que los escribe… Y, por supuesto, mucho menos el receptor.
Quienes conocemos y vivimos de la comunicación sectorial, comunicación empresarial en este caso, somos plenamente conscientes de los riesgos que asumimos; pero nos envalentona el hecho de confiar plenamente en nuestro sentido común, en la amplitud de miras y el no sentirnos jamás vasallos de nadie ni de nada. Hay que ser valiente y burro, sí. Pecar de todo cuanto se puede pecar pues para mantener la dignidad es necesario –en muchas ocasiones- granjearse todos los enemigos del mundo. Yo me los busqué, me los busco sin querer y me honro de ello… pero por eso mismo jamás me podrá echar nadie en cara haberme vendido nunca, ni siquiera en los muy duros años de andadura de los primeros medios de comunicación municipales, aquellos en los que además del trabajo muchas veces ingrato (pero precioso) de tenernos que buscar diariamente noticias donde no había nada de nada, teníamos que lidiar con políticos que –en esa época- descubrieron lo erótico y embriagador que les suponía el intentar manipular y corromper, también diariamente, a profesionales que gracias a esta presión se curtieron y aprendieron a que nadie les tomara jamás el pelo. Yo conocí a muchos de esos políticos, hoy defenestrados y hundidos en despachos olvidados… Hasta tengo que darles las gracias pues gracias a ellos tengo estas espaldas tan anchas.
Nadie vea, pues, acritud. Sino satisfacción. Pienso en tantos compañer@s en gabinetes de prensa, en departamentos de comunicación, y los imagino inquietos, satisfechos con su trabajo y a veces muy indignados con cuanto tienen alrededor y se ven impelidos a transmitir siempre bajo el prisma valiente de su profesionalidad. Conozco a muchos y muchas en ayuntamientos, empresas, instituciones. Algun@s, de verdad, deberían dedicarse a hacer croché o vender chumbos. Otr@s son un ejemplo a seguir y sobrevivirán siempre en el difícil, ingrato, a veces inhumano y casi siempre bellisimo oficio de comunicar.

jueves, 4 de octubre de 2012

Hoy vuelvo a tener ganas de mermelada



Recuerdo perfectamente la textura y el sabor de aquella mermelada casera de albaricoque que le salía tan rica y que conservaba fresquita en la nevera. Y también recuerdo, con tristeza, el día en que por primera vez sentí miedo al probarla. Ya entonces percibí, de un modo claro y rotundo, que aquella cabecica no andaba nada derecha por los raíles de su vida. La vía había comenzado a torcerse de manera grotesca y el futuro de aquella mujer menuda, enjuta y viuda amenazaba ya con descarrilar. Poco después llegaron las manías extrañas, que yo apenas comprendía pero sentía como puñetazos dolorosos; vi como todos a su alrededor iban pasando las fases de la incredulidad, la negación, la frustración, la vergüenza (si, la vergüenza), el rechazo… para concluir en la resignación y en la piedad.
De ser un remolino de mujer pasó a ser una mujer arrastrada por un remolino en el que la fantasía, los miedos incomprensibles, la obsesión persecutoria y aquellas terribles y desoladoras escenificaciones de su propia e hilarante existencia se apropiaron de su mente para devastarla como un ejército de mortales termitas.
De buscarla, durante años, para sentir en mi cara sus manos oliendo a jabón mientras me soltaba su apabullante retahíla de sonrojantes piropos pasé a rehuirla, a esconderme, a sentir un pavor que solo me he atrevido a relatarlo veinte años después, no sin sentir al mismo tiempo un vacío denso en el que puedo escuchar el eco de sus risas a destiempo, de sus explicaciones sobre confabulaciones mundiales hacia su persona, de su obsesión por lo religioso, por el pasado más pasado, de su devoción por el bastón, las gafas y el reloj de quien fue su esposo y del que se olvidó en poco tiempo.
Cuando todo esto ha ocurrido y te pilla a traición en la frontera entre la niñez y la adolescencia, la sucesión de acontecimientos anula cualesquiera otros recuerdos anteriores, más bellos y amables, más de días de luz y sonrisas. Pero yo si he podido hoy bucear en esa etapa anterior y muy en el fondo, a la luz débil de un hermoso sueño de una noche de otoño, encontré varado en el lecho de aquella vida lejana el brillo aún posible de sus palabras coherentes, de su afán de tener limpios y bien alimentados a los suyos… del día que se presentó en mi colegio, a la hora del recreo, y tras las rejas del patio me dijo: “¡mira lo que te he comprado!”… y me entregó el librito nacarado de mi primera comunión, en el que se gastó un dineral y cuyo valor sentimental para mí fue tan enorme que lo guardé para siempre con tal celo, con tal mimo –ajeno a traslados y mudanzas- para hacer posible que mis dos hijos lo llevaran en sus manos llegado el momento, como así ha sido.
Es curioso, ha habido que esperar no muchos años, no, sino una época entera, una generación entera para que en mis sueños haya venido a verme aquella menuda mujer para volver a entregarme el librito. No vino con reproches, ni enfadada por el hecho de que durante un tiempo inacabable, desesperado y desesperante nos abrumara su locura, no. Vino sonriendo, tal y como nos contaron que murió de manera plácida, consumida en sí misma y vestida de blanco hace ahora diecinueve años.
Algo hermoso debe haber pasado, pues en este momento he sentido una necesidad imperiosa de tomarme una fuentecilla entera de mermelada del albaricoque.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Una invitación a vivir

Eva Juárez. Atardecer en la costa de Granada y Málaga

No hace mucho -contaba su familia- que decidieron volver a ver una ‘vieja’ cinta de video en la que aquel hombretón parecía haber vivido en otro siglo, pues la imagen se va desvirtuando e incluso que diríamos ‘amarilleando’ por mor de la imperfección analógica. Esa grabación es de principios de los 90, pero cualquiera diría que aquellas risas y brindis pertenecieron a algún festín familiar celebrado más de veinte años atrás.
Cuanta lejanía y cuanta distancia se va imponiendo sobre aquellos que una vez fueron y que ahora viven en nuestros sueños.
El otoño inminente, tan dado a las melancolías y reflexiones existenciales, nos regala sin embargo un precioso y cautivador mensaje, el de los atardeceres eternos y dorados; patrimonio exclusivo de una estación denostada por triste pero que bien podía servirnos a todos como el momento más idóneo del año para tomar impulso y darle a nuestras existencias el empujoncito del que todos carecemos.
El otoño es como una vida que se extingue lenta y cariñosamente, es como un enfermo que expira en el regazo de los suyos; es como esas muertes a las que en soledad replicas con una sonrisa profunda agradeciendo en el alma el haber conocido a esa persona que se ha ido, la gratitud de haber compartido con ella pequeños y valiosos momentos.
A veces es imposible llorar por culpa de la muerte.
Hoy contaban… “ha muerto ese hombre que venía tanto por aquí”. Hice esfuerzos por recordarlo pero me fue imposible; sin embargo pensé en los suyos y en el hueco sin corazón de un adiós precipitado. Deseé que hubiese sonrisas que acompañasen su entierro, sonrisas de gratitud y felicidad.
Hace años me escandalizaba lo liviano de algunas despedidas, las costumbres de fiesta y risas de algunos funerales de otras culturas; pero cada vez las comprendo más y las comparto y todo ello debatiéndome interiormente entre el dolor que con dramática frecuencia acompaña el último tránsito y la necesaria fuerza vital que un ser querido siempre transmitirá por muchos años que hayan pasado desde que marchó a cultivar surcos de plata.
Convencido de esto… no son las fotos ni las cintas de video las que ‘amarillean’; ni parecen añejos nuestros muertos, no. Se avejenta nuestra realidad pues el recuerdo y el cariño no admiten grados de deterioro, pueden surgir con una fuerza brutal en cualquier instante de nuestras vidas, con sus colores auténticos y originales. Cualquier madrugada te despiertas emocionado percibiendo el olor a colonia de flores de tu abuela o a aquel amigo, a aquel amigo…¡joder!, dandote una colosal palmada en la espalda. A pesar de esa prolongada distancia que ya os separa de los vuestros sonreiréis profundamente, como una respiración a cielo abierto
Algo así está pasando estos días, justo cuando languidece el verano y los horizontes se vuelven increíblemente bellos. ¿No os dais cuenta de que el otoño os está invitando a VIVIR?

martes, 10 de julio de 2012

Siempre serán profesionales



DEDICADO A MI AMIGO LUIS PUERTA. 

No nos engañemos, el mundillo de los medios de comunicación no está exento de grandes mediocres; pero afortunadamente también hay grandes profesionales… Muchos de estos, sin embargo, no han trascendido más allá de las fronteras locales a las que el periodismo de provincias condena como un marchamo de inferioridad a pesar de que es en los ámbitos geográficos reducidísimos y pueblerinos donde muchos redactores, cámaras, editores, etc.… se han crecido y demostrado, sobradamente, su enorme valía al tener que lidiar a diario con una información difícil, compleja y peligrosamente cercana en muchos casos. Salir de tu casa y toparte de bruces con el político de turno al que, un día antes, has grabado diciendo una memez y tú, como buen profesional, lo has evidenciado en su propio jugo no es un desayuno del gusto de nadie. Pero en esas andamos.
Sin embargo, he de reconocer sin rubor alguno que en las distancias cortas, en los ámbitos muy reducidos donde a diario hay que rebanarte el cerebro para servir al público una ración información rigurosa y seria ha sido, para mí, un reto cuando menos atractivo y atrayente. Y así recalé, hace una larga década, en la bella Sexi (seguro que ya sabéis de que pueblo estoy hablando) con una misión que cumplir, la de capitanear los servicios informativos de una televisión y radio local. Ya llevaba la lección aprendida y sabía donde metía la nariz… pero la vocación es la vocación. Y a buscarse la vida y plantear a diario un informativo veraz, suculento, muy local y huyendo de la condescendencia con que muchos mal llamados profesionales tratan a los espectadores de las pequeñas televisiones.
En toda mi vida aprendí tanto como aquel año intenso. Y once años después, vuelto a la orilla siempre feliz de esta ciudad aún medio fenicia y romana, en una noche de cerveza y aires marineros pude darle a mi amigo Luis el abrazo que tanto tiempo le tenía guardado. No pocos reportajes de barrio, de festejos, de actualidades que forzábamos y forjábamos para darle un buen tinte de noticia fresca… no pocas aventuras crucé con este mocetón al que jamás le escuché un mal pronto o un ‘no’ por respuesta al capricho siempre histérico de un redactor. Siempre con la cámara al hombro, siempre serio y siempre profesional, muy profesional. El otro día se lo dije once años después: “No he trabajado jamás con nadie tan profesional como Luis Puerta”. Quizá porque nunca miraba el reloj, quizá porque entendía al instante el gesto o la palabra clave que este presentador parlanchín le lanzaba a modo de contraseña para cerrar la entradilla… Pero Luis, como un increíble guerrillero de la imagen que es, no lo tuvo fácil durante años. A los buenos siempre les cierra la puerta la envidia. Se las ha tenido que ingeniar durante mucho tiempo y, siempre sin expresarlo en voz alta pues siempre fue modesto hasta para quejarse, nunca pudo dejar de soñar con su mundo, su auténtico mundo profesional, nunca pudo dejar de soñar con sus sueños… y valga plenamente esta redundancia intencionada.
Coincidimos un tiempo después en la desaparecida Localia, para cosas puntuales, rota ya toda la magia de aquel invento televisivo de la añorada ciudad costera donde nos permitíamos el lujo de torear incluso a los políticos locales y de servirnos de sus proclamas y declaraciones solo cuando nosotros, los que fabricábamos a diario la información del municipio, considerábamos que lo que podían decirnos o aportarnos pudiera ser interesante (solo en muy poquitos casos, dicho sea de paso). Sacamos una televisión adelante, una emisora de radio y un periódico solo siete u ocho personas. Todas entregadas y sin horarios pues las cosas interesantes siempre ocurren tarde y a deshoras.
Llegaron malos años para los medios de comunicación locales y la diáspora de los periodistas y operadores de cámara más válidos los condenó a otros empleos y ocupaciones no menos dignos, pero sí ajenos al que había sido su mundo.
Eso sí, yo nunca pude ni quise olvidarme de mis compañeros en el año más increíble de mi andadura profesional: de Mariló, Javi, Cristóbal, Julio, Dani, Eva, Verónica, Francis o el propio Luis. Con todos ellos descubrí el valor del compañerismo para crecer como persona en todos los aspectos. Yo, hoy, y tras la borrachera de recuerdos que me traje tras una muy improvisada y hermosa reunión nocturna bañada con el olor salado de la playa Puerta del Mar, he elegido a Luis como protagonista de esta sincera reflexión pues me consta que la vida se lo puso a él más difícil que a nadie y ahora, en una nueva aventura laboral que sin duda le reportará el prestigio que siempre se ha merecido, el presente y el futuro le están sonriendo con la misma franqueza que él lo ha hecho siempre. Eso sí, Luis, daría lo que fuera para que alguna vez volvamos a situarnos frente a frente, tú con la cámara al hombro y yo con el micro aunque sea para hacerle creer a un pueblo entero que había caído el gordo de navidad, por muy mentira que fuese, pero… claro… con algo había que abrir el informativo ese día. 

viernes, 22 de junio de 2012

Tres bandejas de pasteles

Cuando llegaba el mes de junio solo pensaba en que habría una última mañana de fila en el patio del colegio, bajo un sol despiadado. Pero también pensaba en que se acercaba San Antonio. El 13 de junio olía a siempre a domingo y los 'Antonios' eran legión en la familia. Pero ese día era su día y su día nublaba al resto por su edad, por su manera de ser y por el caudal de amigos que, en esa siempre mañana llena de luz, acudían a llamar con los nudillos a la puerta de su casa de toda la vida, aquella por la que el burro de labranza entraba cada noche por mitad del pasillo hasta el patio de bestias.
¡Antonio!, ¡Antoñico!, ¡Compadre!...¡Caimán...!....
¡Abuelo!...
A las doce del mediodía, con la casa llena de gente, ya había dos o tres bandejones de pasteles sobre la cama de matrimonio. Era costumbre llevarlos a esa habitación, la mejor fresquera de la casa y el santuario donde la reata de chicuelos no osaba mancillar con sus zapatos y chanchas sucias. Pero no podíamos evitar entrar y expoliar los bandejones de sus más atractivos e irresistibles manjares de confitería. Eramos como moscas o abejitas que morían por el dulce aroma e ignorábamos el choto que se hacía, a fuego lento, en el patinillo de la casa.
Una vez reventó la solería del calor.
Tres bandejas. Siempre tres bandejas de pastelillos. Hoy en día no he visto nada igual ni por tamaño ni por olor supremo. Ya no las hacen así... Hoy no paga nadie un dineral por enviar a nadie una bandeja de pasteles.
Pero él se las merecía todas, para eso le había echado tanta cara a la vida.
Miles de años después, cuando a San Antonio le pica la barba de tanta calor prematura, vuelo a percibir esos olores dulces que se pegaban como miel a los besos y felicitaciones que recibía aquel hombre de campo, mientras que en el patinillo se hacía -a fuego lentico- el choto que ponía colofón a una mañana de risas y abrazos.
Hoy no está él para ser el centro de toda aquella inmensidad de sabores y aromas con que festejábamos su día; pero yo si me acordé de él y cada día 13, aunque no lo sea, para mí será un domingo especial.

lunes, 11 de junio de 2012

L@s chic@s de 'Puebla de las Mujeres'

Podía haber escogido otro título, un circunloquio quizá más evocador. Pero quiero que rápidamente, por mor de la magia de Facebook o Twitter algunos de aquellos incandescentes jovenzuelos del Abyla y Siete Colinas se den por aludidos y se concedan la suerte de unos minutos de magia retrospectiva. Hoy, cuando muchos de ellos andarán peleándose con hijos que contarán con aquella increíble edad en la que nos hicimos cuasi-adultos de golpe, el paso del tiempo no podrá arrebatarles la sucesión de unos días increíbles, de ensayos prolongadisimos, entregados y divertidos o de madrugadas de conversaciones vitales para la edificación de los pilares de nuestra personalidad.
Y fue así. Yo, que jamás osé a pronunciar en público ni una sola palabra y cuando aún gustaba a escondidas de los Clics de Famóbil o de andar por ahí con pantalones cortos (de los de por encima de la rodilla), me vi empujado a participar de una aventura llamada grupo 'Al-Andalus', del que germinaría una única e inolvidable representación que marcó, que maravillosa e irremediablemente marcó, nuestras vidas.
No imaginarían los hermanos Alvarez Quintero que su portentoso sainete uniría a una veintena de adolescentes hasta arrastrarlos al desenfreno de la amistad, a la exaltación vital y preciosa del futuro que se está escribiendo. Sobre el escenario de aquel inmenso salón de actos -compartido del instituto 'masculino' y del 'femenino'- nos convertimos en personajes de una Andalucía mágica, al tiempo que despertó en todos nosotros el interés y casi la devoción por las tablas, por la comunicación y por la expresión en todos los sentidos.
Pero fue algo más, aquella inolvidable profesora, María Jesús de Lara Yuste, nos enseñó a querernos a nosotros mismos. Y en ese descubrimiento todos a la vez tendimos lazos de increíble fortaleza que aún hoy, décadas después, me atan (afortunadamente) a amigos tan importantes para mi como aquel curica irredento que escenificaba Felipe Román con quien hoy, muchos, muchos años después, recordábamos por  WHATSAPP aquel milagro de tardes eternas que iniciábamos emulando el acento grácil y liviano del pueblito gobernado por mujeres de tronío, y que terminábamos en confidencia colectiva de amores incomprendidos, no correspondidos... compartíamos esos secretos tan grandiosos que solo a esa edad puedes esconder. Se fumaba a hurtadillas... Recuerdo como Mari Carmen Luque en pleno ensayo me dijo... "Enciéndeme un cigarro y me lo traes"... a lo que yo respondí... "¿Y eso como se hace?". Iluso e imberbe de mi.
Hoy los nombres ficticios y los reales se me confunden, pues hace años que no se nada ni de Pepe Lora, ni del Guitarra, ni de Juan Mellado...Se que muchos cruzaron el charco, otros aún permanecen en la orilla mágica del lugar donde echaron el ancla, para siempre, nuestros sueños. Y no me olvido de nadie, no. De ninguno.
Eso sí, una docena de increíbles fotos congelaron el instante del pre-estreno, un momento que para mí supuso estrenar el inicio de un recorrido que me llevaría lejos. En esa tarde, rodeado de todos mis amigos, soplé las velas de mi cumpleaños. Tal día como hoy. Horas después, 'Puebla de las Mujeres' puso en pie a los más de doscientos espectadores que abarrotaron aquel salón de actos, atraídos por la curiosidad de ver de qué eran capaces sus compañeros de instituto, en esa edad en la que el sentido del ridículo es un arma potente y devastadora. Pero no, nosotros nos vestimos, nos maquillamos, nos equivocamos, nos meábamos de la risa y creo, creo, que incluso llegamos a llorar.
Cuando Maria Jesús salió al escenario a presentar; todos nos miramos tras de las bambalinas siendo muy conscientes de que habíamos cruzado una línea hacia el mañana y que todos habíamos aprendido el valor de la unión, de compartir, de aprender juntos y de asumir la cultura como un tesoro que es necesario apretar contra el corazón.
Aquella borrachera de éxito, de exaltación juvenil nos duró muchos días. Todos a una. Todos juntos a todos sitios. Nadie fue capaz de decir en voz alta que el verano se acercaba y con él la diáspora. Pero esta fue solo física; el tiempo ha demostrado que los recuerdos permanecen; que la gente o tu gente siempre te acompañará en el equipaje intemporal e inmaterial con el que sorteamos las etapas de nuestra existencia.
'Puebla de las mujeres' fue mi alternativa a la vida adulta. Y me dejó algo que en lo que tiempo después reparé: me di cuenta que ya no tenía miedo a hablar en público (y mirad por donde me fue a salir la jugada).
No se por donde andaréis, chic@s. Pero si alguno lee esto recordad cuanta felicidad irradiábais al mundo aquel lejano 10 de junio.

domingo, 29 de abril de 2012

El eco de lo incomprensible


Cada domingo por la mañana irrumpe en el desierto de ruidos de mi barrio el sorprendente soniquete “¡Atención, atención, ha llegado a su localidad el tapicero….!. El día en que mi hijo mayor me preguntó le dije, con total franqueza, que pensaba que la aparición del tapicero ambulante en “mi localidad’ era producto de la pirueta de un vórtice espacio-temporal, una bromita de alguna loca máquina del tiempo experimentada en los años setenta-ochenta del siglo pasado. Con todo el respeto debido al modo en que esta gente se gana la vida, no dejó de sorprenderme la apreciación de una compañera de trabajo cuando me indicó que en el reclamo de altavoz del tapicero se incluye la reparación de ‘discotecas’. Claro, para cualquier jovenzuelo el apunte puede sonar a chiste, pero a los que hemos conocido la tapicería de skay de los pubs-discotecas y aquellas horrorosas barras de salón que nuestros padres montaban en las casa, la mano redentora del tapicero ambulante se nos antoja hasta necesaria. Si feo era un poyete de skay, decorados con aquellas no menos horrorosas copas meladas con cadenas doradas, imaginaos con la botonadota saltada (seguro que muchos lo estáis imaginando).
Sin embargo, toda apreciación graciosa como la anterior tiene también su ladito chungo. En la conversación sobre el tapicero, en la que ya estábamos inmersas varias personas en el trabajo, se introdujo otra figura unida invariablemente a nuestros mediodías de niñez: la del ‘afilaor’. Imposible no olvidar ese entrañable soniquete de flauta de cañas y el reclamo portentoso de esos hombres renegridos, con gorrilla y mangas arremangadas por encima del codo, “el afilaooooooooooooooooorrrr!”. Las chanzas populares siempre se cebaron con este personaje, que no siempre llevaba perro por mucho que el chiste diga aquello de “tienes más hambre que el perro de un afilaor”.
Pues todavía existen, todavía están en nuestras calles, todavía vienen a tocarle arrebato a nuestro recuerdo, a hacernos evidente que el tiempo ha pasado aunque los guiños temporales sigan produciéndose.
Decía otra compañera algo, sin embargo, que me dio que pensar y que me planteó otro guiño bien distinto. “A mi madre nunca le gustó el afilaor –decía- pues era la señal del hambre”… No hace falta explicar a qué tipo de ‘hambre’ se refiere la generación anterior a la nuestra y la música tan triste que emana de esa afirmación. En ese punto de la conversación, recordé como otros muchos sonidos de la niñez no siempre han sido evocadores, plácidos o incluso mágicos. Hay otros muchos asociados a manchas negras de nuestro pasado que, aún hoy, nos estremecen y nos pintan muy mal nuestra percepción de las cosas. Mis dos ejemplos más claros tienen su origen en la radio: nunca llegué a superar aquel lejano “sintonizan Radio Nacional de España”, lanzado a las ondas con una voz gutural, enunciativa y –como dicen en mi tierra- que no ‘barruntaba’ nada bueno. Me ponía el vello de punta al igual que la sintonía de mediodía de los informativos de la Ser, una música extraña –vigente hasta hace muy poco- tras la que uno vaticinaba el anuncio de una tremenda desgracia mundial. Se ve que en alguna ocasión se dio alguna infame y terrorífica noticia (a oídos infantiles) cuyas consecuencias terminé por asociar de manera perpetua a esos sonidos. Quiso el destino que, muchos años después, fuese jefe de informativos de una emisora de la Ser durante varios años y ni siquiera con esas superase aquel rechazo psicológico a la sintonía que, también por algún capricho del destino, se me hacía más infame los domingos por la mañana.
Vaya usted a saber.
Algo más mayor, durante mucho tiempo me despertaba en plena madrugada el himno del reloj de la junta de obras del Puerto de una añorada ciudad. Aquella música, que cruzaba con sus ecos el encuentro de dos mares, me provocaba la extraña sensación de miedo y soledad que dejó en mí el accidente mortal de un compañero de clase. ¿Qué unía ese sentimiento con ese sonido? No lo se.
En cualquier caso, hoy domingo con tanta lluvia no he escuchado ni al tío de los sillones ni al afilaor. Seguro que cada uno tendrá sus propias historias, totalmente ajenas a una reflexión tan aciaga como esta. Lo dará el nublado, la tristeza y la astenia primaveral, segurito.

lunes, 16 de abril de 2012

¡Haga algo, señor Keating!


Sonrío para mis adentros cada vez que vuelvo a ‘degustar’ la ejemplarizante escena de ‘El club de los poetas muertos’, donde el profesor Keating conmina a sus alumnos a arrancar el indeseable prólogo de un libro de literatura.
La página objeto de escarnio detallaba, en la película, como debe ‘medirse’ un poema para evaluar su grandeza, reflejando esta en un gráfico de horizontales y verticales. Y digo que sonrío para mis adentros pues hace muchos años, creo que en una edad similar a la de los chavales del simpático profesor, me rebelé en clase contra algo que nunca llegué a entender y que se derrama por mi cerebro a debido a mi corto saber en esta materia: la disección métrica, la autopsia del poema…
Y una de dos. O soy un completo imbécil, negado para entender los secretos de la rima y el sentido de la musicalidad, o tal vez pertenezco a un grupo de chiflados y analfabetos que siempre han entendido la poesía como una expresión abierta y transparente del alma, un desgarro sin sangre de un corazón angustiado o extasiado… sin más ataduras físicas que la capacidad de expulsar sentimiento por parte de quien la desliza entre sus dedos después de haber recorrido miles de kilómetros de neuronas henchidas de profundo amor.
Vaya de antemano el hecho de que no es la poesía el mejor de mis medios preferidos para beber de las fuentes de lo mágico o lo amorosamente inmenso; ni siquiera para escribir.
Admiro profundamente a los poetas sin métrica, a los poetas del alma
Desconozco la poesía y por eso mi planteamiento es estéril e idiota. Soy un gran profano en esa preciosa materia; pero no por ello ajeno ni me deja de llamar la atención el que, en aquellos mis años de BUP y COU, se empeñasen en enseñarnos la poesía como un objeto destinado a ser estudiado cuasi matemáticamente, a ser contemplado como un conjunto de palabras entrelazadas cuyo valor radica exclusiva y escandalosamente en el hecho en sí de su distribución ajustada a un inconsistente parámetro de métrica sin alma… Me faltó un profesor o una profesora Keating. Tal vez fuese eso, sí…
¿Acaso el corazón habla ajustando sus latidos a cánones y medidas artificiales?
Cuando alguien llora, ama, es infeliz o se siente pletórico y ese flujo se vierte, se convierte en poesía en lo último que piensa es que el verso no puede exceder de tal o cual, que ha de someterse al dictado de la estrofa, sucumbir a la métrica y subyacer a lo único que parece importar: La forma.
¿Qué mas da, entonces, la corriente subterránea, lo que da sentido a la poesía, su génesis preciosamente interior?
Vuelvo a decirlo, seguro que lo que expreso es una memez.
Prueba de ello es que, después de tantos años, no recuerdo nada de métricas. Si hay algo que se lee en forma de poema, algo que despliega su magia e irradia una escondida emoción, solo ocurre una cosa… o que esta llega a nuestro corazón, como un potente dardo o rebota contra él y se aleja.
Por eso mismo, un día muy lejano de rubor escondido llegó a mis manos un poema escrito en una hoja cuadriculada escondida en una carta de tres días de recorrido postal. Su autora no sabía –afortunadamente- nada de métrica, pero tan grabados quedaron en mí aquellos versos trémulos e inocentes que supe, sin haber leído nunca a Becquer, que un poema podía llegar a ser tan importante en mi vida como el más increíble de esos anocheceres que siempre me han sobrecogido.
¿De verdad alguien me va a discutir lo que es la poesía?
¡Haga algo, señor Keating!

martes, 10 de abril de 2012

Las horas de María


Explicaba María que los niños van creciendo y lo que hay que bregar con ellos cada mañana. María siempre fue una mujer segura de sí misma, de atractiva conversación, discreta en sus apreciaciones, apaciguada sonrisa y una perfecta educación que no podría disimular ni queriendo.En plena conversación, empero, su sonrisa la delató sin que yo necesitase explicación alguna. Hubo un solo y fugaz segundo en su gesto que habló sin palabras de horas de desolación, de incertidumbre y un miedo tenaz escondido y metido en la boca del estómago.
María solo tiene a sus dos hijos. Fuera de ellos su mundo se ha derrumbado a plomo como una tapia vieja y rota. En la cuarentena de una vida que podía ser cómoda y feliz se las tiene que ver sin un compañero que, simplemente, la dejó varada como un juguete viejo e inservible. Y ese es el drama de María, el sentirse como un juguete viejo e inservible, con la autoestima pisoteada y su vitalidad hundida hacia dentro como si una patada del destino la hubiese invalidado para siempre. María llevó la peor parte... la del abandono, la del ninguneo social, la del señalamiento con el dedo…
María pasó de ser María a ser ‘esa’.
María es una mujer que, en tiempos espero que afortunadamente superados, hubiese sido definida como ‘despechada’. Para mí, María es una mujer traicionada, herida por la espalda, crucificada… y yo admiro profunda, muy profundamente, a esta y otras mujeres que se ven a sí mismas como invisibles, prescindibles y agotadas. Las admiro por representar, justamente, todo lo contrario a lo que ellas creen ser.
Pero María tiene que mostrarse como ejemplo; de hecho, es ejemplo. En su lucha diaria por dos hijos que -posiblemente- nunca sabrán de lo que su madre está siendo capaz solo por sacarlos adelante, ella va consumiendo milímetros de sonrisa irrecuperable, los mismos que cada vez pierde cuando a escondidas y muerta de vergüenza pide ayuda hasta para pagar la factura de la luz o ir al súper.
Y que no lo sepan los niños.
En cada S.O.S. que lanza María, siempre casi en silencio, sin rictus de tristeza, inmensa y digna, se le van agotando irreversiblemente los instantes bellos de un corazón que en lo más profundo puede aún amar a rienda suelta si no fuera por el hecho aciago de sentir desprecio de sí misma, cuando esto es lo único que jamás debería de consentirse una mujer… Y María es una MUJER que, sin ella darse cuenta, está dando una lección a la sociedad que incomprensiblemente y de manera inhumana arrincona a tantas como ella.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Dame 'algo'

El centro histórico de Granada se me ofreció, hace muy pocos días, como un escenario de actores decadentes y grises. Un prolongado trasiego laboral hizo inevitable el cruce de conocidas calles y plazas a las que dejé de oler el recuerdo de mantones colgados, de alegrías de Corpus o de prestancia de Semana Santa para abrirme las narices a la esecia de la pura y dura realidad. Uno: una señora mayor, de apariencia modesta y digna, se acerca a pedirme 'algo'; inmediatamente, la bocanada y bofetada de vergüenza propia ante el drama ajeno; el recurrente "otro le dará, seguro" y las ganas de darle una patada al borrico de bronce de la Romanilla. Seamos sinceros; acto seguido nuestra mente juguetea con otras cosas que nos hagan olvidar el espisodio manifiesto de que nuestra sociedad es tan decadente como la dibujada por Cela en 'La Colmena'... Creo que de ahí había salido mi pintoresco personaje (la señora mayor) cuyo fugaz encuentro tanta inquietud y desazón me produjo, tanta lástima, tantísima lástima... 
Ni siquiera el café de diez minutos después. Apenas sentado en un taburete encaramado al frío de un atardecer granadino me enfrenté a la segunda y tal vez más violenta sensación. Sin percibirlo un instante antes, un señor de mediana edad se plantó ante mí para dar lustre a mis botas. Se que de niño me prometí algo que he cumplido a pie juntillas... que jamás nadie se agacharía ante mí a limpiar mis zapatos!. Ni por profesión ni por devoción. Tal fue el arrebato de cólera interior que me retiré bruscamente y no di oportunidad alguna al hombre. También le arrebaté la posibilidad de los cinco o diez euros. Esta vez no me sentí mal, no. Fue peor. Creí, por un instante, que estaba contribuyendo decisivamente al agravamiento de la angustia de una persona.
Pero es que realmente estamos continuamente arrebatando oportunidades en tiempo de las no oportunidades. La crisis nos ha parapetado en una insólita situación de rubor propio cuando nuestras necesidades básicas están satisfechas frente a la penuria ajena... Si tenemos algo callamos, si no lo tenemos callamos más. Y una tarde de invierno, cuando una abuela te pide 'algo' sigues andando, cabreado contigo mismo y acordándote con rabia de aquella escena de 'La Colmena' en la que la mujer, un tanto ajada, dice que no tiene apetito cuando en realidad lo que no tiene es un puto duro para pagarse un café.
Y así me dejé Granada, nublada y triste.

lunes, 20 de febrero de 2012

La cajilla de pimientos


Es una calle de las de ‘toda la vida’. No hará falta más explicación para quienes hayan disfrutado de sabrosos años en zonas de barrio añejo, soleadas y oliendo a baldeo de media tarde. Las casas se van sustituyendo por otras más modernas, pero aún se resiste la esencia de lo entrañable y de la vecindad que niegan puertas y ventanas blindadas para que no se escape el aire acondicionado.
En el número 43 de la cuesta, justo donde un camión de cierta anchura rozaría a lado y lado, Lola tiene su casa de rejas retorcidas pintadas de purpurina plata (como tantas en las viejas casas del sur de Granada), las persianas de madera, también de toda la vida, y puerta con un buen tranco, como Dios manda.
Ocupando la acerita, Lola se apalanca cada tarde en su silleta plegable y a su vera extiende su colmado callejero; cuatro o cinco cajas de plástico apoyadas en el zócalo rugoso de la fachada. Un curioso expositor de berenjenas, tomates gordos como pollos y unos pimientos que te meten el olor hasta lo más profundo del sentido.
Y allí está Lola, más sola que la una mirando pasar los coches, los ‘amotos’ y a la vecina Eduarda que, como ella, se resisten a abandonar un mundo que ya no es suyo, pero del que son embajadoras y afortunadamente supervivientes para recordarnos a todos que lo sencillo aún es posible.
Tres o cuatro cajas de hortalizas más que frescas. Jugosas. Son del ‘peacillo’ de la familia, allende los cerros colindantes en el que el marido todavía riega a tanda, a madrugón y a manos que serían capaces de lijar una pared de una sola pasada.
Los observadores modernos hablarían de ‘etnografía’. Yo lo rebajo a ‘costumbre’ o a la sana pervivencia de un modo de vivir o compartir pues, me pregunto ¿Si de lo expuesto no sacará la mujer más de diez euros en todo el día, qué pinta ahí?. Pinta su propia vida, su propia individualidad, su pertenencia a la tierra, a un barrio, a una época. Lo de menos es el vender, lo de más el estar, la bondad de su presencia y el valor de su aportación a una cultura extinta, socialmente bella y jamás decadente.
Y Lola no es la única. En esos barrios que se resisten a transformarse –por fortuna la crisis también los va a dejar en pie al menos dos o tres décadas más- descubro cada día esa pequeña sorpresa de otra Lola sentada en la puerta, con sus cajillas o la otra versión extendida de media puerta abierta, dejando ver en la penumbra del interior el preciado tesoro de la cosecha particular dispuesta a ser no vendida, sino ofrecida. Dificil resistirse a la lechuga que ha de ser consumida rápido para no sucumbir marchita (bendita frescura) al tomate ajado y picoteado por los bichos, a las papas gordas y terrosas, los manojos de cebolletas para que las tortillas revienten de gloria o hasta los hinojos que darán pucheros de antología.
A cada una de estas casas se la suele conocer con el nombre de la propietaria seguido del producto que más vende… Fulanica la de los ajos, Menganita la de las almendras… Mi abuela me decía: “Llegate ‘aca’ la Paquita y compra dos morcillas”. Y la Paquita abría una alacena –¡qué ya daría yo lo que fuera por encontrarme una alacena así en algún aséptico supermercado actual!- y te cortaba dos buenas morcillas que liaba en papel gris y del que –de seguro, de seguro- no ibas a pillar jamás nada malo. Aquella tiendecilla de barrio, que no era más que una extensión natural del saloncillo de la casa, con un mostrador de madera marrón y su balanza encima, tenía una dueña trabajadora e incansable, que a las cinco y media de la madrugada preparaba bocadillos de mortadela y pringá para los hombres de la calle que, a esas horas, ya andaban tirando de los burros caminito de la vega y de los cerros, mientras pegaban voces que se entendían ajadas por el aguardiente y el café de malta.
Esa tiendecillas fueron muriendo con los tiempos, y como un remanente intemporal perviven las cajillas en la puerta o las puertas abiertas a la mitad. Y es que el tiempo, a pesar de su evanescencia, se empeña en quedarse quieto en los rincones de muchos pueblos, para cogerse siempre de la mano de una mujer madura, de rasgos suaves y risotadas cómplices y cariñosas. Hay tantas Lolas y Paquitas que parece que una época entera se resiste a hundirse en los olvidos y para eso el tiempo juega una carta que siempre gana la partida, la del sabor y los aromas de los tomatazos rajados o de los pimientos verdes que quitarán el sentido hoy y siempre.

jueves, 12 de enero de 2012

El lazarillo de Xauen

Foto: www.turismomarruecos.net
Recordaba hace unos días uno de tantos aquellos inolvidables viajes al Marruecos no turístico, al de las calles de tierra y críos sin zapatos corriendo detrás de cualquier forastero que traspasase las fronteras del primer mundo para adentrarse en un país que siempre, antes y ahora, es un inmenso cofre de hechos sorprendentes y sorpresivos; tal vez excesivamente desconocido para nosotros y tan desbordado de tabúes y prejuicios que el miedo, en ocasiones, es nuestra única y equivocada respuesta ante la invitación, siempre amable y a la vez un tanto esquiva de sus gentes.
Pero, como todo lo exterior a nuestro pequeño mundo, debemos ser abiertos al mensaje que el pueblo vecino nos traslada. Y ese mensaje es familiar, cercano y sincero. No hay más retorcimiento que el que nos suministran erróneamente las noticias ni más ensañamiento que los viejos resquemores ya extintos.
Con solo trece o catorce años recorrí las primeras estribaciones del Rift más cercanas a la frontera española con Ceuta. Varias horas de viaje nos condujeron a Chaouen, un pueblito de ensueño que muchísimos años después he podido reflejar e identificar con el granadino Notáez, una pedanía de Almegíjar.
Y es que de la cordillera rifeña a las faldas de Sierra Nevada y la Alpujarra parece que no solo se tiende un puente de similitud geográfica, sino etnográfica, cultural (sí, cultural) y también humana. Decíamos ya entonces, caminando por las estrechas y coloridas calles de aquel pueblo marroquí, que nos sentíamos como en casa; si no fuera por que observabas el recato y el silencio de cientos de ojos femeninos ocultarse tras las puertas azuladas.
Allí, en el Marruecos profundo y bello no sentimos, sin embargo, recelo que podría producir la presencia de aquel grupito de españoles de pantalones cortos y curiosidad mal pintada. Por lo pronto, una marea humana infantil nos rodeó y, de entre ellos, sobresalía en plan gallito un jovenzuelo de no más de doce años que pronto se erigió en líder, desplazando  rápidamente a los demás y convirtiéndose por imposición en nuestro ‘guía’ de la jornada; una costumbre, por cierto, tan arraigada en el país que muy pocos forasteros no habrán pasado por esa situación.
He de decir, sin embargo, que lejos de ser una simpática molestia, aquel niño nos enseñó más del corazón que late en Marruecos que cualquier libro o folleto turístico; el crío no se dedicó a llevarnos -como pensábamos- a alguna tienda de baratijas de algún familiar o a intentar sacarnos unos buenos dirhams (de nuevo los típicos prejuicios anticipados). No. Fue un valioso lazarillo que en sus adentros tenía bien asumido que aquello no era un capricho, sino un trabajo y hasta un sustento. A lo mejor exagero si digo que percibí cierta ‘profesionalidad’ en su manera de actuar… Y a lo mejor digo que me descuadró un detalle que decía mucho del niño. Fue cuando entramos en un pequeño cafetín para almorzar algo y le invitamos, como estimamos normal, a compartir mesa con nosotros. No solo se negó en rotundo, sino que permaneció junto a la puerta del local hasta que finalizamos la comida. Sin moverse del sitio y a pleno sol. He de confesar que aquel día no solo se me hizo eterno el almuerzo y la sobremesa, sino que incluso llegué a sentir cierta vergüenza al pensar en que mientras yo me clavaba unos buenos pinchos, el chaval esperaba en la puerta como un criado sumiso.
Insistimos pero él no quiso. El lazarillo tenía inculcado y asumido que las cosas son así. Tan simple como eso.
Hoy entiendo que mi mejor respuesta podía haber sido respetar su decisión, su actuar, comprender un modo de pensar diferente; claro que mi cerebro no daba para tanto en esos años… Eso sí, a mi me dolió sentir que un niño de mi edad se mostrase como un sirviente. El, sin embargo, representaba a la perfección un papel, un rol que subrayó con un gesto de barbilla una vez salimos de bareto… Tenía la cabeza ligeramente alzada y exhibía una preciosa sonrisa. Estaba feliz y pletórico de su trabajo, de su pequeña responsabilidad, de custodiar nuestro momento de relax en aquel ‘restaurante’ de pared mil veces encalada con azulete.
Cuando la tarde caía sobre la preciosa Chaouen y aquellos viejos de cien años recogían sus puestos de chillones madroños instalados en cada curva de la angustiosa carretera de montaña, llegó el momento de marcharse y ‘despedir’ a nuestro guía. No se cuanto le dieron. Para mí, esa y cualquier otra cantidad que demos a cualquier otro en cualquier otro momento será ridícula. Pero él volvió a sonreír, nos despidió con ese musical y dulcísimo francés de los marroquíes del norte y nuestro morillo desapareció corriendo por las callejuelas empedradas de un sorprendente Albaicín norteafricano. Se me formó, y no me sonrojo, lo que entonces llamábamos ‘un nudillo en la garganta’.
Es curioso. Cada vez que he contemplado, en el marco del potente espectáculo natural y marino del Estrecho de Gibraltar, como en la lejanía muy lejanía asoman los primeros picos del Rift, medio diluidos en varias tonalidades de gris, intuyo un mundo insólito e injustamente desconocido que, in-situ, nos ayuda a conocernos nosotros mismos. Tal vez por el hecho de que en lugares así, donde la condición humana es asombrosamente primaria y transparente, tendemos a reflejarnos en lo sencillo de las cosas y de las personas. Por eso nos sentimos tan fascinados y sentimos un profundo respeto por quienes nos tienden los brazos; aquella vez fue el pequeño lazarillo, al que habrán seguido tantos y tantos como historias personales, gracias a ellos, habrán podido recrearse en miles de corazones abiertos a la aventura de la generosidad humana.

viernes, 6 de enero de 2012

L@s que tienen que servir

Debe darlo el oficio. Lo de la sonrisa y el mirar a los ojos.
Conozco pocos camareros y camareras que no hagan una cosa y otra. Y eso que no corren buenos tiempos para un oficio donde la eventualidad y la temporalidad van incluidas en el servicio.
Los camareros siempre me han merecido un respeto especial; ni siquiera el trato cercano, muchas veces casi familiar que exhiben en según que establecimientos, debe ser confundido con otra cosa que no sea el esfuerzo por agradar, por servir adecuadamente y por ejercer con dignidad un trabajo sometido, con frecuencia, a las miradas denigrantes, a las exigencias de maleducados y vocingleros o al habitual suplicio del borrachuzo de turno que se empeña en prolongar forzosamente la jornada laboral del camarero mucho más allá de lo aceptable.
El camarero forma parte del escenario humano de nuestros mejores momentos, de nuestros instantes relajados, de las ocasiones en que perdemos la vista sobre la barra intentando rebuscarnos a nosotros mismos; ellos entran y salen en la escena de nuestra soledad o de nuestros encuentros y reuniones bulliciosas. El camarero o la camarera nos observan pero no suelen enjuiciar, están atentos a nuestros movimientos pero no reprochan actitudes. En el camarero buscamos la complicidad que, en muchos momentos, no hallaríamos en los huecos vacíos a lado y lado de la barra, cuando no hay amigo en quien descargar la murga de nuestra existencia, un tanto descolorida por tres o cuatro inmersiones consecutivas en un vaso grande de Gin-Tonic áspero y frío.
A las tres de la madrugada, la mujer o el hombre que no paran de moverse tras la barra, secando vasos y copas con la bayeta, solo traslucen templanza y pulcritud. No se muestran nerviosos ni inquietos; aguantan gentes y gentuzas de toda índole y calaña, pero no se amilanan y mantienen intacta una norma de auto-obligado cumplimiento: La sonrisa. Otra vez la sonrisa.
No hace muchos días, un camarero de cincuenta y tantos años se dirigió a mi con una actitud tan profesional que me asombró por su impresionante carga de dignidad, de sentido del servicio, de la amabilidad que todos buscamos pues escasea peligrosamente en el trato comercial diario. Un camarero ‘de la antigua escuela’, un señor atendiendo y ofreciendo. Seguramente muchos ni reparan en esas actitudes de los que son trabajadores como la copa de un pino y se ganan el sueldo a base de muchas horas de estar de pie, de ser eficaces, amables, de ‘tragar’ en demasiadas ocasiones. Conozco a otro, también mayor, que cuando me ha servido en un pequeño y delicioso comedor ha convertido la llegada al local en una escena familiar, casi entrañable gracias al trato dispensado, siempre con extraordinaria calidez, por quien luce la camisa blanca, la corbata y el chalequito con una impoluta respetuosidad, elegancia y saber estar. Hay quien no quiere prebendas con quien sirve las cañas o copas y prefieren mantener las distancias; no es mi caso, no. Me gusta el comentario sagaz y alegre del camarero mientras tira del grifo de la cerveza; me siento cómodo en la confidencia a voces del joven luchador que acaba de abrir el bar y hace lo humanamente imposible por ganarse al personal; me río siempre que suena la campana y dicen el reconocible “¡boooote!” o, como contestó con gracia el camarero-dueño del bar donde nos templamos el espíritu en el mediodía de Nochebuena una vez que le llamamos ‘Garçon’….. “¿Tengo yo cara de garçon?, decía a voces para que se enterase el bar en pleno, mientras los demás nos partíamos de risa.
Es muy raro, por lo demás, que el camarero o la camarera de verdad saquen los pies del tiesto y den un mal pronto, por mucho que a veces el cliente lo merezca. Los malos modos y malas contestaciones (que las hay y las he vivido) vienen siempre de los advenedizos de la profesión o de niñatos metidos al oficio de mala gana. El auténtico, el verdadero profesional ocupa la barra como un territorio sagrado en el que las formas son norma de estilo y en el que la educación no es una fórmula de protocolo, sino casi un imperativo legal que ellos y ellas manejan con extraordinaria habilidad y yo diría que hasta con generosidad.
Y eso muy a pesar de los “¡Oye, tú!” dirigidos a camareros, tengan la edad que tengan por respetuosos señores de traje y corbata o del “¡psss, oye!” con que los más jovenzuelos creen y entienden deben dirigirse a un hombre y mujer que, por estar detrás de una barra, parece que ejercen un oficio de menos rango profesional, cuando es justamente todo lo contrario. Yo, sinceramente, creo que ejercen un trabajo no solo digno, sino necesario y muy poco reconocido… A ver como estarían las consultas de los psicólogos si no fuese por ellos.

martes, 3 de enero de 2012

Las catacumbas de l@s valientes

El fantasma de la ópera escondía, bajo su terrorífico aspecto, un alma enternecida y abierta a compartir un amor más descompasado que el de cualquier poeta romántico. Su crueldad era también su verdadera máscara, más allá del antifaz físico que ha marcado siempre al personaje, pero bajo ella el hombre lloraba su soledad de una manera terrible y oscura. Tal vez fuese ‘bi-polar’, como ha ocurrido siempre con seres extravagantes, brillantes y también inhumanos.
No es este el caso de tantas máscaras actuales que deambulan por las catacumbas de Internet, pero sirva la reflexión inicial para ubicar el asunto que nos ocupa. Rebuscad y leed blogs, muchos de ellos firmados y otros cientos y miles apenas rubricados por un pseudónimo o nombre sin substancia para cobijar un espacio personal que, en muchos casos, nos deja atónitos por la profundidad de su contenido, por el caudal de interiores desgarrados y expuestos en la red; por la verdad absoluta de lo contado por quien necesita contar y compartir pensamientos que ni por asomo se revelarían en la vida real, en la cotidianeidad de sus vidas de trabajadores asalariados normales y corrientes, funcionarios, parados y tal vez muchos que sienten una profunda vergüenza nada más que pensar en desvelar su nombre.
Hay quien se atreve y se muestra tal cual. La sensación inicial es la de la desnudez total o la del vacío en el estómago. Hay tantos blogs increíbles como seres humanos diferentes ansiosos por comunicar y no por compartir, no, sino por entregar (que es muy diferente). Ayer mismo me encontré otro valiosísimo espacio, otro marco para un lienzo de sueños que no pueden expresarse más que a través de la escritura; en él descubrí la firma de un amigo; de uno como tantos de lo que jamás intuirías un resquemor interno e íntimo dispuesto a ser puesto a disposición de otros tantos que necesitan de esa inquietud para vivir mejor cada día.
Podríamos pensar, desde luego, que algo debe estar fallando en el mundo exterior para que de manera ostensible mostremos la fachada gris y anodina de la uniformidad social; totalmente enfrentada al interior radiante que se expresa en blogs abiertos a la esperanza, a la grandiosidad, a los sueños. Blogs que se convierten en paseos por las nubes y en vuelos sobre mares de luces blancas dispuestas a deslumbrarnos y hacernos evocar…
Son precisamente los blogs el espacio ideal para ello, tal vez por el hecho de que a nosotros mismos nos engaña su aparente intimidad y también tal vez por la simple razón de que no nos preguntemos quien puede estar al otro lado, comprendiendo o rechazando lo que queremos decir de una manera clara, clarísima, franca y desnuda.
Y así resulta que un buen día descubres que al que crees más imbécil es capaz de escribir de esa forma, de una manera tan directa e y hermosamente hiriente. Cambia el chip, pues, al descubrir que su gilipollez no es más que el escudo externo, la máscara blanca, de la que se despoja a línea abierta, a renglón sangrante, cada vez que levanta el vuelo de su propio ser para regalar su pasión a lectores anónimos… ¿Acaso no es esto un gesto inmenso y generoso?.
No estoy de acuerdo cuando se habla de tanta deshumanización. Existe una corriente subterránea en sentido inverso que está solo un golpecito de clic… Lo único cierto es que gran parte de nuestro mundo cotidiano y gran parte de sus gentes siguen tratando como ilusos y bichos raros a quienes muestran sin tapujos una sensibilidad que nadie debe entender como algo egocéntrico o de lucimiento personal… no. Nadie quiere jugar a ser escritor de frases bonitas. Es, y vuelvo a reiterarlo, un acto de generosidad llana y humilde.
En ‘El club de los poetas muertos’, los chavales irrumpen a reír la primera vez que uno de ellos abre su corazón en el silencio de la cueva. Pero esa es solo la anécdota. Pronto se contagia la magia y la verdad que esos chavales esconden por pudor termina por adueñarse de noches inolvidables y momentos en los que reina sin oposición el sentimiento en estado puro pues… no lo olvidéis, somos seres humanos.
Luego vendrán los que husmeen en blogs y páginas personales para chismorrear, lanzar una sonrisa maliciosa y ver en esos textos más un objeto de potencial humillación que un trozo de alma navegando por el éter y buscando corazones donde anidar y contagiar su grandeza. Hay personas a las que la sensibilidad les está negada de por vida simplemente por algo incomprensible: La asocian a la debilidad.
Lo que no atisban ni a comprender es que quien abre su interior al público más desconocido y heterogéneo es un valiente, es un héroe de la intrahistoria, un ser que seguramente se sentirá orgulloso de sus temores, amores, dudas, terrores y hasta meteduras de pata; consciente de que su experiencia personal siempre podrá ayudar a muchos otros que, como él, están buscando su verdadera dimensión y están solo a un empujoncito de alcanzarla.

Dedicado a es@s valientes.