viernes, 24 de marzo de 2017

¡Ahora me ves!

¿Quien se anima?
Mi amigo @RojasLahoz, que es un lince, me dijo una vez: “cuando está meando, el hombre es el ser más indefenso del mundo”. Es cierto, sonados crímenes de la historia de la humanidad se han producido en ese momento. De hecho, la reacción natural de un hombre, en plena larga y cálida meada, es la de proteger instantáneamente su miembro, dejando totalmente vulnerable la espalda y el resto del cuerpo. Es el instinto de protección de la especie.
Me vino el asunto a la cabeza durante los dos o tres minutos que pasé deliberando si utilizaba o no los extraños cubículos de la fotografía. No sería por ganas, que las había (y muchas, después de unas cuantas horas de mesas redondas) sino porque me quedé, literalmente, pasmado.
Mi primera reacción fue el sonrojo. Si el autor de tamaña obra mingitoria probó antes las medidas, colocando los meaderos a una altura lógica, he de entender o bien que el hombre “calza” 50 centímetros de rabete o que su altura total no pasa del metro veinte; porque descarto que fuese un niño el que diseñase e instalase los evacuadores masculinos.
Solventado el problema de la altitud, uno piensa que orinando con cierta puntería desde mi altura más o menos normal (1,76) la cosa está resuelta; pero no. Quedaba la cuestión de la pudorosa compostura que uno debe mantener mientras suelta el chorrillo. No es para menos, los urinarios no solo son extrañamente bajos, sino que su moderno diseño los ha dejado desnudos de orejeras “tapa vistas”, con lo que al riesgo de la salpicaduras desde la posición elevada se une el del espectáculo gratuito que me vería obligado a ofrecer al resto de inoportunos usuarios del servicio.
Ciertamente, cuando cualquiera de nosotros utiliza uno de estos adosados, se siente seguro y fuera de miradas de quienes, a lado y lado, hacen exactamente lo mismo. Pero sin protección visual confieso que me entró el pánico escénico y ya imaginaba un hipotético momento en el que, en plena faena, entrasen dos o tres ponentes encorbatados y me pillasen con todo el pantalón abierto, los ojos cerrados y apretados e intentando que no se me cortase la meada por culpa de la vergüenza. Y, encima, luego viene el espinoso asunto de las comparaciones... ¡yaaa!... digáis lo que digáis aunque sea sin querer todo el mundo mira, porque es imposible volverte ciego en un váter público.
No es lo mismo, no. Ponerte en bolas en las duchas, en el gimnasio, en la playa nudista. Eso da igual, pero que te observen (aunque sea de soslayo) meando es como una afrenta a nuestra dignidad. ¿O no?. El último reducto de la intimidad masculina no puede verse mancillado porque a quien diseñó este wc se le antojase más mono poner los urinarios tan bajos y sin al menos unas cortinillas para separalos.
Abrí bien los oídos y al no escuchar pasos en el pasillo pensé en arriesgarme. Total, dos cafés y un zumo darían para un minutillo y recomponerme rápidamente bragueta de cinco botones, cinturón y camisa. ¿Pero y si llegaba alguien corriendo? ¡Ojú!
Me acordé entonces de aquella cámara indiscreta en un urinario público de Madrid, donde metieron un león de verdad y me di cuenta de que mear en público, a pelo, es como un poquillo complicado. También me acordé de que en la feria de Granada tuve que entrar en los servicios de la caseta municipal, en plena madrugada, y me encontré una pared lisa con un canalillo de agua corriendo por abajo (como en los cuarteles) y allí sí que había que mear a pito descubierto y escoltado por otros quince o veinte caños provenientes de barrigas hartas de copas. Pero a esas horas todo daba igual.
Para más colmo, inmerso en un evento repleto de personalidades, me entró el temor de que a mi vera llegase algún concejal de la zona, nos viésemos los dos en tan poca glamurosa acción, y terminase el asunto en un comentario mal gracioso en Facebook. No me fuera a pasar como aquel que meaba, también en un servicio público de Madrid, y se le colocó al lado el mismísimo alcalde Tierno Galván... ¡y le entró en conversación!.
También es cierto que llegué a dudar de mi razonamiento y pensar que aquello eran lavamanos, y que los meaderos estaban en otra sala del moderno edificio. Pero no.
Confieso que, en un arrebato jurídico, me planteé consultar si esto estaría contraviniendo la Ley de Protección de Datos... pero dudo mucho que el aparato masculino entre en la consideración legad de "dato".
Total, que descarté esa especie de hornacinas siderales y entré en uno de los cuartillos aunque dejando la puerta abierta; para que si entrase alguien se diese perfecta cuenta de que uno no tiene por costumbre ir enseñando la minga a diestro y siniestro. ¡Faltaría más!.
Eso sí, lo más cruel de todo esto es que muchos hemos pasado por este lugar y luego nos callamos como zorros y no lo comentamos... o a ver si es que son imaginaciones mías, pero estoy seguro que no. Por eso hice la foto.

¡Ah!. La ristra de inmaculados y porcelánicos mingitorios está en los servicios de la primera planta del Centro de Desarrollo Turístico de Motril (Granada), por si vais, los utilizáis y de camino os ven.

martes, 7 de febrero de 2017

Becas: de la legalidad a la inmoralidad


De antemano, no voy a enumerar la inexplicable e injustificable maraña administrativa que, año tras año, perjudica de manera muy dolorosa a los estudiantes becarios y a sus familias. Si tuviese que relatar una mínima parte de lo que uno lee en las redes sociales, en su inmensa mayoría casos de absoluta indignación y desesperación, necesitaría publicar un memorándum que pondría rojo de vergüenza al Estado Español ante el resto de una Europa que nos aventaja siglos en materia de educación y apoyo a sus ciudadanos.
Pero aquí no. Bien al contrario. En pleno mes de febrero, MEC y Junta de Andalucía, tanto monta monta tanto (cito Andalucía porque es la que a algunos nos ha tocado sufrir, pero esto lo podemos extrapolar a otros muchos territorios, porque lo que están haciendo con Cataluña parece un castigo en toda regla) llevan años envueltos en un peloteo de incompetencias que, en el presente curso, ha alcanzado la categoría de esperpento del que, una vez más (y van mil) solo hay unos claros perjudicados: nuestros hijos.
¿Cómo se puede consentir que a estas alturas de curso aún no se tenga ni la más remota idea de qué va a ocurrir con las becas del presente curso? ¿Son conscientes en el Ministerio y en la Junta qué la inmensa mayoría de las familias solo disponen de ese recurso para que sus hijos puedan cursar estudios superiores? ¿Hasta cuándo van a seguir dando la espalda a la terrible situación económica de cientos, cientos y cientos de hogares andaluces?
La incertidumbre y, lo que es peor, la angustia de miles de familias ante las respuestas ambiguas, las dilaciones y el pamplineo de una administración insensible comienzan a tener el efecto que, parece, quieren nuestros políticos: que a los estudiantes desplazados a las capitales para cursar sus estudios universitarios se les comiencen a acumular los pagos del alquiler y tengan que sacar sus asignaturas sabiendo (y sufriendo) que sus padres o no pueden estirar más los ingresos familiares o carecen totalmente de recursos, a la vez que están manteniendo a sus hijos fuera a base de pedir dinero prestado.
Además, algo que nos hierve el alma es que un privilegiado sector de la población parezca estar negando el derecho de los becarios a solicitar la ayuda estatal-autonómica para estudiar. Esto, que en cualquier parte del mundo civilizado es una condición general del sistema educativo, en España se intenta al máximo que parezca una limosna, una dádiva del papá Estado ante el que hay que aguantarse el tiempo que sea en su demora, en su resolución y en su concesión. No me entra en la cabeza que el Estado y las Comunidades Autónomas nos terminen haciendo creer que la concesión de becas es un acto de caridad condescendiente, cuando lo único cierto es que la carrera universitaria o los estudios en general de un joven no solo le beneficiarán a él, a futuro, sino que revertirán en su propio país, en su comunidad, a la que aportarán su conocimiento, profesión y (¡no lo olviden!) cotización. Con la concesión de las becas, el Estado y las CCAA están realizando una increíble inversión a medio y largo plazo que ahora, por mor de una clase política sin la más mínima empatía social ni capacidad previsora, le están renqueando y escatimando a toda una generación.
Mientras, una legión de familias echan cuentas en febrero y se les coge un nudo en el estómago porque saben que los trescientos, cuatrocientos euros (o lo que sea) que son necesarios cada mes para la manutención, alojamiento y coste elevadísimo (que esa es otra) de los estudios en España, han consumido ya el escaso ahorro del hogar y que a partir de marzo tendrá que pagar el Ángel de la Guarda.  Porque este país es tan gracioso que las becas en general y las más necesarias para las familias sin recursos en particular, se pagan a final de curso. Todo muy, muy legal, sí…. Pero una indecencia como una catedral.
¿A qué os hace gracia?
De las becas para niños con necesidades especiales ni os cuento; los desfases en este último caso son demenciales, las exigencias de documentación poco menos que kafkianas y el asunto roza la inmoralidad más absoluta pese a que, como he dicho antes, tenemos que aguantarnos ya que todo es “legal”, absolutamente “legal”. ¡Faltaría más!. Pero la legalidad, en lo que estamos hablando aquí, no significa necesariamente ni ético, ni moral, ni…. humano.
Hace unos días leí algo desgarrador. Una joven, angustiada, pedía consejo en las redes sociales. Hija de una madre soltera en paro y sin la más mínima posibilidad de seguir pagando el piso en alquiler donde vive, con lo justo y con lo mínimo, para estudiar una carrera fuera de su pueblo, lanzaba una petición de ayuda. Así, con su nombre, dando la cara y a la vez una lección de dignidad que bien deberían aprender quienes gestionan la cosa pública y que no se sonrojan aunque haya padres que estén totalmente desmoralizados, por no decir humillados ante lo que tendrán que decirles a los estudiantes cuando no haya un euro más. No hacía falta ser muy listo para entender que la joven tiene que estar metida entre libros con esa preocupación terrible e injusta sobre sus hombros. ¡Ah!, ¿Qué por ser pobre no tiene derecho a estudiar? Lo reitero, estamos hablando de un DERECHO no de un capricho de las clases normales y corrientes, aquellas que el aparato estatal y autonómico, mal conducido políticamente, están destruyendo desde hace varios años, sin misericordia ni el más mínimo sonrojo. ¿De verdad pretenden situar a este país en cabeza y vanguardia de Europa tratando a los estudiantes como miserables y apesebrados?
Recuerdo algo que leí en mi pueblo. Cuando en los años 60 del siglo XX se anunció la puesta en marcha del Instituto Laboral, los “señoricos” de la zona se levantaron casi en armas y amenazaron con boicotear las nuevas enseñanzas. “Si estos burros analfabetos van al instituto y estudian, ¿quién nos va a labrar los campos a nosotros?”. Pues eso mismo creo yo que se deben estar preguntando el MEC, la Junta y la madre que los mal ampara a los dos.

¿Aburrir?
Lo que no podemos pretender, es que la clase política inepta (totalmente de espaldas al pueblo) que nos gobierna a nivel central y autonómico, bajo distintos signos políticos y con el incomprensible silencio cómplice de toda la oposición en bloque, entienda el temor, la inquietud, el miedo y la impotencia de las familias. Nunca nos van a entender ni a comprender. Quienes no se han visto nunca un solo mes sin un puto duro para pagar lo más elemental de su hogar, de sus vidas, de sus hijos, jamás entenderán que haya familias en este país, en esta Andalucía del “tú y tú y tú” que no haya noche que no se sienten y se pregunten: ¿qué podemos hacer más? Créanme señorías, hay padres que se han llegado a plantear lo que ninguno de ustedes se podrá imaginar jamás para estirar el presupuesto familiar… pero ni imaginar, pero que ni imaginar….
Aburrir a los estudiantes presentes y futuros, a sus familias y a la sociedad en general garantiza la pervivencia de las masas incultas, dóciles y manejables. Verán como los hijos ministros, consejeros, etc, etc.  no tienen el problema que está hirviendo las entrañas de buena parte de la sociedad española y andaluza, que está permanentemente obligada a pasar el día rebanándose los sesos para ver cómo pagar las facturas de los gastos más elementales. Luego van algunos políticos andaluces (sí, quienes están pensando ustedes) y, seguro, que se molestan porque una chirigota del carnaval le cante las cuarenta… tiene suerte de que muchos, muchísimos padres y madres no se tiren a la calle y hagan que todo esto reviente de mala manera. Porque, lo peor, es que todos seguimos creyendo en el sistema, ya que a nuestra generación nos enseñaron a vivir y creer en la democracia, a respetar, a conseguir las cosas por la vía del diálogo y a no tener que tirarnos a la calle para lo más elemental, incluso para reivindicar los derechos más básicos,  lógicos y que debieran llegar por sí solos, sin tener que tirarnos meses peleándonos con el aparato sordo de la burocracia española en general y andaluza, en particular. ¡Qué ilusos somos!

Y, como padres, nos vamos a seguir negando con fuerza y dignidad a que intenten arrebatar a nuestros hijos el futuro que se merecen en un país, en una comunidad autónoma, donde sus padres se han dejado, literalmente, los cuernos trabajando.