martes, 7 de febrero de 2017

Becas: de la legalidad a la inmoralidad


De antemano, no voy a enumerar la inexplicable e injustificable maraña administrativa que, año tras año, perjudica de manera muy dolorosa a los estudiantes becarios y a sus familias. Si tuviese que relatar una mínima parte de lo que uno lee en las redes sociales, en su inmensa mayoría casos de absoluta indignación y desesperación, necesitaría publicar un memorándum que pondría rojo de vergüenza al Estado Español ante el resto de una Europa que nos aventaja siglos en materia de educación y apoyo a sus ciudadanos.
Pero aquí no. Bien al contrario. En pleno mes de febrero, MEC y Junta de Andalucía, tanto monta monta tanto (cito Andalucía porque es la que a algunos nos ha tocado sufrir, pero esto lo podemos extrapolar a otros muchos territorios, porque lo que están haciendo con Cataluña parece un castigo en toda regla) llevan años envueltos en un peloteo de incompetencias que, en el presente curso, ha alcanzado la categoría de esperpento del que, una vez más (y van mil) solo hay unos claros perjudicados: nuestros hijos.
¿Cómo se puede consentir que a estas alturas de curso aún no se tenga ni la más remota idea de qué va a ocurrir con las becas del presente curso? ¿Son conscientes en el Ministerio y en la Junta qué la inmensa mayoría de las familias solo disponen de ese recurso para que sus hijos puedan cursar estudios superiores? ¿Hasta cuándo van a seguir dando la espalda a la terrible situación económica de cientos, cientos y cientos de hogares andaluces?
La incertidumbre y, lo que es peor, la angustia de miles de familias ante las respuestas ambiguas, las dilaciones y el pamplineo de una administración insensible comienzan a tener el efecto que, parece, quieren nuestros políticos: que a los estudiantes desplazados a las capitales para cursar sus estudios universitarios se les comiencen a acumular los pagos del alquiler y tengan que sacar sus asignaturas sabiendo (y sufriendo) que sus padres o no pueden estirar más los ingresos familiares o carecen totalmente de recursos, a la vez que están manteniendo a sus hijos fuera a base de pedir dinero prestado.
Además, algo que nos hierve el alma es que un privilegiado sector de la población parezca estar negando el derecho de los becarios a solicitar la ayuda estatal-autonómica para estudiar. Esto, que en cualquier parte del mundo civilizado es una condición general del sistema educativo, en España se intenta al máximo que parezca una limosna, una dádiva del papá Estado ante el que hay que aguantarse el tiempo que sea en su demora, en su resolución y en su concesión. No me entra en la cabeza que el Estado y las Comunidades Autónomas nos terminen haciendo creer que la concesión de becas es un acto de caridad condescendiente, cuando lo único cierto es que la carrera universitaria o los estudios en general de un joven no solo le beneficiarán a él, a futuro, sino que revertirán en su propio país, en su comunidad, a la que aportarán su conocimiento, profesión y (¡no lo olviden!) cotización. Con la concesión de las becas, el Estado y las CCAA están realizando una increíble inversión a medio y largo plazo que ahora, por mor de una clase política sin la más mínima empatía social ni capacidad previsora, le están renqueando y escatimando a toda una generación.
Mientras, una legión de familias echan cuentas en febrero y se les coge un nudo en el estómago porque saben que los trescientos, cuatrocientos euros (o lo que sea) que son necesarios cada mes para la manutención, alojamiento y coste elevadísimo (que esa es otra) de los estudios en España, han consumido ya el escaso ahorro del hogar y que a partir de marzo tendrá que pagar el Ángel de la Guarda.  Porque este país es tan gracioso que las becas en general y las más necesarias para las familias sin recursos en particular, se pagan a final de curso. Todo muy, muy legal, sí…. Pero una indecencia como una catedral.
¿A qué os hace gracia?
De las becas para niños con necesidades especiales ni os cuento; los desfases en este último caso son demenciales, las exigencias de documentación poco menos que kafkianas y el asunto roza la inmoralidad más absoluta pese a que, como he dicho antes, tenemos que aguantarnos ya que todo es “legal”, absolutamente “legal”. ¡Faltaría más!. Pero la legalidad, en lo que estamos hablando aquí, no significa necesariamente ni ético, ni moral, ni…. humano.
Hace unos días leí algo desgarrador. Una joven, angustiada, pedía consejo en las redes sociales. Hija de una madre soltera en paro y sin la más mínima posibilidad de seguir pagando el piso en alquiler donde vive, con lo justo y con lo mínimo, para estudiar una carrera fuera de su pueblo, lanzaba una petición de ayuda. Así, con su nombre, dando la cara y a la vez una lección de dignidad que bien deberían aprender quienes gestionan la cosa pública y que no se sonrojan aunque haya padres que estén totalmente desmoralizados, por no decir humillados ante lo que tendrán que decirles a los estudiantes cuando no haya un euro más. No hacía falta ser muy listo para entender que la joven tiene que estar metida entre libros con esa preocupación terrible e injusta sobre sus hombros. ¡Ah!, ¿Qué por ser pobre no tiene derecho a estudiar? Lo reitero, estamos hablando de un DERECHO no de un capricho de las clases normales y corrientes, aquellas que el aparato estatal y autonómico, mal conducido políticamente, están destruyendo desde hace varios años, sin misericordia ni el más mínimo sonrojo. ¿De verdad pretenden situar a este país en cabeza y vanguardia de Europa tratando a los estudiantes como miserables y apesebrados?
Recuerdo algo que leí en mi pueblo. Cuando en los años 60 del siglo XX se anunció la puesta en marcha del Instituto Laboral, los “señoricos” de la zona se levantaron casi en armas y amenazaron con boicotear las nuevas enseñanzas. “Si estos burros analfabetos van al instituto y estudian, ¿quién nos va a labrar los campos a nosotros?”. Pues eso mismo creo yo que se deben estar preguntando el MEC, la Junta y la madre que los mal ampara a los dos.

¿Aburrir?
Lo que no podemos pretender, es que la clase política inepta (totalmente de espaldas al pueblo) que nos gobierna a nivel central y autonómico, bajo distintos signos políticos y con el incomprensible silencio cómplice de toda la oposición en bloque, entienda el temor, la inquietud, el miedo y la impotencia de las familias. Nunca nos van a entender ni a comprender. Quienes no se han visto nunca un solo mes sin un puto duro para pagar lo más elemental de su hogar, de sus vidas, de sus hijos, jamás entenderán que haya familias en este país, en esta Andalucía del “tú y tú y tú” que no haya noche que no se sienten y se pregunten: ¿qué podemos hacer más? Créanme señorías, hay padres que se han llegado a plantear lo que ninguno de ustedes se podrá imaginar jamás para estirar el presupuesto familiar… pero ni imaginar, pero que ni imaginar….
Aburrir a los estudiantes presentes y futuros, a sus familias y a la sociedad en general garantiza la pervivencia de las masas incultas, dóciles y manejables. Verán como los hijos ministros, consejeros, etc, etc.  no tienen el problema que está hirviendo las entrañas de buena parte de la sociedad española y andaluza, que está permanentemente obligada a pasar el día rebanándose los sesos para ver cómo pagar las facturas de los gastos más elementales. Luego van algunos políticos andaluces (sí, quienes están pensando ustedes) y, seguro, que se molestan porque una chirigota del carnaval le cante las cuarenta… tiene suerte de que muchos, muchísimos padres y madres no se tiren a la calle y hagan que todo esto reviente de mala manera. Porque, lo peor, es que todos seguimos creyendo en el sistema, ya que a nuestra generación nos enseñaron a vivir y creer en la democracia, a respetar, a conseguir las cosas por la vía del diálogo y a no tener que tirarnos a la calle para lo más elemental, incluso para reivindicar los derechos más básicos,  lógicos y que debieran llegar por sí solos, sin tener que tirarnos meses peleándonos con el aparato sordo de la burocracia española en general y andaluza, en particular. ¡Qué ilusos somos!

Y, como padres, nos vamos a seguir negando con fuerza y dignidad a que intenten arrebatar a nuestros hijos el futuro que se merecen en un país, en una comunidad autónoma, donde sus padres se han dejado, literalmente, los cuernos trabajando.

domingo, 8 de enero de 2017

Los niños del culo "zuzio"

Foto: Fermín Anguita Pérez. Motril.
Con la esperanza de que varias generaciones de niños encontrasen el futuro que Motril les debía.

(Nota del autor: Todo cuanto aquí se relata es real. La falla ortográfica es intencionada, con la intención de enfatizar el titular, si bien se ha basado en uno de los hechos relatados en el texto. La fotografía es una reproducción de la diapositiva realizada por Fermín Anguita Pérez posiblemente a finales de la década de los 60 ó 70 del pasado siglo).

Esta tarde llueve de manera persistente y al atravesar, con el coche, un charco de la playa de Poniente (que más bien parece una poza) me ha llegado, como una punzada, el reflejo oscuro de otros charcos inmensos y vergonzoso, en los que hoy chapotean los recuerdos de mi niñez.
Pero vamos a los antecedentes. Sigo manteniendo la convicción de que incluso hoy en día Motril no ha sido capaz de borrar de sus genes la miseria y la cuasi esclavitud que arrastraron siglos de monocultivo; es más, nos recreamos en un legado edulcorado, una cruel mentira que ha lastrado, para siempre, la capacidad emprendedora y de generar riqueza de este pueblo; convirtiendo el vasallaje y el servilismo en una de sus señas de identidad, acrecentadas por un déficit cultural que ha subsistido a lo largo del tiempo, para convertirse en un endemismo que incomprensiblemente muchos exhiben orgullosamente.
La caña de azúcar edificó su propia leyenda de soles sobre campos peinados por el aire de levante; de tardes de primavera teñidas de pavesas… pero nos olvidamos de los cientos y cientos de desgraciados cuyos brazos engullían los imparables molinos pre-industriales, las jornadas de trabajo de quince horas diarias, la brutal deforestación de la zona, el reinado secular de una oligarquía cañera que sembró Motril de mansiones a costa de una legión incalculable e inabarcable de esclavos costeros y alpujarreños, dibujando un emporio de señoricos que, incluso en nuestros días, continua pasándole factura a la sociedad local.
El charco refleja las caras ajadas y las manos rajadas por el filo de la navaja verde y tropical. “Modernamente” inventamos los aperos, que eran campos de refugiados donde yacían, apilados, los cuerpos sudorosos y malolientes de los “temporeros” de la caña y sus familias. Motril, hoy, los esconde y los tapa bajo la alfombra de su propia vergüenza; la historia local pasa tan de puntillas por ellos que las nuevas generaciones desconocen la existencia de aquellos lugares que fueron el hogar efímero de miles de infelices. Pero los hubo y muchos, repartidos por la ciudad y los, actualmente, anejos del pueblo matriz. Preferimos crearnos y creernos una imagen idílica y bucólica de lo que no fue más que un escarnio de varios siglos contra las personas humildes.
Recientemente se ha podido ver uno en el barrio de las Angustias, pero una tapia blanca oculta cómo las personas eran tratadas como ganado porcuno. Y eso que ese apero era, poco menos, que un cinco estrellas, comparado con otros recintos que nos dimos mucha prisa en borrar de la faz de nuestra ciudad tropical.
A medida que a mediados del siglo XX iban desapareciendo las remesas de criaturas que venían a ganarse algo, algo, de futuro; los aperos languidecían en su continente, pero no en su contenido. Los desgraciados monderos fueron sustituidos por los chaboleros, que encontraron en esos lugares un pesebre donde arribar con sus familias y edificar allí su hogar. En los cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo, de hecho, Motril tuvo el honor de elevar a la categoría de inframundo uno de estos enclaves que, para ironizar en clave humorístico-inhumano, denominó “Aperi-Park”, en los extramuros de la zona portuaria… el mayor icono de la miseria motrileña incluso en los años dorados de la movida nacional. En este pueblo tenemos gracejo suficiente hasta para darle nombre simpático a los escenarios de la vergüenza… hoy, una escondida calle del barrio lo recuerda, con su nombre.
Todos rememoraréis, si manejáis cierta edad, aquellas estampas. El original Laperipar fue uno de los peores escaparates sociales que ha lucido este pueblo. Medio derruido e invadido por un lodazal infecto, cubierto permanentemente de agua sucia y sin ningún tipo de saneamiento, se convirtió en el habitáculo de varias familias sin ningún tipo de recursos. Por aquellos años, y hasta bien entrados los ochenta, la visión de los niños literalmente “comidos de mierda”, en pelota viva y con los pelos estropajosos, metidos en el agua fuese verano o invierno, se convirtió en un auténtico escándalo que merecería, de verdad, que algún cartel o hito recordase in-situ (las paredes de Laperipar aún siguen en pie, anunciando una promoción inmobiliaria que nunca llegó), que aquel enclave fue el mejor ejemplo de que esta ciudad siempre coqueteó a lo bestia con la miseria, la consintió y a sus protagonistas los terminó tratando como chusma…
¡Qué pena, de verdad!. ¡Qué pena!.
Pero tal vez lo peor no fue la existencia de esa miseria, sino la capacidad de la sociedad local para institucionalizarla, digerirla y asimilarla como un algo normal y hasta turístico. Solo así puede explicarse que, en aquellas Alsinas atestadas de bañistas y que tenían una parada justo delante de Laperipar, la gente se arremolinase en las ventanas para contemplar como los niños del culo “zuzio” (como así canturreaban, con malicia, los gamberretes que disfrutaban viendo esa escena) se revolcaban en los charcos negros como si fueran perros y que, a algunos, les pareciera divertido, sobre todo al público autóctono. Alguna vez escuché decir a un turista que a Motril se le debería caer la cara al suelo por consentir tamaña atrocidad. Yo, os confieso, hubo muchas veces que sentí ganas de llorar. Imaginaos las navidades de aquellos niños.
Siempre hubo un “simpático” y socarrón motrileño que decía que los niños del Puerto eran todos rubios, que aquello debía tener una explicación casi sobrenatural… ¡hay que joderse!.
El hecho de que yo pasase una buena parte de mi infancia y juventud en el cercano barrio de Santa Adela, a diez minutos a pie del puerto y junto a la rambla de las Brujas, me puso bien joven en antecedentes de la pobreza real que afectaba a un centenar largo de familias motrileñas. Fijaos bien, porque a muchos de vosotros os habrán dicho aquello de “¡báñate sin miedo en la rambla, que el agua está calentica. No te pasará nada… ¿es que no has visto a los niños de Laperipar, que nunca se ponen malos?.
Porque, a pocos metros de mi casa y a menos de medio kilómetro de Laperipar, se situaba otra de las bolsas de pobreza de un Motril que ya lucía el campo de golf de Playa Granada como emblema del desarrollo turístico, a pesar de que durante treinta años su acceso fue un camino de cabras. Se ubicaba donde hoy existe el campo de deportes de Santa Adela y a los críos que vivían en las chabolas les llamaban “choceros”. Los “choceros” siempre estaban alegres; muchos de esos niños se mostraban siempre totalmente desnudos, con las gurrinas al aire y el culo también zuzio, mientras que las niñas se conformaban con los eternos vestidillos de tirantes, totalmente descoloridos pero tan dignos como aquellas inolvidables y limpias miradas que hacen brillar el alma de las personas pobres. Eran pobres. Pero pobres, pobres, muy pobres.
Allí vivían, en condiciones que seguramente pensaríais que me las estoy inventando si os las contase, familias de la mar. Gente trabajadora, pero tan humilde que no tenían ni para comer. Gente que tuvo que lidiar con el horror de vivir madrugadas de invierno en el que un mar tenebroso y embravecido avanzaba cien o doscientos metros y se metía literalmente bajo los camastros. Ese espanto aparece muy bien reflejado en el relato del autor Joaquín Pérez Prados (Dos huelgas para el recuerdo), publicado en 1990 con motivo del XXV aniversario del instituto Julio Rodríguez de Motril. Contaba el autor, con un conmovedor preciosismo, como los bachilleres motrileños protagonizaron una sonada huelga estudiantil para protestar por las condiciones denigrantes de los chabolistas, que esperaban unas viviendas sociales que se eternizaban año tras año. Motril sí se reveló, pero a través de sus jóvenes; aunque las viviendas no conseguirían erradicar la totalidad de la miseria que hubo de esperar una década muy larga más...
Y así, los ochenta trajeron consigo la desaparición física –solo física- del chabolismo en Motril. No voy a entrar en los resultados de la solución que se dio a ello (y que merecería un debate social), pero sí en que nunca más volví a ver a los críos en cueros retozando por los charcos pestosos, con las mocarreras verdes llegándoles hasta la boca, las caritas negras de churretes y encastrados de piojos; pero no me quiero engañar, porque insisto en que llevamos la miseria prendida en nuestra propia historia y alguna vez el futuro nos pedirá explicaciones sobre la indolencia que es la verdadera, la auténtica y la inimitable “denominación de origen” de este pueblo. Y al que le de coraje que se fastidie.