miércoles, 30 de noviembre de 2011

Discos dedicados desde el otro lado del 'charco'

Internet nos ofrece una extraordinaria posibilidad de navegar por todos los diales del planeta, por escuchar con la misma nitidez que si hablasen en la habitación de al lado a los locutores de Radio Caracol o de alguna emisora del quinto confín.
Hoy, aquel inconcebible malabarismo –para las actuales generaciones- de rescatar para nuestro receptor un sonido medianamente ‘audible y entendible’ (sacando al máximo la antena) sin interferencias cada vez que pasase un coche delante de casa, puede resultar extraño y hasta cómico; como las carcasas de los viejos aparatos, preciosos en sus inicios; extraños como fueron las radios con casette incorporado, los equipos compactos de los setenta o los cacharrazos que los perlas de turno exhibían –hoy lo vemos con horror- por las playas.
Yo tuve la suerte de disponer de una increíble y voluminosa ‘multibanda’ que nos regaló horas y horas de noticias, música, miedos y evocaciones durante inmensas noches de cielos estrellados –sin luz urbana- en veranos lejanos y sabrosamente cálidos. Diarios hablados en español de Radio París, emisoras que –desde la URSS- también nos llegaban en castellano para asombro nuestro… Paraguay… O la aparición, casi fantasmagórica en una noche de niebla que no olvidaré, de Radio San Sebastián, cuyas ondas cruzaron la península entera para venir a darse un baño en una playa del sur.
Y en ese marco, donde la radiodifusión prácticamente se polarizaba en las capitales de provincia, la Costa del Sol se miraba en la Onda Media de Radio Ceuta, de la cadena Ser o en la avanzadísima Radio Tánger, que en los años setenta aventajó a los mismísimos 40 Principales, emitiendo para todo el sur peninsular la música que en España tardaría muchos meses en estrenarse, y que se podía escuchar en las emisoras más punteras del viejo continente. Tánger, con su inolvidable ‘La selección del disc-Jockey’, enunciada en un precioso francés marroquí por su locutora ‘La sélection du disc-jockey', dejaba con la boca abierta a una juventud ansiosa y devoradora de música actual en una época, los ochenta, en que los estrenos mundiales llegaban a nuestras emisoras convencionales (a la vez que a la Primera y Segunda cadena) con un retardo de seis o siete meses.
Su vecina norte africana, la Radio Ceuta de los setenta, adoptó una fórmula cercana, familiar y sentimental. El tirón turístico que la ciudad autónoma en aquellos años se debió, justo es reconocerlo, a la labor de difusión que desde la emisora decana se irradió para toda la costa española desde Almería hasta Tarifa, y donde en sus cuñas era posible conocer al dedillo la oferta comercial que los cientos de bazares de la ciudad puerto-franco ofrecía a miles de turistas que llegaban a su puerto, como oleadas, en las mañanas de los sábados. La Ser de Ceuta, dirigida entonces por D. José Solera y locutada por este y, como ninguna otra, por Beatriz Palomo (a ambos tuve la suerte de conocerlos en persona), regaló a sus oyentes de ultramar varios lustros de ‘Discos Dedicados’. La longitud de la onda media permitía recibir la emisora lo mismo en Cabo de Gata que en Nerja, Estepona o Algeciras, lo que convirtió al programa en uno de los mayores éxitos de la radio española de todos los tiempos, pero no por su gran escala, no, sino por su universal familiaridad. Para costear las dedicatorias, imposibles de sufragar en tiempos en los que no existían ni las transferencias electrónicas y los giros postales tardaban una larga semana, la emisora caballa aceptaba el pago en especie de las –no recuerdo bien- diez o veinte pesetas en sellos de correos que se incluían dentro del sobre donde se escribía la dedicatoria. La carta necesitaba de tres días mínimo para cruzar el charco desde cualquier punto de la costa sur española y todo esto si había suerte de que un temporal de levante no cerrase el Estrecho al tráfico marítimo.
Y, fiel a sus oyentes, los ‘Discos Dedicados’ de Radio Ceuta saltaban al espacio cada sábado a las cuatro de la tarde… “Para Fulanito de Málaga…”, “para perenganito de Rincón de la Victoria…”. Cumpleaños, comuniones, casorios… El casi aborrecido y aborrecible “Dame veneno que quiero morir” y otras piezas de la época se fueron acumulando en el bagaje de un programa que atesoró miles, muchos miles, de buenos deseos cruzados de familiares y amigos, marcando una época y languideciendo al tiempo que las FM convencionales comenzaron a surgir en las costas de Málaga, Granada o Almería, eclipsando el sonido preciosamente imperfecto de la onda media (que siempre sonó a eso, a radio de siempre).
Un servidor, que siempre gustó de rebuscar en los pasados eternos, fue haciéndose de una hemeroteca sonora que hoy haría llorar de emoción y recuerdo a muchos nostálgicos. Voces que fueron, sentimientos que fluyeron y dedicatorias con intención tan oculta como hermosa. Todo aquello se diluyó como por arte de una magia extraña y tal vez injusta…
Sin embargo, como soñar no cuesta, los más observadores y detallistas habrán observado que en la película ‘Contact’ (un film de culto para soñadores de lo infinito) el comienzo simula un alejamiento de una nave supersónica desde el planeta Tierra hacia la profundidad estelar. La nave va alcanzando en sentido inverso las ondas de radio que fluyen al espacio desde el momento presente a los comienzos de las emisiones terrestres… Viendo la película sonreí pensando en que esos ‘Discos Dedicados’ hace ya muchos, muchos años, que dejaron la órbita de la tierra, que salieron del sistema solar y que si alguna vez una civilización inteligente capta ese sonido de un mundo extinto no entenderá de que iba aquello, pero igual hasta le gusta el disco más pinchado de la historia de ese programa… ‘Su primera comunión’.


Nota: Gracias a todos los lectores por vuestros comentarios en Facebook

domingo, 27 de noviembre de 2011

La herencia



Genaro -no es su verdadero nombre- tenía una motillo quizá con más años que él. Remendada y cosida como su propia vida. Pero la pobreza no llora ante los demás… Sonríe, siempre sonríe. Y Genaro era el ejemplo claro y preciso de una existencia sin camino a seguir ni proyecto vital. Nada de nada. Su pequeña mercancía diaria, el mercadeo exiguo, el mercadillo más ambulante de todos: El que cabía en el cajón de cartón que podía aguantar la trasera de la motillo.
Y, entre Genaro y el cajón cabía el chaval. ¿Cómo aquel hombre tan feo podía ser padre de aquel querubín de ojos claros?... El niño no reía tanto como el padre. Es más, no reía. Rubio como el sol y a la vez inexpresivo, silente, de mirada perdida.
Genaro extendía en cualquier lado un insólito muestrario de ropa interior femenina y no pocos cartuchos con medias gruesas que las mujeres de aquel barrio escrutaban y manoseaban antes de proceder a un regateo que –a mí- siempre me pareció despiadado e irreverente.
El niño, mientras tanto, se limitaba estar sentado en el poyete mientras bailaba las piernecillas.
Mirando, siempre mirando sin que ningún gesto delatase conducta alguna que no fuese la indiferencia… Pero al final pudo más su corazón y mientras Genaro recogía agachado los restos de aquel insólito supermercado de la miseria, el chaveilla saltó del poyo, puso su brazo derecho sobre los hombros de su padre y le apretó. No hizo falta más gesto para explicar el amor más incondicional y absoluto.
De esa escena han pasado veinte años y no habrá día en que aquel rubio de ojos claros no recuerde como Genaro, su padre, le pudo dar de comer y sacó a su familia adelante con aquel increíble baratillo que llevaba de barrio en barrio. A el nunca le faltó de nada pero, por encima de todo, no le faltó el orgullo de ser hijo de aquel hombre pobre, muy pobre, inmensamente pobre pero que enseñó a su hijo algo tremendo: El valor de la dignidad y la honradez.
Hace muy pocas semanas, un joven guineano muy posiblemente tan culto o más que un licenciado, bien vestido y yo diría que hasta extremadamente delicado vendía su mercancía por los bares de mi ciudad. Delataba su ‘condición’ el hecho inevitable de soltar un ‘por favor’ o ‘gracias’ cada cinco segundos.
Nadie le compró nada, pero él no perdió ni la sonrisa ni la educación. Hubiera sido uno más de tantos cuantos ‘alteran’ nuestra capacidad de ignorarlos y hacerlos invisibles, si no hubiese sido por aquel precioso crío de ojos oscuros, negro como la mismísima noche, de pelo ralo y sonrisa blanca… Un crío que apareció de la nada, al que se le escapó un gritito y un “¡paapi!” y que posiblemente esperaría con la madre en la puerta, un crío bien vestido y tan educado o más que el padre. Otra historia más que hubiese sido increíble conocer. El hombre, discreta pero contundentemente, intentó sacar a su hijo de una escena en la que él, necesariamente, se sabía el único actor posible; pero el niño se empeñó en colaborar con el trabajo paterno y con sus apenas seis años se sacó de la nada una tortuguita de cerámica y la puso sobre nuestra mesa. No pidió ni dijo nada, pero sabíamos que la vendía. Y se la compramos por tres vergonzosos euros. Si, se la compramos. E hicimos bien, muy bien.
Lo siento, reitero que hicimos bien incluso por los que podáis escandalizaros. No por tres euros, si no por que aquel niño tenía plena consciencia de cómo se ganaba su padre la vida y entendía que aquello era lo correcto. A ninguno de los allí presentes ni se nos pasó por la imaginación que el hombre aprovechase la impronta de su propio hijo para mendigar un sustento, no. Ni mucho menos. Eran más de las doce de la noche, sí, pero ese hombre estaba luchando por los suyos de una manera honesta, sencilla y seguramente tan real como veinte años antes observé en Genaro. Cambiaban las formas, pero no el fondo que anida en la profundidad inmaculada de la dignidad de los hombres y mujeres, de las personas. Ese niño, negro como la noche, seguro que tendría en su padre al héroe que aquel rubio como el sol tuvo en el tío de la motillo. Uno tuvo y el otro tiene la clarividencia suficiente, en su niñez, del trabajo duro pero a la vez grandioso por el hecho innegable de su sencillez, de su humildad, de la entrega, del sacrificio por lo más sagrado del mundo: Los hijos. El rubio ya había crecido, el negrito tendrá tiempo de hacerlo sintiendo la certeza de que los héroes existen y que tu propio padre puede ser uno de ellos solo por haber sido capaces de mirar de frente, con la barbilla levantada y pensando siempre en que habría un pequeño por el que luchar.
Eso sí… Un niño siempre es un niño y cuando al negrito le pagamos la tortuga meditó unos deliciosos instantes e hizo ademán de querer quedarse aquella pequeña mercancía que acababa de vender, mientras nos escrutaba a todos con una mirada incierta cuajada de interrogantes. Al unísono nos dimos cuenta de que, por un extraño designio, alguien nos estaba dando en ese instante toda una lección de amor.

martes, 22 de noviembre de 2011

Desde el 'segundo piso'


Un sobresalto extraño me hizo detenerme frente a un nicho de mármol negro brillante, casi recién bruñido; de nueva factura, irisado y sin los inevitables chorreones que van empañando las lápidas por la acción despiadada de vientos, lluvias o del poco cuidado que pueden mostrar los que vienen a limpiar los pisos ‘de arriba’ con la latita de pintura.
Era día de difuntos. Día más que de fiesta de ‘feria’ a juzgar por el bullicio, los saludos en voz alta y el correteo curioso de los críos por las simétricas callejuelas de esa ciudad hermosa y rara, ausente y cercana a la vez, soñadora y lúgubre. Evocadora y cierta… Terriblemente cierta.
Me dejé llevar por el río de gente.
El nicho de mármol negro está en la ‘zona nueva’. Allá donde es inevitable sentir un leve rubor por el inevitable gesto de taparse la nariz y la boca… “¡Lo que huelen son las flores que llevan ahí ya un montón de días!”, decía una mujer tratando de autoconvencerse de que el lugar donde hacía poquísimas fechas que había enterrado a su marido no podía oler a muerto, sino a flores marchitas… De la misma forma que se marchitan los sentidos al contemplar la soledad de los muertos…
Allí dejé a la mujer sentada en un taburetito mientras se balanceaba mirándose las rodillas, escondiendo la vista a la realidad, buceando y balbuceando en sus recuerdos.
Yo solo podía pensar en que a lo único que olía era a muerto. Pero me detuve.
La foto ovalada de la lápida me pareció un insulto cruel, una carcajada de la muerte soltada a bocajarro, desdentada y sin piedad. Yo conocía a ese hombre y ese hombre vivía hace… hace… ¿días? No era mayor, no se le veía enfermo….
En la foto sonreía y pensé en qué cruel instante de nuestras vidas nos hacemos una foto sin pensar en que esa será la imagen que habrá de lucir, post-mortem, en una lápida que cada uno de noviembre alguien con lágrimas en el alma limpiará primorosamente.
Eso, en el caso de que uno no decida la opción rápida y nada ecológica de la incineración con caja incluida.
Pero la foto, todas las fotos de la inmensa necrópolis atestiguan miles de pasos de tiempo, miles de familias truncadas, de sueños eternos a la espera, de llantos que algunas noches revolotean como mariposas negras en un trigal reseco… Fotos que miran de frente, pero con ojos perdidos en un extraño éter. Fotos raídas, desvaídas o recién reveladas con patina brillante que expresan muertes recientes y fresquitas.
Aquella foto, sin embargo, mostraba el rostro de un hombre joven y –a pesar de la trémula sonrisa de (pongamos, por ejemplo) Juan- la imagen exudaba angustia. La partida fue anticipada, precipitada, dramática y fuera de lugar. Aquel acto final se escenificó a destiempo y dejó estelas cortadas en varias vidas cercanas.
Me contaron después que se sumaron tragedias personales en la vida de aquel hombre y que el resultado final de la cuenta fue una cuerda, una viga y… el silencio.
Su foto no hablaba de ello, sino de una tranquila sonrisa dedicada a quien cualquier tarde en la que brillaba un sol tranquilo decidió hacerle a… Juan, su postrero retrato. La imagen que ilustraría, para las generaciones venideras, el testimonio de su infortunio.
La lápida de mármol negro selló para décadas la prueba irrefutable de la debilidad humana. Debilidad, sí. Nunca cobardía pues aquel hombre fue valiente para decidir después de sufrir lo indecible. Una decisión cruel que solo la muerte perdonaría y comprendería. En ese momento dejé de pensar en ella, en la Muerte, como un monstruo de carcajadas espantosas y más como un guía silencioso y serio dispuesto a mostrar senderos que se pierden entre brumas que van borrando pasados y desgracias. Solo la muerte nos hace libres.
La lápida quedó atrás, más que sola solita. Y la foto nos sucederá a todos, sonriendo por siempre para dar a ese hombre la opción de una paz eterna expresada con una trémula sonrisa, desde el ‘segundo piso’ del bloque 2 del 4º Patio.
Cuando la vida no es vida, la muerte corteja y enamora.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Yesterday


La primera impresión que tuve de Doña Lola fue la de una mujer extraordinariamente feliz, cercana y muy familiar; tanto que, sin tener esta condición por genética, pronto nos adoptó como nietos ya mayores y una vez se marcharon nuestros padres de aquel piso con habitaciones para estudiantes matizó en voz baja las advertencias paternas: “no os preocupéis, yo se que los jóvenes fumáis casi todos. A mi no me importa. Yo lo que quiero es que estéis ‘agustico’ y que no os falte de nada”.  Comenzaba una nueva etapa inmensa, inquietante e ilusionante, algo atenazada al principio por el fantasma de la soledad y el abandono del nidito familiar; por eso mismo, aquel piso de acogida –con señora incluida- parecía una opción intermedia de la que en esos primeros instantes no pude intuir que, al cabo de las semanas, despertaría en mí un cariño increíble por esa mujer, por la que fue abuela de acogida también (en este caso a la inversa) y con la que se entablaría una relación cómplice y de mutua necesidad.
SI por un lado buscábamos el calor de un hogar, con comida ‘de olla’ y sábanas limpias muy alejado de los nuestros, por otro Doña Lola completaba su (yo imaginaba) exigua pensión de viuda al tiempo que recibía el regalo plácido y deseado de la conversación, de la compañía, de la presencia de gente joven que revitalizara aquellos pasillos y habitaciones que tal vez llevaban demasiado tiempo silenciosos y vacíos.
Doña Lola, en todos esos meses de un curso inolvidable, fue un caudal contante de risas, de chascarrillos, de orgullosas historias de nietos lejanos en la distancia, de añoranzas y chismes. Doña Lola bajaba a la tienda cada mañana y siempre volvía con algún caprichillo para sus nietos adoptados que se iban helados de frío a las clases de la facultad no sin antes haberse zampado un pedazo de pan tostado en la ‘carmelita’, regado con aceite y su pizca de sal.
Durante las vacaciones de Navidad la llamé una noche y nunca olvidaré lo que dijo: “Vuelve pronto, te he comprado unas galletas de las que te gustan”. Esa frase me llegó al alma como una bocanada de amor y a través del auricular sentí profundamente la inmensa soledad que se encerraba en la petición.
Doña Lola iba y venía con sus achaques, pero siempre contenta y pizpireta, encantada de vendernos los encantos de una ciudad que comenzaba a florecer en las primeras tardes templadas de una primavera que iba anunciando la despedida inevitable. Sabíamos que no habría un segundo curso con Doña Lola, pues le recomendaron no hacer más esfuerzos que los necesarios y cuidar de dos 'talallones' en edad de golfear pudiera no ser lo más recomendable físicamente, aunque interiormente ella y nosotros hubiéramos deseado compartir muchos más momentos de mesa camilla, de pucheros y de la compañía gratificante y angelical de aquella mujer.
Una noche, cuando ya la cercanía del verano nos forzaba a pasar las noches con las puertas de las habitaciones abiertas, decidí irme a dormir tras una larga sesión de estudio. Pasé de puntillas frente a su dormitorio, preciosamente y débilmente iluminado con el azul claro de una noche que se colaba por la persiana de madera. Intuí que estaba despierta, como tantas madrugadas en las que esperó que volviésemos de alguna farra o nos metiésemos en la cama hartos de café y de hincar codos… En ese momento en su viejo aparato de radio sonaba ‘Yesterday’. Nunca una coincidencia (‘ayer’) fue tan oportuna. Me detuve en silencio unos segundos pues ante mi se reveló con dolorosa realidad el paso de tiempo, la lejanía de los amores idos,  las ausencias imposibles de reemplazar, la soledad inenarrable que la mujer sentiría en sus adentros cada vez que explorase el ayer desde los pliegues de la almohada en una cama sentenciadamente vacía. Yesterday sonó triste e imaginé los ojos de Doña Lola rebuscando en el horizonte que fue quedando atrás y en cuya negrura se iban perdiendo los barquitos cargados de tantas emociones, cariños y risas.
Desde entonces, aborrezco una canción que solo me transmite el miedo al vacío vital, el dolor por las sonrisas y abrazos que no volverán a producirse. Yesterday reafirma en mi el convencimiento de que tal vez vivimos demasiado nuestro tiempo, tanto que buena parte del mismo, en aquel donde tanto habremos de necesitar a los nuestros es precisamente cuando tendremos que pasearnos por habitaciones vacías en las que colgarán las fotos de aquellos días que fueron auténticos días.
Aquel curso tuvimos hogar, pero el descubrimiento fue ella, Doña Lola. Su calor, su voz y sus chascarrillos. No éramos ni sus hijos, ni sus nietos pero puedo jurar y perjurar que en muchos momentos tuve la inmensa sensación de sentirme querido a la vez que orgulloso por haberle procurado todo un año de feliz compañía

Yesterday’ (‘Ayer’) es una balada melancólica de The Beatles grabada en 1965 para el álbum Help! .

martes, 8 de noviembre de 2011

Angel Alvarez

El poder de hacer evocar, de provocar en otros el despertar de una magia oculta es uno de los dones más preciosos de la naturaleza humana. Pero solo les ha sido concedido a unos pocos seres que lo reparten de manera sencilla y generosa.
Tal era ese poder que yo, con apenas siete u ocho años y sin entender nada de comunicación, fui capaz de imaginar espacios infinitos, desiertos de arena y mar, nubes y nostalgias. Bastaba cualquier disco, cualquier música, para que Ángel Álvarez despertase en el oyente una ‘inquietud inquieta’, una desazón hermosa por intentar comprender qué sentimientos y visiones se esparcían el aire mientras la aguja rascaba los surcos de aquellos valiosísimos vinilos, de aquellas músicas y canciones de todos los confines del mundo, canciones que hablaban de descubrimientos, de libertad, de miedos, de amor… temas, por cierto, inéditos en su gran mayoría en España.
En 1988 el programa ‘Querido Pirulí’, Fernando García Tola emitió una entrevista con este hombre de excepcional vocación. En un momento, Tola se refiere al locutor como “uno de los primeros del susurro”. Un susurro que arrastraba al oyente como una corriente subterránea, cristalina y cálida; un tono de voz que navegaba despacio sobre un espejo plano y sereno… aquella voz de inigualable paz y querencia, ese tono seguro y enamorado… Esa voz fue compañera de mi infancia, en eternas grabaciones de ‘casette’ que mi padre acumuló hasta cientos, sin darse cuenta de que atesoraba un legado radiofónico que marcó una época en el devenir de la comunicación en este país. Ángel Álvarez, de quien pudiera ser que yo mismo adquiriese esa devoción por las ondas, cautivó a millones de oyentes desde el mítico programa de la radiodifusión de todos los tiempos “Vuelo 605”, emitido hasta 1971, pasando por cientos de increíbles programas de música genial e inolvidable, al popular ‘Clásicos de la Música Ligera’, formato que permanece grabado en mi recuerdo, amparado en su voz de notas mullidas, irrepetible, profesional, capaz de hacerte sentir lo más maravilloso que anida en el corazón de una pieza musical, de una canción… Con la maestría y soltura que le dio su amplitud de miras (fue jefe de comunicaciones de vuelo, en Iberia), llegó a acumular más de cuarenta mil discos…
“recuerdos traídos en mis vuelos, que son mi vida…”
La Voz de Madrid, Radio Nacional de España, Radio Madrid, M 80, Cadena Minuto…En todos estos medios, y en muchísimos más, dejó su impronta, su legado, su aportación a la música de todos los tiempos. Sin ser músico, escribió música con su voz y la repartió a varias generaciones de melómanos que terminaron por ser esto y, además, enamorados de la radio. Como yo lo fui y lo soy.
Ángel Álvarez, que falleció en el año 2004, decía en aquel programa de Tola una frase que he adoptado como reveladora: “Hay una gran fidelidad a la voz, porque la voz expresa la sinceridad y el sentimiento del mensaje”. Y es cierto, maestro, muy cierto, inmensamente cierto. Hoy, que la banalidad y -lo que es peor- la vulgaridad ha traspasado peligrosamente la pantalla de la TV y comienza a hacer pinitos en la radio; hoy que no importa la voz, ni el tono, ni el saber enfatizar, ni el preocuparse a diario por la calidad de la expresión, por la necesaria a veces dramatización, por las inflexiones… Hoy locutores sin alma dan puñetazos en la mesa, estornudan en antena y dicen burradas con la misma facilidad que uno va a orinar. Hoy que no importa que el LOCUTOR comunique, que cale en los sentidos del oyente como un susurro cómplice y no como un martillazo, hoy que se exhibe la ramplonería en antena sin ningún rubor, que muchos mal llamados locutores no se molesten siquiera en pronunciar adecuadamente… Hoy se ha perdido completamente la capacidad de expresar esa sinceridad y sentimiento de la que hablaba Ángel Álvarez; hasta tal punto que nos lleva a cambiar de dial como el que come pipas, esperando que en un punto determinado surja una voz amable y profunda que nos ayude a algo que buscamos con aliento y desaliento en nuestra cotidianeidad: A SOÑAR, A EVOCAR.
Esas viejas cintas de casette paternas no podrán perderse nunca. En ellas se guardan muchas horas de saltos al vacío de un alma que buscó en la música el camino hacia el infinito, de nudos en el corazón a fuerza de rememorar horas de melodías que rajaban el alma, de imágenes que Ángel Álvarez nos ayudaba a plasmar en nuestra mente, que solo él recreaba como si fueran hologramas pasando ante nuestros ojos. Combinó la música y los sueños anudándolos con el cordel invisible de una voz única, sosegada, asombrosa… que cambió la historia de la radio en España.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Una buena lección

Con trece años recién cumplidos, polluete y en la frontera del B.U.P., me topé de bruces con la tropa de adolescentes adelantados que habría de tener por compañeros de octavo de E.G.B.
Aún recuerdo mi desconcierto de aquel primer día de clase en aulas extrañas y cuasi-prefabricadas; aún puedo sentir mis rodillas renegridas de arañazos y mi cuerpecillo aún infantil embutido en pantalones cortos frente a la afrenta desairada y envalentonada de aquellos gigantones multi-repetidores; la mayoría de los cuales, para mayor ridiculez de los que aun éramos y nos sentíamos críos, se afeitaban ya un grueso bigotazo y presumían de escarceos sexuales que -a fuerza de inventarse- terminaron por creerse ellos mismos.
Fue en la segunda hora cuando me marcaron la directriz de comportamiento: “¡en matemáticas, a armarla!”.
Hoy, una bofetada de rubor me cruza el recuerdo cada vez que observo, en el álbum de mi memoria, al viejo profesor. Ya entonces ‘desentonaba’ un profe vestido de traje negro. Ya entonces desentonaba su carpeta de gomas raídas. Ya entonces desentonaban sus gafas… y su encorvada silueta, y como se humedecía los labios…
Desentonaba un abuelo amable de otra época en aquel circo de leones.
Les desentonaba a ellos, claro, a mí me pareció siempre un ser venerable con el que conversar hubiera sido un tesoro único e inmaterial.
Aquella tribu de salvajes que hicieron el curso imposible al anciano sabio no tuvo piedad ni remordimientos. El maestro de matemáticas no pudo jamás volverse de espaldas, por temor a ser literalmente lapidado con toda clase de objetos, ni explicar en un reverencial silencio (interrumpido siempre por gritos e imitaciones de animales) ni transmitir su posiblemente valiosa enseñanza de una asignatura siempre compleja…
Pero él no desistió, ni se le hundió la dignidad en aquel mar de piratas sin entrañas. Resistió y a pesar de todos sus ojos proclamaban un incondicional amor de décadas por la enseñanza. Cada mañana abría una carpeta que contenía un puñado de hojas amarillentas atestadas de formulaciones una y mil veces planteadas en muchos años de octavos; en años en los que posiblemente el alumnado no fue una horda sino un aula atenta. Pero aquel curso, en la mismísima frontera de su jubilación, un grupo de niñatos sin horizonte académico dedicaron sus horas lectivas a ridiculizar a un hombre culto e indefenso, deseoso de transmitir, demasiado mayor e incapaz de responder (salvo con algún inaudible ‘¡por favor!’) a esa recua de monos chillones e indisciplinados.
En algún momento, para eterna vergüenza mía y con la bastarda intención de ganarme el ‘respeto’ de mis compañeros intenté emular alguna de sus lamentables actuaciones… pero me vencía el ridículo interior, el dolor de saberme hacedor de un daño profundo a mi maestro.
En aquellos tiempos se estaban sentando las bases de la mala educación de la educación, de la tiranía de niñacos mal criados y mal mimados por padres aún más incultos y permisivos que ellos.
Pero yo no me dejé vencer y por eso mismo fui tildado de ‘empollón’, fui desplazado y hasta insultado. Me llegaron a robar en clase y siempre fui un traidor a la causa del linchamiento moral protagonizado por ese grupito de muñecos diabólicos hacia su profesor de matemáticas… Me dolió profundamente, pero obedecí a mi corazón y esa sumisión interior terminaría por abrirme los ojos de par en par y hoy puedo expresar, con orgullo, que mi actitud de respeto a mi maestro me ha servido para que a mi se me respete como persona y como profesional. Hoy no me arrepiento de haber sido tan ‘blando’, pues eso me hizo crecerme como ser humano y grabar, en lo más profundo de mi mismo, que el ejercicio de la comprensión, de la ayuda, de la piedad y del respeto no son sinónimo de ser un blandengue, un niño bonito o hasta un ‘mariquita’ (como tildaban a aquellos que exhibían sin tapujos sus buenas intenciones)… Hoy me honro profundamente de acordarme de mi viejo maestro y de hacerlo con toda la actitud reverencial que por cobardía no pude mostrarle ya que aquel grupo de listillos (me gustaría saber a qué les permitió dedicarse su falta de corazón e incultura –muchos no acabaron la E.G.B.-) nunca me permitió exhibirla con honestidad. Me faltó entonces la valentía de rebelarme; pero hoy, con un hijo ya en esa edad fronteriza, quiero dibujar en una inmensa pizarra atemporal la más arrebatadora y franca sonrisa que aquel valiosísimo ser humano que enseñaba matemáticas siempre se mereció. La misma que nunca le pude dedicar por miedo a que me llamasen ‘cagao’.
Se jubiló a finales de los setenta. Fue objeto de las más altas distinciones a nivel nacional y desde hace muchos años un colegio de la bella ciudad norteafricana de las ‘siete colinas’ lleva su nombre. A él, como a otros muchos de mis buenos maestros, le debo haber aprendido que no existe humillación capaz de hundir la dignidad del ser humano y mucho menos si esta la promueven aquellos que no serán capaces, en toda la longitud de su vida, de ver más allá de su propia sombra.
El, mi maestro, nos dio una buena lección a todos.
D.E.P.