viernes, 4 de noviembre de 2011

Una buena lección

Con trece años recién cumplidos, polluete y en la frontera del B.U.P., me topé de bruces con la tropa de adolescentes adelantados que habría de tener por compañeros de octavo de E.G.B.
Aún recuerdo mi desconcierto de aquel primer día de clase en aulas extrañas y cuasi-prefabricadas; aún puedo sentir mis rodillas renegridas de arañazos y mi cuerpecillo aún infantil embutido en pantalones cortos frente a la afrenta desairada y envalentonada de aquellos gigantones multi-repetidores; la mayoría de los cuales, para mayor ridiculez de los que aun éramos y nos sentíamos críos, se afeitaban ya un grueso bigotazo y presumían de escarceos sexuales que -a fuerza de inventarse- terminaron por creerse ellos mismos.
Fue en la segunda hora cuando me marcaron la directriz de comportamiento: “¡en matemáticas, a armarla!”.
Hoy, una bofetada de rubor me cruza el recuerdo cada vez que observo, en el álbum de mi memoria, al viejo profesor. Ya entonces ‘desentonaba’ un profe vestido de traje negro. Ya entonces desentonaba su carpeta de gomas raídas. Ya entonces desentonaban sus gafas… y su encorvada silueta, y como se humedecía los labios…
Desentonaba un abuelo amable de otra época en aquel circo de leones.
Les desentonaba a ellos, claro, a mí me pareció siempre un ser venerable con el que conversar hubiera sido un tesoro único e inmaterial.
Aquella tribu de salvajes que hicieron el curso imposible al anciano sabio no tuvo piedad ni remordimientos. El maestro de matemáticas no pudo jamás volverse de espaldas, por temor a ser literalmente lapidado con toda clase de objetos, ni explicar en un reverencial silencio (interrumpido siempre por gritos e imitaciones de animales) ni transmitir su posiblemente valiosa enseñanza de una asignatura siempre compleja…
Pero él no desistió, ni se le hundió la dignidad en aquel mar de piratas sin entrañas. Resistió y a pesar de todos sus ojos proclamaban un incondicional amor de décadas por la enseñanza. Cada mañana abría una carpeta que contenía un puñado de hojas amarillentas atestadas de formulaciones una y mil veces planteadas en muchos años de octavos; en años en los que posiblemente el alumnado no fue una horda sino un aula atenta. Pero aquel curso, en la mismísima frontera de su jubilación, un grupo de niñatos sin horizonte académico dedicaron sus horas lectivas a ridiculizar a un hombre culto e indefenso, deseoso de transmitir, demasiado mayor e incapaz de responder (salvo con algún inaudible ‘¡por favor!’) a esa recua de monos chillones e indisciplinados.
En algún momento, para eterna vergüenza mía y con la bastarda intención de ganarme el ‘respeto’ de mis compañeros intenté emular alguna de sus lamentables actuaciones… pero me vencía el ridículo interior, el dolor de saberme hacedor de un daño profundo a mi maestro.
En aquellos tiempos se estaban sentando las bases de la mala educación de la educación, de la tiranía de niñacos mal criados y mal mimados por padres aún más incultos y permisivos que ellos.
Pero yo no me dejé vencer y por eso mismo fui tildado de ‘empollón’, fui desplazado y hasta insultado. Me llegaron a robar en clase y siempre fui un traidor a la causa del linchamiento moral protagonizado por ese grupito de muñecos diabólicos hacia su profesor de matemáticas… Me dolió profundamente, pero obedecí a mi corazón y esa sumisión interior terminaría por abrirme los ojos de par en par y hoy puedo expresar, con orgullo, que mi actitud de respeto a mi maestro me ha servido para que a mi se me respete como persona y como profesional. Hoy no me arrepiento de haber sido tan ‘blando’, pues eso me hizo crecerme como ser humano y grabar, en lo más profundo de mi mismo, que el ejercicio de la comprensión, de la ayuda, de la piedad y del respeto no son sinónimo de ser un blandengue, un niño bonito o hasta un ‘mariquita’ (como tildaban a aquellos que exhibían sin tapujos sus buenas intenciones)… Hoy me honro profundamente de acordarme de mi viejo maestro y de hacerlo con toda la actitud reverencial que por cobardía no pude mostrarle ya que aquel grupo de listillos (me gustaría saber a qué les permitió dedicarse su falta de corazón e incultura –muchos no acabaron la E.G.B.-) nunca me permitió exhibirla con honestidad. Me faltó entonces la valentía de rebelarme; pero hoy, con un hijo ya en esa edad fronteriza, quiero dibujar en una inmensa pizarra atemporal la más arrebatadora y franca sonrisa que aquel valiosísimo ser humano que enseñaba matemáticas siempre se mereció. La misma que nunca le pude dedicar por miedo a que me llamasen ‘cagao’.
Se jubiló a finales de los setenta. Fue objeto de las más altas distinciones a nivel nacional y desde hace muchos años un colegio de la bella ciudad norteafricana de las ‘siete colinas’ lleva su nombre. A él, como a otros muchos de mis buenos maestros, le debo haber aprendido que no existe humillación capaz de hundir la dignidad del ser humano y mucho menos si esta la promueven aquellos que no serán capaces, en toda la longitud de su vida, de ver más allá de su propia sombra.
El, mi maestro, nos dio una buena lección a todos.
D.E.P.

3 comentarios:

Manuel Fernández Olvera dijo...

Artículo precioso. Pero viniendo de tí...no me extraña. Con respecto al blog...bien. Para mi gusto, encajaría mejor la palabra "puro" que "bruto". Pero...como gustos hay colores.
MFO

Anónimo dijo...

Me ha estremecido por cierto y real. Porque también me ha recordado un suceso parecido. Por la crueldad de las personas insensibles...Pero sobre todo por como está expresado, por todas las palabras usadas y por la forma de relatarlo porque sabes expresar por escrito los sentimientos y eso es algo muy difícil.
Encarni Cifuentes Pérez

Anónimo dijo...

Que bien escribes Fermín, da igual el tema que toques, le das magia a todo lo que redactas. Te felicito. Judit N.M

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