jueves, 22 de diciembre de 2011

Las luces siempre brillarán al final de la calle


Todos los tópicos de la Navidad se derrumban cuando se activa el resorte... ¿Cual?... El que pone a cielo raso el auténtico estado de cosas en que se encuentra tu vida, tus hechos cotidianos, el balance anual de tus inquietudes y proyectos cuminados o defenestrados. Te planteas brindis dorados y sonríes en ellos hasta que el andar torpe de tus seres queridos o la necesidad torpemente escondida de algunos allegados te hace vislumbrar una Navidad sin estrellas y cuajada de nubes.
Pero ante la adversidad, el ser humano hace crecer sus buenos instintos y la solidaridad deja de ser un concepto bonito, pero siempre ajeno a nosotros, para arrastrarnos a ser partícipes de su acción alentadora. No he creido nunca en la 'buena y efímera voluntad' de una semana de lentejuelas y destellos; con los años he ido aprendido a entender que los deseos buenos se suman y lo mejor de todo es que tu primer acto reflejo es reflejarlos para que los demás descubran que hasta sonreir a un extraño al cruzar un semáforo es un signo de generosidad. Lo es, simplemente, sonreir a la cajera del super; lo es enviando una postal a quien no la espera, lo es tocando a una puerta una fria noche para dejar un sencillo regalo. Esos son los primeros pasos; luego viene el difícil: el pasar página e ignorar antiguos resquemores antes de juntar a toda 'esa gente' a tu mesa, gente que mira por donde cuando pasen los años terminarás por echar terriblemente de menos. Y luego, el reto más gordo de todos, el reconocerte a tí mismo que tal vez te habías equivocado en muchas ocasiones... Pero esto, claro, es un pequeño tesoro que solo se descubre traspasando ciertos umbrales marcados por los años.
Y hace mucho, muchísimo, una Nochebuena de frío atroz me asomé a gatas bajo la persiana del balcón para contemplar el milagro de la luz. Al final de mi calle habían colgado un arco de bombillas en el que se unían dos estrellas. Aquella silueta brillante se 'comía' la calle adormecida por un débil resplandor de alumbrado urbano, aquellas estrellas anunciaron a mis cinco años que algo maravilloso podría ocurrir aquella noche... Recuerdo que sonreí como en las películas, pero mi sonrisa fue real pues soñé a cielo raso que el futuro me traería brazados de ilusiones, manojos de felicidad eterna y proyectos infinitos. Aquella Nochebuena se quedó grabada en la retina de mi esencia y en ella buceo con anhelo cada año, cuando creo -equivocadamente- que se agotan las ilusiones y que los horizontes se ocultan tras una densa bruma. Iluso de mi -de nosotros- mientras una estrella de luces tintinee en una noche mágica siempre tendremos la llave para seguir plantando esperanzas en el futuro. Hemos de creer. Tenemos que creer y ser firmes en que podemos salir hasta de lo malo siempre y cuando nuestra base personal se afiance en algo tan simple como el no estar solos; y para no estar solos hay que dejarse de pamplinas y soltar la cuerda aún a costa de parecer que nos doblegamos a los demás.
Hoy, a pocas horas de la Nochebuena; buscaré desde el altozano de mi terraza alguna estrella de luces en el infinito de una ciudad que será un ascua de iluminación y cánticos. Recordaré como con cinco años soñaba en mi propio futuro mientras contemplaba aquellos rústicos arcos de bombillas repartir magia en una noche en la que me temblaba de frio hasta la barriga. Sabía en ese momento que el paso del tiempo me iría concediendo ingénuos deseos... Lo que era incapaz de pensar, en aquel trascendental instante, era que años y años después cada noche, antes de acostarme  con toda la casa a oscuras, siento que me rodean todos los soles del universo durmiendo a mi lado, y eso..., eso no tiene ni tendrá nada que lo supere, ni en el espacio ni en el tiempo.
FELIZ NAVIDAD A TOD@S, Donde quiera que estéis y quienes seáis. Sin ninguna exclusión.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La 'batica'

Un extenso y moderno vial sirve para expandir la ciudad hacia el este. Junto a él, intentando encajar de alguna forma las nuevas y antiguas construcciones, entre las trazas modernas de acerados y luminarias, un grupo de pisitos levantados en los años cincuenta del pasado siglo exhiben las costumbres un tanto desvaidas y descoloridas de sus ya mayores inquilinos. Pero edificios y personas intentan mantener el ritmo de unas costumbres y modo de ver la ciudad que despierta la nostalgia y el calor interior de quienes podemos recordar el encanto y la ternura que vestía la salita de estar de la casa de nuestros mayores, del ‘tapete de croché’ de nuestras abuelas…
Precisamente allí estaba. No ninguna de las mías, sino la de alguien desconocido.
La primavera era aún un cierto espejismo, pero la noche invitaba a una larga sesión de carrera desde la cuidad al campo y de ahí a la lejana playa. El vial era como una pista de calentamiento en la que los corredores, los peatones y esos animados grupitos en torno a una fogata conviven en una curiosa armonía urbana.
La música Jason Derulo en un Mp3 a punto de pasar la ITV no me aisla del mundo exterior; al revés, me hace contemplarlo como si observase tras el cristal de un escaparate que enmudece el interior de la tienda.
Desvié la vista y reparé en la mujer. Era una abuela de rasgos tranquilos que contemplaba los diarios trasiegos de los anónimos viandantes. Se ve que no tenía ganas de pisillo en ese atardecer de primavera adelantada, se bajó a la calle y ocupó plaza en uno de esos también modernos bancos de hormigón. Ella…-y lo que más  me enterneció- con su batica puesta, bien cruzada y apretada contra su generoso pecho y los brazos más cruzados aún en una decorosa pose de quien se siente observada y temerosa de no ser digna de miradas.
No fueron sus gestos o postura. Esa batica me dibujó, en segundos, el retrato cariñoso de tantas abuelas que buscaban el sillón mullidito después de haber preparado un buen plato de papas y huevos al nietecillo hambriento. Esa batica cruzada me reveló cientos de noches inquietas, temores, sueños y … Mucho antes, una vida de esfuerzos, madrugones y café de ‘pucherico’ preparado con un reverencial esmero para un marido, tal vez un poco hosco, que se iba al ‘peazo’ mucho antes de que el primer gallo del barrio canturrease con el tono cascado por el sueño.
Esa abuela, con la batica cruzada, podía permitirse el lujo de estar en batica en plena calle, sin ser consciente de que su vestimenta la dignificaba mucho mejor que cualquier otra prenda. La mujer era una estampa tierna, amorosa, generosa y feliz a los ojos de aquellos que, como yo, iban a pegarse una paliza de kilómetros y sudor.
Me fui alejando pensando en ella. Y como un rayo alentador vi a mi abuela sonreir en mis adentros más íntimos. Me acordé de sus fríos, de su batica abrochada hasta arriba y en su eterno olor a jabón de lavanda, el olor de las abuelas. Me alegré de haberme cruzado con esa mujer desconocida y cálida que irrumpía en la cotidianidad más gris para recordarnos que lo entrañable continúa escondido en todos nosotros hasta extremos que somos incapaces de reconocer.